Tiene la palabra
Carta al Ejército argentino
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Al señor General Ricardo Brinzoni:
* He recibido su atenta invitación a disertar en el XI Curso de Comunicación Institucional a desarrollarse en el Estado Mayor General. Debo confesarle que el solo hecho de recibir una carta del Ejército me ha causado un profundo estremecimiento. La última vez que la institución que se encuentra hoy bajo su mando se comunicó con mi familia fue en 1977 en una misiva dirigida a mi madre en la cual se justificaba el confinamiento de su esposo porque a consideración del Ejército se trataba de «un miembro de la subversión».
Hay poco que usted desconozca y yo pueda agregarle sobre los sufrimientos e injusticias que mi padre padeció desde la noche en que un grupo de personas violentaron nuestro domicilio identificándose como miembros del Ejército en Operaciones y procedieron a secuestrarlo. Seguramente fueron similares a las que debieron sobrellevar los miles de secuestrados ilegalmente. Mi padre fue torturado, le practicaron falsos fusilamientos, lo humillaron, tuvo que presenciar violaciones y torturas de otros prisioneros. A todo eso hay que agregarle que por tratarse de un judío debió soportar, además, que las sesiones de torturas fueran acompañadas por himnos nazis y se burlasen mientras lo picaneaban en el pene circuncidado. En fin, todas las injurias típicas de las bestias antisemitas. También durante horas el entonces coronel Ramón Camps junto a otros oficiales del Ejército lo interrogan sobre los «siniestros planes sionistas para apoderarse de la Argentina», en una habitación cuyo único «adorno» era un retrato de Adolfo Hitler.
Pero en cambio sí puedo ilustrarlo sobre un aspecto que tal vez intuya pero no conozca en profundidad. El sufrimiento de mi madre. La humillación de una mujer tratando de encontrar a su marido en los laberintos de la muerte.
Recuerdo un día en que fue recibida por el coronel Ruiz Palacios quien, ante su llanto, le dijo burlonamente: «Las mujeres argentinas no lloran». Para el oficial del Ejército si mi madre lloraba era por judía. Es verdad, mi madre lloró mucho, y también luchó mucho. No dejó de hacer nada de lo que estaba a su alcance pero nunca sintió que sus actos reflejaban una valentía que no poseía. Vivía aterrada. De noche se despertaba con pesadillas y sus gritos eran desgarradores. Lamentablemente, mi madre nunca pudo recuperarse. Desde aquellos años la invadió una profunda pena, una tristeza que jamás la abandonó hasta su temprana muerte.
Señor general, usted me invita a disertar frente a miembros del Ejército. Me coloca en una difícil situación. No puedo aceptar y no lo puedo hacer porque para concurrir yo debería antes perdonar los padecimientos que el Ejército le ocasionó a mis padres. Incluso mi participación en dicho evento podría inducir a los victimarios a sentir que mi presencia borra sus culpas y confundir a potenciales asesinos que con el tiempo se olvidan los crímenes.
Me asusta la idea de que mi presencia pueda, aun parcialmente, convertirme en cómplice de futuras violaciones a los derechos humanos.
Yo no puedo perdonar en nombre de mis padres. ¿Quién está autorizado para hablar en nombre de las víctimas? Ni siquiera Dios puede obrar de tal manera. Tal como dice la Ley Judía: A los pecados contra Dios, en el Día de la Expiación les otorgará el perdón. A los pecados contra nuestros vecinos, el Día de la Expiación no les concederá nada hasta que no hayan sido perdonados por ellos».
Su considerada invitación también podría inducirme a pensar que indica que el Ejército se ha arrepentido del sufrimiento infligido a mis padres. Sin embargo, el gran sabio Moshé Maimonides nos enseña que sólo podemos conocer el auténtico arrepentimiento de una persona si el penitente se encuentra en la misma situación en la que estaba cuando pecó y entonces se abstiene de volver a repetirlo.
El tema del perdón es siempre difícil y no quisiera que usted vea en mi postura la búsqueda de venganza. Ni tampoco es fruto de una improcedente altivez. Nada más alejado de mi forma de pensar. Simplemente no quiero pecar de una generosidad que no me corresponde. Ni de una magnanimidad que no merezco practicar. Los rabinos nos dicen que «aquel que sea misericordioso con el cruel sentirá indiferencia por el inocente». Comprenderá entonces que no puedo comportarme de tal manera con mis padres.
Tampoco en el plano político me es posible ser indiferente a los hechos que padecieron mis padres. Comparto lo expresado por el diplomático bosnio Sven Alalaj sobre el tema de la reconciliación: «No me cansaré de afirmar que es absolutamente necesario que exista un castigo para los culpables y un cierto grado de justicia para considerar la posibilidad de que se obre el perdón o la reconciliación. Si el genocidio queda impune, sentará un precedente para genocidios futuros. Sin justicia nunca podrá haber reconciliación ni auténtica paz».
