El tiempo vuela, corre, y nada
Escribe: Julio Cesar Castro
Perder el tiempo parece inevitable. Hagamos de cuenta que el tiempo es agua. Perder agua parece inevitable. Siempre hay una hendija, una fisura, una brecha, una vía por donde el agua se filtra, se escurre.
A chorritos, a gotitas, a raudales, a cántaros o en finos hilos, el agua se pierde. Es absorbida por la tierra reseca, o va a desembocar a los anchos mares de las aguas perdidas. Las aguas perdidas son impotables, no aceptan ni merecen el relumbrón de un pez.
No son aptas para riego ni para el lavado de pisos o veredas. No sirven para buches ni gargarismos. Su rápida evaporación no se traduce en nubes. Es agua que nunca volverá a llover. No hay posibilidades de salir en busca del agua perdida. Su pérdida parece inevitable. Es inevitable. Uno tapa allá, y se le abre acá. Cierra, sutura, lacra, sella, pero no hay caso. De pronto sí; pasan unos días en que no se pierde una gota, pero al menor descuido ( y uno se descuida al por menor y al por mayor) ¡zas!, es el torrente que se va. Y vuelta a cerrar, a construir diques de contención, barreras impermeables, murallas tratadas con hidrófugo para evitar que el agua se nos vaya de alguna manera. Pero ocurre algo extraño. Me ocurre a mí. Si logro sellar todo y efectivamente compruebo que no tiene por donde salir, si me convenzo de que no hay pérdidas y que nadie desde el exterior podrá violar mis cerraduras, si estoy seguro de disponer, ahora sí, de mi agua a mi solo antojo, siento que me ahogo. No tanto, pero es la sensación que de pronto aquello que me faltaba ahora me sobra, y ese sobrante me incomoda. No sé qué hacer con él. Es como algunos domingos de tarde. Entonces invento, inconscientemente invento, me doy maña, me las arreglo de tal forma que ese sobrante se vaya, y abro alguna compuerta. El proceso entre el cierre hermético y seguro, y la apertura de la compuerta para eliminar el sobrante es muy complejo y no es momento de explicarlo. Porque, además, no sé medir, ignoro cuál es el límite entre lo esencialmente necesario, y aquello que sobra. Entonces, inmediatamente después de haber abierto, cuando veo que se va el torrente que yo autoricé, me lamento por la pérdida y aún así me demoro en volver a cerrar. Se podrá decir que esto no es más que un juego tonto. Y es muy probable que no sea más que un juego, no sé si tonto. No sé si hay algún juego que sea tonto. Ni si hay alguno que no lo sea. Es entonces, cuando abro, cuando provoco la fuga, que me digo que la pérdida es inevitable. Es necesario, lo siento de alguna manera, que en algún momento suene el timbre de calle, o la campanilla con tono de alarma del teléfono. Es necesario que alguien me golpee la puerta, o me camine por el techo, o me venga a buscar para algo, que alguien me haga detener a pensar en un ministro, o en el resultado de tal encuentro, o por favor que me comente en qué anda fulano con fulana y qué le contestó mengano a zutano con motivo de las discrepancias sobre la rispidez del lenguaje de cualquiera. Por eso abro. Para que el sobrante se convierta en faltante y poder volver, arrepentido por la apertura y jurándome que nunca más me volverán a distraer esos imbéciles, a cerrar, lacrar, sellar, levantar muros y barreras y murallas. Hagamos de cuenta que el agua es tiempo. Entonces sí, ahora sí. He de aprovechar el tiempo al máximo. Con todo lo que tengo que hacer, parece hasta mentira que siga perdiendo el tiempo con ciertas cosas. Porque lo que me distrae a mí es eso: ciertas cosas que confundo con cosas ciertas. Y para peor esa gotera. Tengo que cambiarle el cuerito a la canilla. *
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