Hoy Juceca

Amigos, libros y mandamientos

Escribe: Julio Cesar Castro

 

Desde que mi amigo Mario Delgado Aparaín hizo la presentación de su libro «No robarás las botas de los muertos», que no voy a una presentación de libro. Y extraño. Esa noche había un mundo de gente conocida como ser Milton Fornaro y la esposa, que ella es dietista pero el Milton tiene barriguita mientras escribe una novela nueva que ya tendrá su correspondiente presentación, y estaba Rosario Peyrou que es profesora de literatura y crítica literaria y me prestó dos libros de Isidoro Blaisten porque sabe que me gusta pilas, y en la mesa presentadora junto al autor estaba el profesor Caetano que sabe muchísimo de historia y hay que ver lo bien que se expresa y parece mentira lo ameno que es. Y como si fuera poco estaba, fíjate y andá llevando, Mario Benedetti, que lanzó, o dejó caer, tantos elogios sobre la novela presentada, que el autor se puso entre incómodo y eufórico-reprimido, que es un estado bravísimo de sobrellevar y se le notó, y todos aplaudimos mucho, porque cuando alguien se emociona, no sé por qué, pero aplaudimos. Después Mario Delgado firmaba autógrafos y libros sin estrenar, y daba gusto porque a pesar de ser un gran escritor, todo el mundo lo quiere. A mí siempre me hizo un poco de gracia eso de «presentar un libro», pero el hecho de que me haga gracia no le resta seriedad al acontecimiento, ya que a mí hay muchas cosas serias que me causan gracia. No puedo evitar imaginar la situación y el diálogo. Permítaseme un ejemplo. El autor tiene junto a él su nuevo libro, y llego yo, y cuando creo que estira la mano para estrechar la mía, resulta que es para señalar el libro y me dice:

-Te presento mi nuevo libro.

Tomado de sorpresa no sé qué hacer con mi mano a medio camino y me la dirijo a la nariz y le rasco la puntita, con un índice que ahora noto frío, en gesto nada elegante justo en el momento en que a uno le presentan a alguien. Me rehago al instante, y tal como lo demandan el hábito y las buenas costumbres, me inclino apenas y le digo.

-Mucho gusto.

Estoy a punto de preguntarle: «¿Cómo te llamás?», cuando veo que tiene su nombre en la tapa: «Nuevos vientos arrastrando nubes van». Le apoyo una mano en el hombro, al autor, y le digo: «Te felicito hermano, pero ¿por qué no le pusiste otro nombre, como ser Joaquín, o Emiliano, que siempre están de moda?» Claro que estas cosas se me ocurren a mí pero no se le ocurren a la realidad, porque la realidad siempre es otra. Decía entonces que extraño porque hace tiempo que no voy a una presentación de libro, malamente llamado inédito, ya que allí está él, édito, que huele a tinta fresca, nervioso que le tiembla el lomo como caballo con tábano, porque aunque nadie lo diga para no asustar, toda primera edición sufre. Y si el tiraje es de pocos ejemplares, es tanto el sufrimiento que padecen, que algunas veces terminan agotados.

Debo reconocer que son muchos los autores que tienen la gentileza de invitarme a la presentación de sus libros, pero por alguna razón que no se compadece de mis deseos, no concurro. Hay gente que dice que las presentaciones son aburridas. Que algunas son un plomazo. Son gente que va a todas. Y son, precisamente, los que las hacen aburridas y plomazos. Yo, a las que voy, la paso muy bien. Primero porque me alegra que alguien publique un nuevo libro, o que al menos lo haya escrito, o me bastaría saber que lo ha pensado, o apenas que sintió el libro que nunca escribió y que jamás presentará, ese gran libro que nos perderemos porque este tipo es un perezoso que no se sienta con disciplina y escribe y publica eso que piensa, eso que siente, o lo que sea que le pase. Me enoja eso.

Pero si voy, la paso bien. También porque me encuentro con amigos que hace tiempo que no veía. Amigos que supimos reunirnos todos los días, todas las noches, dale que te dale hablar y discutir y fumar y tomar y hablar, y hablar. ¡Mire que hablamos de cosas! Y claro, ahora nos encontramos, nos saludamos, nos reímos de alguna tontería y al despedirnos quedamos de acuerdo en que deberíamos reunirnos a charlar un poco. Sabemos muy bien que no, que ya lo tenemos todo charlado. Que mantenemos aquellos acuerdos y aquellos desacuerdos, y que si los cambiamos, tanto da. Pero a lo que iba yo y me divagué, era a que el título «No robarás las botas de los muertos», me sonó a mandamiento bíblico, y por esa vía traté de recordar cuáles eran los famosos diez. Me acordé nomás que de cuatro. Pregunté a muchos amigos y nadie pasó de seis o siete. Cuando vayas a una presentación de libro, por ejemplo, preguntale a la gente y vas a ver. Por lo menos vas a tener en qué entretenerte, porque esas presentaciones son flor de plomazo. *

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