Obsesión por alimentarse sanamente preocupa a dietistas uruguayos
Ironías del destino. En un país donde centenares de personas quedan sin almorzar en un comedor asistencial, en una nación con miles de niños con crecimiento retardado por falta de alimento, una enfermedad que castiga a los primermundistas, se multiplica.
Como lo focaliza la tapa de la última revista Time (que acompañó la edición de LA REPUBLICA del domingo 14 de julio), la alimentación «sana» se ha convertido en una malsana controversia en los países desarrollados. La obsesión por que la comida esté libre de cuanta cosa pueda afectar en lo más mínimo la salud humana ya tiene incluso nombre científico: «ortorexia». Un bautismo que más parece haber sido hecho por un humorista «grueso», que por hombres de ciencia. Pero así es, en griego al menos: el término deriva de orto: correcto y orexia: alimentación.
Y se está expandiendo más vertiginosamente que la gripe, la diabetes o el sida.
Contrariamente a lo que pueda suponerse, la ortorexia no es un privilegio de los ricos: las clases medias parecen estar más expuestas a ella. Las mujeres algo más que los varones. Los mayores, bastante más que los jovencitos.
La expansión de verdaderas subculturas en torno a la alimentación, en tiempos que el conocimiento y la información parecen serlo todo, se ha desarrollado a expensas de un hábito milenario, pero jamás tan popularizado como ahora en el planeta: las dietas. «Gancho» absoluto de cuanta publicación para damas se edite, apoyo en aumento para vender revistas a los hombres; tema de lectura récord según encuestas, las dietas son buen caballo de batalla para vender. Si las dietas se apartan de lo estrictamente estético e ingresan en el más generalizado mundo de la salud, la ecuación resulta más rentable todavía.
En síntesis procesos comenzados de forma inocente, buscando cuidar la salud, acompañar convicciones éticas (como dejar de comer animales), o simplemente sentirse mejor, están convirtiéndose en dolor de cabeza para los dietistas y cuando no, para los sicólogos.
El primer plato
En realidad, ortorexia es un neologismo planteado a partir de un libro que están recaudando millones por ventas en el mundo occidental. «Adictos a la comida saludable» (Health Food Junkies), del médico Steven Bratman, devino en best-seller en menos de ocho semanas. Es que la obsesión por ingerir comida sana venía siendo vista cada vez con mayor frecuencia por los especialistas en trastornos de alimentación, con carácter epidémico incluso en algunas zonas de países desarrollados. «Están convirtiendo a un tomate sin agrotóxicos en algo tan adictivo como el alcohol», denuncia Bratman ante atónitas audiencias de inocentes que pensaban estar haciendo lo mejor para su salud y la no tan asombrada de los dietistas cuya preocupación crecía.
La ortorexia, según los sicólogos, no debería asombrar tanto. En realidad está emparentada directamente con otra enfermedad, también otrora estigmatizada, ahora comprendida y tratada: la anorexia. Mientras la ortorexia fija su atención en la calidad de la comida, la anorexia tiene fijación por la cantidad de lo que se ingiere.
Bratman, reconoce además que el diagnóstico de la ortorexia lo hizo a partir de su propia experiencia. «Yo también fui ortoréxico», asume, mientras explica cómo vivió en una comunidad vegetariana neoyorquina, donde incluso la cocción de alimentos era prohibida. Masticaba cincuenta veces todo bocado antes de tragarlo y jamás incluía en la dieta algo que no fuera frutas o vegetales, de estricto certificado «libre de pesticidas». Adelgazó extraordinariamente y confiesa que se sentía sumamente ligero de cuerpo y mente. «Veía a quienes se comían una hamburguesa, o papas fritas, con la misma lástima que alguien de Alcohólicos Anónimos ve a un borracho», confiesa en su libro. Claro que ello implicó severos cambios en otras partes de su vida: renunció a todo vínculo social que implicara de una cena a simplemente una copa. Se castigaba cuando consumía «cosas prohibidas». Su ligereza física y espiritual le agradaba, pero la soledad en que se sumía, le abrumó. Cuenta finalmente que un monje benedictino le tentó un día con un helado y a partir de ello comenzó a reconstruir las cosas.
El padre de la ortorexia considera hoy que, quienes siguen una dieta saludable, incluso estricta, pueden sin embargo estar fuera de peligro. Especifica que el problema está en la obsesión, que como todas las obsesiones, por minúscula que parezca, pueda degenerar en patologías. Del mismo modo que un hinduista por su fe, estaría dispuesto a morir antes que comer un churrasco de vaca, muchas personas no vacilan en enfermarse para cumplir con una dieta en la que depositan sus esperanzas, explica.
Segundo plato
En la «vereda de enfrente», una gama de vegetarianos, veganos (que incluyen huevos en su dieta), frugivoristas (que durante días comen sólo frutas), y naturistas en general consideran que la dieta sigue siendo, como hace 5.000 años (los textos brahmánicos citan por primera vez el tema) lo adecuado.
Argumentan que la misma Organización Mundial de la Salud les respalda: la OMS ha establecido que el 60% de las enfermedades degenerativas y muchos cánceres tiene su origen en las formas actuales de alimentación.
Así, incluso en países como Uruguay, la tendencia a abandonar la carne en el menú (más allá de las bromas que se le ocurran al lector sobre el aumento de su precio), es creciente. A los dietistas rioplatenses no les hace gracia alguna el corte abrupto de esa ingesta, en tanto consideran que organismos que «crecieron a churrasco» no están en condiciones de tolerar un cambio tan radical. Aun cuando consideran que el exceso de carnes rojas es insalubre, entienden que todo cambio de dieta debe ser consultado y en el peor de los casos, paulatino en función de las consecuencias que se verifiquen.
Incluso existen cuadros de riesgo provocados por la seudocultura creciente: caso moderno el de las madres que dan a sus hijos leche de soja en cantidades industriales, creyendo es lo mejor. La soja contiene fitoestrógenos, estimulantes del crecimiento de las tetillas en los pequeños.
De postre: Uruguay
«En Uruguay también hay cada vez más gente comprando productos caros en la convicción de que se alimentan mejor, pero están haciendo muchas veces lo contrario», afirma la nutricionista Gisell Scartachini. En su calidad de presidenta de la Asociación Uruguaya de Dietistas y Nutricionistas, entiende que el fenómeno ha sido detectado, aunque básicamente dadas las circunstancias de economía crítica en que estamos, no se desarrolla con igual velocidad que en naciones poderosas.
«Desgraciadamente la gente se limita a copiar. En vez de consultar a los especialistas para adecuar su alimentación, copian lo primero que les llega como información y ello puede tener consecuencias importantes y negativas, en su salud», enfatiza.
Scartachini asegura que aún debe efectuarse un estudio cuantitativo de este incipiente fenómeno para determinar su extensión, aunque no descartó en absoluto la importancia de mejorar la calidad de información que están recibiendo los consumidores.
«A veces no llegamos adonde deberíamos llegar» asegura , adelantando la intención de la entidad que preside de iniciar una campaña en el país buscando difundir una cocina saludable y económica para comer lo mejor posible en tiempos de crisis. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad