ENCUESTA DE LA IMM REVELA INFORMACION SOBRE QUIENES VIVEN EN LA CALLE

Con el cielo como techo

ETTORE PIERRI

 

Hay quienes aseguran que Juan Carlos era un comerciante muy rico pero comenzó a beber más de la cuenta, descuidó su negocio, se arruinó y terminó viviendo en la calle. El jura que nada de eso es verdad y dice que fue Mario, conocido como Tordo Viejo, quien inventó todo, hace como seis años, en el hall del Hospital de Clínicas, donde pasaba las noches con otros andantes del asfalto y su perro Terremoto.

«Lástima que el Tordo ya se murió. Si estuviera vivo te diría que le dio por largar eso en broma y como los tipos que estaban con él se creyeron todo, de angelitos que eran, dejó correr la bola», afirma. Pero comentan que el propio Juan Carlos le confió al Tordo su pasado de hombre adinerado fundido por el alcohol. «Eran muy amigos y hablando y hablando le contó su vida. Dice que el Tordo inventó todo porque no quiere que se sepa lo que le pasó. Será porque le da vergüenza, pobre», afirman.

Juan Carlos desmiente lo que dicen de él pero no explica por qué está en situación de calle. «De eso no hablo. Es algo muy mío y me lo guardo», responde si le preguntan qué lo empujó a vivir con el cielo como techo, hace casi 11 años, cuando tenía 56.

Un perro para Gardel

No son muchas las personas en situación de calle que como Juan Carlos ocultan su pasado. Casi todas están dispuestas a responder cualquier pregunta sobre sus vidas y eso ha permitido conocer más a fondo a este sector, que sólo en Montevideo integran alrededor de 2 mil hombres y mujeres de 18 a 82 años o más, según estimaciones recientes. A este grupo adulto errante, parte del cual se refugia ocasionalmente en algún albergue, se debe agregar la gran cantidad de niños y niñas que involucra la penosa situación de sus madres, padres y otros familiares directos.

No se dispone de datos precisos sobre esa castigada población infantil, pero una encuesta de la Intendencia Municipal de Montevideo(IMM) reveló que sólo 22 mujeres en situación de calle estaban a cargo de 50 menores, cifra que proporciona alarmantes indicios.

Pero la encuesta municipal permitió sobre todo conocer historias de vida. Cerca de 70 personas aceptaron hablar mano a mano y narrar por qué y cómo llegaron a «caer en la calle», varias desde hace muchos años, con sus hijos o solas.

Según esos relatos, entre las mujeres y los hombres de 18 a 59 años, uno de los factores desencadenantes de la situación de calle fue la ruptura de parejas, como, por ejemplo, le sucedió a Adriana, quien tras separarse de su esposo debió sobrevivir con su hija de tres años, Micaela, sin apoyo familiar de ningún tipo.

Adriana, de 34 años, salió a pedir limosna en varias oportunidades, trabajó un tiempo como planchadora, vivió en una pensión donde a cambio de encargarse de la cobranza le daban cama gratis y finalmente logró que le permitieran pasar las noches en un albergue.

La encuesta de la IMM registró también la historia de Mónica, 42 años, madre de cinco hijos, quien tras 10 años de conflictivo matrimonio se separó de su esposo alcohólico y comenzó un duro camino de sufrimiento y carencias.

Sola con sus hijos, Mónica nunca recibió ayuda de sus familiares, limpió escuelas a cambio de comida, vivió a veces como agregada, fue lavandera a destajo y mendigó alimentos, monedas y ropa.

Cuando narró su historia, trabajaba como cuidacoches en una zona céntrica y soñaba con tener un techo seguro y ganar lo necesario para que sus hijos ya no sufrieran «días de frío y hambre».