El perdón es una decisión que sólo pertenece al perjudicado, pero mis padres no pueden expresar opinión alguna ya que ambos han fallecido sin que nadie de la institución que usted comanda se haya acercado a ellos expresando su arrepentimiento.
Como usted podrá apreciar le he otorgado a su carta una importancia significativa. Mi obligación de rechazar su invitación ha servido al menos para que conozca algunas de las reflexiones que a través de los años he encontrado en la búsqueda de respuestas a un tema tan difícil.
El dilema del perdón aparece en forma constante en los textos bíblicos y en las interpretaciones de nuestros sabios, de nuestros profetas y de nuestros maestros.
Justamente a mis maestros he concurrido para consultarlos si existe alguna forma por la cual alguien le pida perdón a una persona fallecida. Gracias a Dios la hay. Y no estoy más que dispuesto a ayudar al Ejército a poder recibir el perdón de mis padres en el caso de que deseen solicitarlo. De acuerdo con la Halajá (Ley Judía) el ofensor debe expresar su pedido de perdón frente a la tumba del ofendido.
Si usted, en nombre del Ejército, desea obrar de tal manera será para mí un deber moralmente indeclinable acompañarlo, y luego invitarlo a leer en forma fraternal los salmos de alabanza que los judíos recitamos frente a las tumbas de nuestros seres queridos.
HECTOR TIMERMAN
Voto 51: ¡pobre mi amigo González!
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Realmente me ha decepcionado mi hasta ayer muy estimado correligionario don Carlos González Alvarez. Hoy, a la luz de su SI al ajuste fiscal tras haber dicho NO en todos los días previos a la reunión de la Cámara de Representantes, no podré seguir acompañándolo en la lucha política, dado que a mí me gustan únicamente los hombres que defienden sus principios y sus opiniones, por encima de los partidos políticos o, en este caso especial, de la prepotencia del personaje que está liquidando, lenta pero inexorablemente, al Partido Nacional que tanto queremos. Y que no es otro que el nieto de Herrera, aquel que solía decir en viejos tiempos «allá los rubios del Norte», cuando desde el territorio imperialista se trataba de avasallar la opinión independiente de los políticos del Uruguay.
¡Pobre mi amigo González!, está expresando mucha gente de Colonia y no pocos amigos ganados en Montevideo tras su gestión como director del Banco de Seguros del Estado, «trampolín» que le permitió desde Avda. del Libertador y Mercedes llegar en poco tiempo (y pocas cuadras) al Palacio
Legislativo. Donde muchos esperamos una gestión digna con sus antecedentes de hombre de bien, pero que hoy observamos una actuación sin pena y sin gloria, aduciendo la declaración de «asunto político» y el «cuidado de su futuro», argumentos que distan de conformarnos en tren de justificar su brusco cambio de posición. ¡Vamos señor González! ¡A usted lo presionó Lacalle y lisa y llanamente, usted se «garcó» y feo! Lo que por cierto (y en buena hora) no hicieron los cuatro valientes diputados de Alianza Nacional.
De la diputada Alejandra Rivero, qué podemos decir. La llevaron colorados (y su marido, con causa abierta aún ante la Justicia) a la residencia de Suárez y Reyes. Allí la convencieron de pronto prometiéndole la concesión de un subsidio que reclama el actualmente procesado ex intendente de Cerro Largo, es decir su esposo. (Lo que se dice un seguro de paro, debiendo estar «en cana») y que finalmente le sería –créase o no– concedido.
Esos fueron los votos «50» y «51», que ayudarán a condenar a miles de uruguayos, sin horas extras y con más impuestos, amén de sin reactivación a una creciente miseria. ¡Pobre Partido Nacional!
T.B.D.
Estación Carnelli
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* El presidente, doctor Jorge Batlle, luchó toda su vida para llegar al más alto cargo público. Con un poquito de suerte, hubiera seguido siendo luchador. Nos salvábamos todos. Y se le dio la oportunidad. Se la otorgamos. Podía haber pasado a la historia como un gran estadista. Tan sólo haber llevado a la práctica sus grandes promesas transformadas en pobrísimas realizaciones. Podía, no me cabe ninguna duda, pasará a la historia. Como el de la época más complicada, amarga, triste, difícil, desafortunada, desacertada, desorientada, descolocada. Se sacó las ganas de jugar a ganador y nos sacó las ganas de seguir viviendo.
No deja de repetir que está en la Estación Carnelli.
Aquí demuestra estar derrotado. Hoy día, los grandes, de verdad, llegan a «Central» y toman otra vez en dirección a Rivera. Quien dice que ya llegó, no sólo no avanza, sino que retrocede. Y nos había prometido diversión.
Promesa no cumplida.
Muy cordiales saludos.
CARMI RAUCH – CI: 866.784-6
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