Ganar la guerra contra el sida
Veintiún años después de la primera descripción de la enfermedad y diecinueve años después del descubrimiento del VIH, la epidemia del sida sigue propagándose por todo el mundo. Sus víctimas suman ya más de 22 millones. Actualmente, hay 40 millones de personas contaminadas por el virus, y un tercio de ellas son jóvenes de 15 a 24 años. El 95% de los seropositivos viven en países en desarrollo, y las tres cuartas partes de ellos son del Ãfrica Subsahariana. En el año 2000 fueron infectadas por el virus 5.300.000 personas, de las cuales 3.800.000 vivían en países africanos. Sin el VIH, el promedio de esperanza de vida de los africanos sería de 62 años, mientras que actualmente es de 47 años solamente.
La epidemia, de la que equivocadamente se piensa que ha sido contenida en los países ricos, dista mucho de haberse estabilizado y prosigue su expansión. En Asia Meridional y Sudoriental, el número de personas afectadas por el VIH asciende a 5.600.000. Según Onusida, en China hay probablemente un millón de personas infectadas y, al ritmo que se propaga la epidemia, podrían ser más de cinco millones en 2005. Sobre la Federación de Rusia se cierne la amenaza de una auténtica explosión de la enfermedad, si persiste la actual tendencia de duplicación anual del número de contaminados. En muchas regiones del planeta, las estadísticas de que se dispone son deficientes o subestimadas. Si no se toman medidas drásticas, de aquí a 2010 la pandemia podría causar la muerte de 100 millones de personas.
«Los enfermos están en el Sur y los tratamientos en el Norte». Esta frase, conocida en el mundo entero, refleja una situación real: los países ricos cuentan con un poco más del 4% de los seropositivos del planeta, pero consumen el 92% de los créditos destinados a la prevención y tratamiento del sida. Desde hace 20 años, la disparidad entre el Norte y el Sur se acentúa sin cesar. No obstante, las cifras correspondientes a los países desarrollados no deben crear la ilusión de que sus poblaciones están a salvo. En efecto, en los países ricos la infección sigue aumentando y las limitaciones de los tratamientos, unidas al descuido de la prevención, pueden hacer que la epidemia vuelva a cobrar fuerza en un futuro próximo.
¿Hay que darse por vencidos? Ni que decir tiene que no. Aunque no haya una fórmula mágica contra el sida, la enfermedad tampoco es una fatalidad. Hemos perdido muchas batallas contra ella por negligencia, falta de previsión, deficiencias en materia prevención y carencia de voluntad política a largo plazo. Pero la guerra todavía no está perdida. Estamos efectivamente ante una guerra y hay que declararle la guerra al sida, que pone en peligro el desarrollo de las naciones y la noción misma de progreso. Esta guerra podemos ganarla si ponemos los medios para ello.
En primer lugar hay que reafirmarse en la idea de que las políticas de prevención, educación e información son fundamentales para poner un freno a este flagelo. ¿Será menester recordar una vez más que la diversidad de la expansión del VIH en el mundo es sobrecogedora? Dieciséis países del Ãfrica subsahariana han declarado una incidencia de la enfermedad entre los adultos superior al 10% y quedan en el planeta 119 países donde esa incidencia es inferior al 1%. Esta diversidad permite esperar que la epidemia se pueda frenar por completo en vastas regiones del mundo, a condición de que se apliquen políticas de educación, información y prevención masivas. En Brasil, Tailandia, Uganda y Camboya, los índices de infección están disminuyendo.
Sin embargo, esto no es suficiente. Tal como ha dicho Peter Piot, director ejecutivo de Onusida, «la prevención de por sí sola no es aceptable, si no se tiene acceso a los tratamientos». La experiencia de la Fundación Mundial para la Investigación y Prevención del Sida y de la Unesco, que cooperan en este ámbito desde hace más de 10 años, induce a pensar que los esfuerzos e inversiones del sector público y privado deben dar prioridad a tres actividades.
