Nadie entiende nada

Aquella noche en la rambla con Gardel

JUCECA (*)

 

Esa noche yo andaba solo. Gardel también. Yo bajaba por Gaboto hacia la Rambla, y él subía rumbo a San Salvador. Nos vamos a cruzar así, y se dio esa situación tan común, de que yo me corro hacia la pared para dejarle paso y él se corre hacia la pared, y yo voy hacia el cordón para evitar el choque y él le da para el cordón, y quedamos amagando, el uno por el otro, cara a cara, y se planta y me mira y me dice, serio: «¿Y?». Me pareció una voz conocida, pero esa «¿Y?» solitaria no me alcanzaba, y para obligarlo a más le digo: «¿Y, qué?». Y me dice: «¿Cómo y qué? Que sos un inseguro». Ahí lo saqué. Me quedé mudo. Me impresionó que por ese titubeo mío se diera cuenta de que yo era un inseguro.

Pero no me amilané y le dije: «¿Yo inseguro? ¿Y usted qué?». Sacudió apenas la cabeza, me miró como diciendo «Correte botón», y yo voy y me corro para el mismo lado que él eligió pasar, y vuelta a quedar así. Medio que se le pusieron saltones los ojos como cuando canta en no me acuerdo qué película, y ahí si lo abordé y le digo: «Usted es Gardel». No le pregunté, le hice la afirmación para que viera que yo no era tan inseguro como aparentaba: «Usted es Gardel». No sé si no me escuchó, o se hizo el bobo, pero va y me dice: «¿La calle Gonzalo Ramírez, cuál es?». Recién ahí me di cuenta de que tenía bigote. Le señalé que era la otra, la que viene, y me preguntó si yo era del barrio y si conocía a un tal Onetti. Le dije que sí y agarramos Gaboto rumbo a Gonzalo Ramírez. Al pasar por una ventana abierta Gardel se para, y me dice «Aguantá un cacho», y va y se pone a cantar en la ventana, apoyado en el mármol del balconcito. Cantó una parte de aquel que dice «Vuelvo al pie de tu vieja ventana, mi bien», y que al final le ruega a la mina: «Asomate mi vida y no me hagas sufrir, te lo pido por lo que más quieras, mi amor». No se puede creer, pero apenas terminó de cantar, se apareció una mujer en la ventana, brutal, de esas que uno quisiera tener por lo menos una temporada, y sin decir agua va ni abaraje si es de agallas, saltó por el balcón a la vereda. ¡Por el balcón se tiró la mujer! Pero no para suicidarse ni nada de eso, porque el balcón era bajito, de los de mármol blanco, se largó para caer en los brazos de Gardel, que la verdad sea dicha, si yo no le doy una mano, la mina se le estrola contra las baldosas.

Yo ya le iba a preguntar si no tenía una hermana para presentarme, cuando Gardel le dio un beso, un beso medio regular, visto de afuera nada del otro mundo, le pellizcó suavemente una de sus mejillas sonrojadas, le dijo: «Hasta más ver, pebeta de mi barrio, papa papusa», y seguimos. Entonces sí, la mujer, al verse abandonada, tomó velocidad por Gaboto para abajo y sin un reproche, sin una queja, apretando algo entre los dientes para no gritar, se arrojó a las turbulentas aguas del Río de la Plata a la altura de la Embajada norteamericana. Yo medio le reproché a Gardel el tratamiento que le dio a la mujer, que le cantó en la ventana y la otra pobre se enloqueció, y él, a modo de disculpa me dijo: «No puedo con todo». Lo miré y noté que le rodaba un lagrimón. Noté también que le faltaba el bigote. Seguro que ella se lo arrancó en el beso. No sé qué le había dado por usar ese bigote, ni se lo pregunté tampoco. Fuimos caminando hasta Eduardo Acevedo y le dije: «Vé Gardel, por esta calle, un tal Eladio Linacero hizo bajar caminando a la mujer, varias veces, con un vestido blanco, de madrugada, y él la esperaba en la Rambla con la esperanza de volver a verla como antes de casarse, cuando ella bajaba con pasos largos y ligeros, pero no hubo caso, no funcionó, ni ella, ni él, nada era lo que fue». No sé si Gardel pensaba en otra cosa, pero dijo entre dientes: «Nadie entiende nada». «Eso es Onetti», dije yo al ratito como distraído. Gardel se sentó en el murallón. Parecía cansado. Señaló hacia el Este y dijo que por allá tenía un chalet. Se vio que no le importaba. Yo estaba silbando no me acuerdo qué tango, cuando él habló para decir: «Ese Onetti dijo una vez que yo era inteligente. Borges no me quiere y tiene su razón, pero este Onetti le dijo a Zitarrosa que sí, que yo era inteligente y chau. Sé que vive en Gonzalo Ramírez y me gustaría visitarlo». «Entonces vamos», le dije yo, y arrancamos de nuevo por Gaboto para arriba. Al pasar por la ventana abierta, una mujer brutal, de esas que uno quisiera tener por lo menos una temporada, asomada en el balcón, secaba su larga cabellera con una toalla blanca. Como gracia, se había pegado unos bigotes en la frente, y se reía. Daba gusto como se reía. *

 

(*) Humorista

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