Un abismo entre pueblos y gobiernos
A menudo ninguno de los dos. Amplias mayorías de la población en todo el mundo tienen puntos de vista diferentes de los de sus dirigentes.
Por ejemplo, unas encuestas conducidas por la firma canadiense. Environics en 20 países durante los últimos cinco años ha mostrado que la gente en todas partes quiere mejor instrucción, asistencia médica y protección ambiental. Sin embargo, los gobiernos gastan más en cuestiones militares y en grandes proyectos de dudoso valor para la gente común pero financieramente ventajosa para las elites y ciertos intereses especiales.
Hay sólo un medio práctico para averiguar lo que la gente quiere del gobierno: encuestas cuidadosas, de alta calidad, científicas y con muestras recogidas al azar. Actualmente, en 60 países hay encuestadores capaces de conducir tales sondeos con precisión. ¿Por qué los resultados de sus encuestas no son mejor conocidos?
Una razón es que los resultados de muchas encuestas nunca son dados a publicidad. Por ejemplo, las que los dirigentes políticos de los países en los cuales difunden sus servicios. Ello obstaculiza la divulgación de comprobaciones obtenidas en encuestas no comerciales que muestran la desconexión entre los dirigentes y el público. Esto es especialmente cierto en occidente y particularmente en Estados Unidos.
Pero la situación no es enteramente desesperanzadora. A veces los encuestadores comerciales realizan sondeos de alta calidad en servicio del interés público. Unos pocos encuestadores sin fines de lucro hacen lo mismo, aunque generalmente con limitado acceso a los medios de comunicación de masas.
Las encuestas de interés público a menudo arrojan resultados con marcadas diferencias con respecto a las que realizan firmas comerciales como Roper, Harris, Yankelovich y Gallup.
Por ejemplo, más de una década atrás, antes de que el mundo supiera de Internet u oyera hablar de la globalización, mis colegas y yo condujimos estudios en Estados Unidos que por primera vez caracterizaron a la globalización por medio de los siguientes hechos:
1) La extensión de la contaminación a través de las fronteras internacionales;
2) la venta mundial de armas;
3) el traslado de fábricas de las empresas transnacionales a países con mano de obra barata y débil legislación de defensa del ambiente;
4) la comercialización instantánea día y noche de valores, obligaciones y monedas en todo el mundo;
5) el diseño, fabricación y mercadeo de productos globales en muchos países;
6) el movimiento de trabajadores de un país a otro en procura de empleo;
7) las noticias, los anuncios, los entretenimientos y los programas de información y de «software» divulgados uniformemente a escala global.
En esa oportunidad comprobamos que el público estadounidense estaba bien enterado de esos hechos. Cuando preguntamos sobre la regulación de esos fenómenos a través de acuerdos internacionales, un 90 por ciento se manifestó a favor de una «estricta o moderada» regulación de la contaminación. El restante 10 por ciento favorecía una «leve reglamentación» o «no quería nuevos acuerdos internacionales», o no respondió. La mayoría se pronunció también por una «estricta o moderada» regulación de los otros asuntos, desde el 83 por ciento que lo hizo acerca de las ventas de armas hasta el 52 por ciento con respecto a la migración de trabajadores. Sólo la cuestión de regular a los medios de comunicación de masas obtuvo un minoritario 34 por ciento, lo que no es sorprendente dada la devoción por la «libertad de palabra» en Estados Unidos.
Las encuestas muestran que los más instruidos eran más favorables a las regulaciones y estaban más familiarizados con la globalización. Los menos instruidos ya sabían entonces que ellos serían más vulnerables, lo que demostró ser cierto por los muchos estudios realizados en los años siguientes, que probaron el efecto negativo de la globalización sobre los pobres.
Nuestros posteriores estudios mostraron una creciente comprensión de la globalización y un apoyo a un enfoque pragmático para enfrentar las malas noticias de la globalización. Una pregunta de esas encuestas estaba formulada de esta manera:
«Los acuerdos comerciales son estructurados por economistas que no tienen en cuenta las opiniones de otros expertos como antropólogos, sociólogos y ecologistas, quienes a menudo ven medios para proteger las instituciones sociales, la cultura, la economía y el ambiente de un país. ¿Piensa que esos expertos deberían ser involucrados en los acuerdos comerciales o que deberían ser diseñados sólo por economistas?».
El 71 por ciento respondió que otros expertos deberían ser incluidos, mientras que el 23 por ciento dijo que sólo los economistas deberían elaborar los acuerdos. quizás algún día aquella mayoría será escuchada.
(*) Alan F. Kay, es un matemático, científico social y pionero en encuestas de interés público y autor de libros sobre esos temas.(Servicio exclusivo en Uruguay para LA REPUBLICA)
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