Otras investigaciones también aportaron información sobre gente que vive en las calles. Una es la realizada por el investigador Alvaro Barreiro, quien recogió este testimonio de Julio, un ex camionero de 48 años:

«Yo trabajaba en una empresa de mudanzas. Una noche me dormí mientras manejaba, choqué con otro camión y me reventé la cabeza. Estoy vivo porque Dios es grande. Después la empresa me tuvo un tiempo como suplente y al final me echó. Empecé a hacer changas en la construcción pero tuve que dejar porque el brazo derecho no me respondía, a lo mejor por el accidente. Como no tenía ingresos, empezaron los problemas con mi mujer, porque había días que si ella no hacía alguna limpieza no comíamos. Una noche discutimos mucho y al otro día ella se fue a vivir con su hermana y nunca más la vi. Yo estaba atrasado en el alquiler y me dieron el desalojo. Sólo y sin plata no tenía dónde vivir y me fui al Parque de los Aliados. Eso fue hace cuatro años y sigo en la calle. A veces vendo algo en los ómnibus o cuido autos y así voy tirando. No quiero ir a un albergue, porque allí hay mucha disciplina que no me gusta. Estoy tramitando una pensión por enfermedad, pero no sale nunca. Casi todos los días como de los tachos de basura. Saco lo que no está muy sucio, lo lavo y me lo como. Ahora ando buscando un perro viejo que me acompañe. Los perros viejos se acostumbran más a uno. A mí no me gustan mucho los animales pero preciso un perro porque estos bichos son como una estufa. Se acuestan bien pegados a vos y te dan calor. Con las noches que están haciendo, si no tenés un perro capaz que te morís de frío. Si consigo uno voy a pasar este invierno. Y si consigo dos soy Gardel».

El pozo que come

Barreiro también habló largamente con Walter, 51 años, ex ayudante de cocina. Walter dijo:

«Yo trabajé toda la vida hasta que me salió esta mierda de soriasis. Tengo esa porquería en todo el cuerpo y por eso no consigo trabajo. Cuando ven que tengo esto me dicen que disculpe pero no, y yo lo entiendo porque ¿quién me va a aceptar en un boliche de comidas si estoy con esto y me paso rascándome? Por suerte no tengo hijos, porque no los podría mantener. Yo vivía en un departamentito del Cordón, con una compañera, pero cuando perdí el trabajo por la enfermedad no pude pagar el alquiler y ella se fue a otro lado y me quedé solo. Después dejé el departamento porque no conseguí trabajo, vendí los muebles, estuve viviendo en una pensión cuatro o cinco días y cuando se me terminó la poca plata que me habían dado por los muebles quedé en la calle. Ahora voy a comer a San Pancracio de vez en cuando. En las ferias me dan frutas y eso me ayuda. Cuando no tengo nada pido en alguna casa. Voy aguantando como puedo y en invierno me meto en esos albergues que te dan cama y comida. Pero eso no dura mucho y cuando viene el tiempo bueno es bueno para todos menos para mí porque sigo en la calle. Para comer yo me arreglo, pero cada vez me da más miedo andar en la calle. Ahora a uno le puede pasar cualquier cosa. Hasta te pueden llevar al loquero si te encuentran durmiendo en la calle. Eso le pasó a una mujer que dormía allá por el Pasteur.

Ella no estaba loca pero la internaron en el Vilardebó y allí sí le vino la locura. A mí me gustaría tener una casita, aunque más no fuera una piecita limpia, porque esto de andar de un lado a otro me está matando. A veces miro para adentro de las casas y veo gente comiendo o mirando la tele y le juro que me dan ganas de pedir que me dejen entrar aunque sea un ratito. En la calle lo peor no es el frío ni los borrachos que te pueden hacer cualquier cosa. Lo que te mata es estar solo, sin nadie, solo siempre como estoy yo, sin familia ni amistades. Le juro que vivir así es como vivir en un pozo sin fondo que te va tragando y tragando y uno se va cada vez más abajo, a la negrura que te está esperando para comerte». *

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