1. Con respecto al acceso a los tratamientos antirretrovirales, la experiencia adquirida en los países ricos desde hace seis años demuestra que se logra reducir considerablemente la mortalidad de los pacientes infectados con el VIH mediante una triterapia antirretroviral continua. Por consiguiente, tal como había reclamado la Unesco en su informe mundial prospectivo Un Mundo Nuevo, se justifica éticamente que esos medicamentos se pongan al alcance de todos los enfermos de los países del Sur que los necesiten.
No obstante, la reducción del precio de los medicamentos sólo resuelve en parte el problema del costo de los tratamientos antirretrovirales. En efecto, las triterapias exigen también cuantiosas inversiones de tipo logístico y las pruebas para el seguimiento de los tratamientos siguen siendo caras. Además, a diferencia de los tratamientos utilizados para tratar otras enfermedades crónicas como la tuberculosis, la duración de las terapias del sida es indeterminada. Toda interrupción del tratamiento tiene como consecuencia un incremento de la carga viral plasmática. Por otra parte, son de sobra conocidos los límites del tratamiento antirretroviral: efectos secundarios considerables, surgimiento de mutantes del virus que resisten a los tratamientos y dificultades para la observación a largo plazo.
Por eso, al mismo tiempo que se propicia la universalización del acceso a los tratamientos antirretrovirales, es menester efectuar pruebas clínicas que permitan preparar tratamientos de relevo, más baratos y menos tóxicos, que induzcan una disminución duradera de la infección viral. En este ámbito, las vías que se abren a la investigación son múltiples. Concretamente, convendría dar prioridad a la inmunoterapia antirretroviral específica y a la utilización de racional de antioxidantes e inmunoestimulantes, así como a la utilización de combinaciones de antibióticos.
La aplicación de tratamientos eficaces en los países más afectados por el sida tendría tres repercusiones positivas: disminuiría la mortalidad provocada por las infecciones oportunistas y reduciría los periodos de hospitalización; disminuiría la transmisión del virus, al ser menos contagiosos los pacientes sujetos a tratamiento; e incrementaría la eficacia de la prevención mediante la información, al propiciar una detección masiva. A este respecto, hay que recordar que el 95% de las personas infectadas con el VIH ignoran su estado o no quieren saberlo, al no haber perspectivas de tratamiento.
2. El segundo eje de acción prioritario es la elaboración de una vacuna preventiva. Es innecesario subrayar que una vacuna es mucho más barata que un medicamento. Sin embargo, la vacuna preventiva resulta muy difícil de elaborar en el caso del sida, habida cuenta de la variabilidad del virus y de su transmisión genital, así como de las dificultades para hacer pruebas. Recientemente, se ha iniciado un proyecto de vacunación de niños nacidos de madres seropositivas que está llevando a cabo el equipo del profesor Montagnier, en cooperación con los equipos de los profesores Vittorio Colizzi y Robert Gallo y algunos equipos africanos, gracias a una ayuda financiera del gobierno de Italia.
3. El tercer eje de acción prioritario: la creación de las estructuras que necesitan los programas de prevención, tratamiento e investigación en los países más afectados, es decir los del Sur y del Este esencialmente. Ni que decir tiene que la voluntad política de los gobiernos es una condición imprescindible para la creación de esas estructuras. El apoyo internacional también es un elemento esencial. Proponemos que en todos los países intere
sados se creen o consoliden centros de referencia de este tipo, que ulteriormente podrían ampliar su radio de acción hacia las zonas rurales, gracias a unidades móviles. Sólo empezaremos a ganar la guerra contra el sida si agrupamos en un mismo lugar las actividades de prevención, la investigación y los tratamientos. *
(*) Luc Montagnier, presidente de la Fundación Mundial para la Investigación y Prevención del Sida, es el codescubridor del virus VIH y ha escrito, entre otras obras, «Des Virus et des Hommes» [Virus y Hombres]. Jérôme Bindé, director de la División de Estudios Prospectivos, Filosofía y Ciencias Humanas de la Unesco, es el principal coautor de «Un Monde Nouveau» [Un Mundo Nuevo] y de «Clés du XXIe siècle» [Claves del Siglo XXI].
Compartí tu opinión con toda la comunidad