Fuego cruzado contra George W. Bush
Del sarcasmo por sus fallas en el dominio del inglés, y el cuestionamiento de una minoría pensante acerca de su política exterior, se ha pasado a la auditoría mediática de su fortuna. El ciudadano se ha palpado el bolsillo. En un país en el que Al Capone solamente terminó en la cárcel por evasión de impuestos, la gravedad del momento comienza a ser preocupante.
Cuando Bush prometió ejecutar una cruzada contra la corrupción, y pretendía dejar el control del problema a cargo del propio mundo empresarial, fue como situar al zorro al cuidado del gallinero. Estaba muy lejos de la seguridad con que Harry Truman tenía encima de su mesa un cartelito: «El dólar se para aquí». Se había superado la activa política de Teddy Roosevelt al imponer una política regulatoria al mundo corporativo, ya desbocado en los albores del siglo XX, cuando los Estados Unidos se atisbaban como potencia mundial tras el aperitivo de Cuba, Panamá y la implacable aplicación del Destino Manifiesto a escala no solamente interamericana sino universal. Con Roosevelt y Wilson, los Estados Unidos se empeñaron en enseñar a los demás a elegir hombres honestos en el poder.
Pero en los años veinte, en plena época aislacionista, bajo los nubarrones de la depresión, la otra cara de los Estados Unidos comenzó a tomar la ventaja y quedó plasmada con la consigna de Calvin Coolige: «El asunto (business) del pueblo de América es el negocio (business)». En realidad Coolidge matizaba que los norteamericanos se dedicaban puritana e idealísticamente a la empresa, porque la consideraban como pilar insustituible de su civilización. Este credo se remachaba con aducir que lo que era «bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos», según pontificó el propio director de la compañía. Se había retirado definitivamente la veda para la libertad total de empresa y la política de manos fuera por parte del gobierno.
Las realidades provocadas por la crisis económica devolvieron la iniciativa al gobierno con el «Nuevo Trato» de Franklin Delano Roosevelt y las medidas de perfil socialdemócrata, como la inserción de los parados en obras públicas y la puesta en marcha de la seguridad social. La victoria sobre el Eje confirmó la creencia de la superioridad moral del «arsenal de la democracia», según la terminología de F. D. Roosevelt y la convicción de que la corrupción era una enfermedad ajena. Incluso cuando la elección del primer presidente católico -JF Kennedy- se recordó que su padre había hecho fortuna como contrabandista en la depresión, se adujo que era de origen irlandés, extraño a la cepa «Wasp» (White Anglo Saxon Protestant). Cuando el vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew, dimitió, se recordó su origen griego.
El abuso de poder en plena Guerra Fría parecía dictado por motivaciones ideológicas o de ego personal, como el caso notorio de Nixon, pero nunca por avaricia de enriquecimiento personal. La corrupción era monopolio exótico, propio de políticos latinoamericanos receptores de «mordidas», nunca de las transnacionales que pagaban sobornos.
Los escándalos de Bush y Cheney han estallado en un momento de extremada desconfianza del ciudadano en el sistema, alarmado ante las incertidumbres del futuro. Con una población progresivamente envejecida, dependiente de modestas inversiones que ahora ve esfumarse en los bolsillos del propio presidente, el electorado le puede pasar una factura a Bush en su intento de reelección. De ahí que Bush haya efectuado una fuga hacia adelante con la imposición de tarifas comerciales sobre acero y naranjas, unos meros halagos a intereses en estados cruciales para el conteo del colegio electoral.
Por si la capacidad de atención merma, ya tiene preparada una maniobra de distraccion con una guerra anunciada contra Irak. *
(*) Joaquín Roy es catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad de Miami ([email protected]). Servicio especial de IPS, exclusivo para LA REPUBLICA.
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