Un kilo de pecados y dos de mandamientos
Cuando yo era chico mi vieja dos por tres me pedía que le hiciera algún mandado. Yo no quería ir porque estaba jugando con mis amigos y eso me daba bronca y vergüenza, porque algunos de los otros no hacían mandados. Eran tan desobedientes como yo quería ser. El almacén estaba en la esquina, a unos cincuenta metros de mi casa. ¿Es posible que me encargaran medio kilo de yerba y un cuarto de azúcar, y que al llegar al almacén me hubiese olvidado? Efectivamente.
Entraba al almacén, y cuando a iba pedir no sabía decir qué me habían encargado. ¿Deficiencia mental, atorrantismo vocacional, pereza aguda, rebeldía inconsciente, negación al mandato por vía del olvido? Cuando lo vea se lo voy a plantear al doctor Acosta. El asunto era que a la vuelta mi vieja me rezongaba y solía decir: «Te garanto que vos, para no hacer caso, sos como mandado a hacer». Y yo pensaba que si me mandaran a no hacer caso, por puro desobediente haría caso. Cuando entraba en esas contradicciones del pensamiento, después me costaba salir. Mi vieja, para que no me olvidara, a veces me escribía una listita en un papel. «Azúcar 1 kilo, papas 1 kilo, sal fina 1 paquete, fósforos, jabón Bão». ¿Es posible que en tan breve trayecto se me perdiera el papelito? Efectivamente. Llegaba al almacén, y buscaba en los bolsillos donde encontraba de todo menos el bendito apunte de mamá. La solución que ensayé muchas veces, era la de ir concentrado repitiendo cada cosa que debía pedir, repitiendo sin parar, repitiendo sin pausa, repitiendo sin mirar a los costados, repitiendo en voz alta sin otra cosa en la cabeza que aquella repetición.
Y me daba resultado. Pero había días que me cruzaba con otros botijas que también iban concentrados y repitiendo como yo, lo que las madres les habían encargado, y ahí se me mezclaban los productos y solía llevarle a mi vieja lo que estaba esperando la madre del otro. Y el otro, que al cruzarnos me había escuchado, le llevaba a la suya algunos de los que esperaba la mía.
Como nuestras madres eran buenas vecinas, y por no estarnos matando, se intercambiaban los productos y todos en paz. Yo no sé si será por aquello de los mandados, pero nunca me gustó que me mandaran. Ni me gusta mandar. Ni mandadero ni mandón. Hace pocos días comentaba el asunto, y lo relacionaba con los diez mandamientos de la Iglesia Católica. Diez son bien pocos.
Yo, puesto a mandar, y con la autoridad del Señor, y tratándose de mandamientos de los que no se revocan, hubiera impuesto muchos otros. Pero son solamente diez, y mucha gente no recuerda ni cinco. ¡Y mire que hace tiempo que están instituidos! No sólo que no los recuerdan, sino que los tergiversan, y lo más interesante y nada descabellado, se les entreveran con los siete pecados capitales.
Ocurre también, y no me parece nada mal, que algunos sustituyen mandamientos y pecados viejos, por otros nuevos. Y eso, con el mayor respeto por los diez mandamientos, y por los siete pecados capitales (que también me parecen pocos), me recuerda mis viajes al almacén, cuando se me olvidaban los mandamientos de mi santa madre, y sustituía un producto por otro. ¡Cuántas veces, en casa, habremos comido polenta en lugar de guiso, porque en vez del arroz que me encargó la vieja le llevé harina de maíz!
Y cuántos andarán por ahí, incumpliendo los mandamientos divinos, y pecando a diestra y siniestra, o locos de culpas porque se les entreveró la lujuria con honrar a los padres, y la gula con no codiciar la mujer del prójimo. ¿O eran los bienes ajenos? *
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