Arabia Saudí: un ocaso económico impresionante
Llegué a Riad con la imagen un poco estereotipada que desde hace algunos decenios evoca este país en la escena internacional: la de un cúmulo de bienestar petrolero y social y un concentrado de fuerza económica y militar a la sombra de una innegable estabilidad política. Y de un aliado con el que Occidente puede contar si pasa por alto la ausencia de democracia y la existencia de un estado sustancialmente teocrático. Pero que aparentemente funciona.
La realidad con la cual me encontré es muy diversa y, por más de una razón, inquietante. La simple lectura de las estadísticas oficiales me ha puesto de frente a una decadencia económica impresionante. Si bien la producción petrolera (25 por ciento de las reservas y un 10 por ciento de la producción mundial) continúa haciendo de Arabia Saudí un gigante, la falta de diversidad de su sistema económico (el petróleo proporciona el 85 por ciento de los ingresos públicos y el 70 por ciento de las exportaciones) hace que el país sea extremadamente vulnerable. La prueba más evidente está en la caída de la renta per cápita en los últimos 20 años de 35.000 a 7.000 dólares junto a un crecimiento medio del producto interno bruto (PIB), también en los últimos 20 años, de apenas aproximadamente el 1 por ciento.
Contemporáneamente, el país registra la más alta tasa mundial de crecimiento demográfico, el 3,8 por ciento anual. Sólo para hacer frente a esta tendencia –que llevará a la población saudí, que hoy es de 20 millones, a duplicarse en los próximos 20 años– sería necesario un crecimiento constante del PIB del 6 por ciento anual.
Resultado: Arabia Saudí tiene, según las fuentes estadísticas, una tasa de desocupación que varía del 15 al 40 por ciento. Sólo el año pasado el número de las personas que se ha presentado al mercado de trabajo ha llegado a 320.000, de las cuales sólo la mitad ha conseguido un empleo.
El país hospeda a 7 millones de trabajadores extranjeros que desempeñan las tareas más humildes –que de todas formas los saudís no harían– y que no gozan de tutela alguna. De 12 millones de saudís en edad laboral sólo 3 millones son económicamente activos y de éstos cerca del 60 por ciento son empleados estatales.
Este es un pueblo acostumbrado a vivir de rentas, que confía al Estado la satisfacción de sus necesidades sociales (sanidad, instrucción, servicios) y a un ejército de inmigrantes el funcionamiento de la economía (industria petrolera más turismo vinculado a los lugares santos del islam).
La economía saudí tiene una necesidad desesperada de capitales, de mentalidad empresarial y de tecnología para salir de la «monocultura petrolera». ¿Es posible que el maná petrolero no consiga proporcionar ninguno de estos ingredientes? Es posible. La faja más alta de la sociedad saudí, cuyo núcleo es una familia real que cuenta con cerca de 6.000 príncipes, posee en el exterior algo así como 600.000 millones de dólares, una cifra con la cual se podría «despertar» a todo el Oriente Medio. Pero quienes poseen estos capitales parecen más interesados en invertirlos en los mercados internacionales que en arriesgarlos en casa.
Uno se pregunta si entonces la política puede resolver la incógnita saudí. Quizás, con la condición de que sepa tomar por los cuernos los cuatro principales problemas existentes: la explosión demográfica; la desocupación-subocupación (en un cuerpo social con un 83 por ciento de personas por debajo de los 40 años); la emancipación-liberación de la población femenina y el ordenamiento institucional y político a renovar.
De todos estos asuntos resulta incluso difícil hablar con nuestros interlocutores, que nunca dejan –en cambio– de acalorarse con la cuestión palestina y con la responsabilidad de Occidente en las complicaciones que en ella se producen. Se respira solidaridad árabe a pleno pulmón, pero cuando una colega mía preguntó, durante una reunión en el departamento encargado de la política de inversiones (SAGIA), en qué estado se halla la cooperación interárabe le respondieron que «no despega, sobre todo por razones políticas».
Si fuera por ellos, los dirigentes saudís no hablarían de buen grado siquiera de la cuestión femenina. Sin embargo, este asunto está lejos de incomodar al sistema establecido. Cuando fuimos recibidos por el profesor Salih Bin Abdullah Bin Humaid, téologo de clara fama que preside el parlamento saudí, a nosotras las diputadas europeas no nos fue concedido ni un apretón de manos ni una mirada directa a los ojos. Sólo se nos permitió escuchar alguna explicación sobre «el pensamiento saudí» dirigida a los diputados masculinos: a) algunas normas del Corán son flexibles, no todas: la pena de muerte para un asesino, por ejemplo, es un dogma; b) ¿las mujeres? No hay dudas, el islam las describe y las considera diversas de los hombres; c) ¿el islam y la política? Es que el islam es político o no es nada, porque no consiste en la relación de Dios con cada individuo sino con el conjunto de los individuos y cada acto en nombre del islam es un acto político. Parece estar escuchando al ayatolá Jomeini redivivo.
Antes de dejar Arabia Saudí hicimos escala en Yida, la ciudad sobre el Mar Rojo, antecámara de La Meca y de los lugares santos, donde nos esperaba el príncipe hereditario Abdulá, el verdadero gobernante del país. El príncipe sabe hablarle al mundo. Es él quien hizo a Israel y a Estados Unidos la famosa propuesta de conceder un estado digno de ese nombre a los palestinos a cambio del reconocimiento del estado hebreo por parte de todos los estados que integran de la Liga Arabe. Su Alteza Real no se expresa como un mojigato: estrecha la mano de las señoras, desdramatiza las divergencias culturales con Occidente diciendo que sobre los derechos humanos «en efecto existen diferencias». E ironiza: «En este país hay quienes hacen demasiada filosofía, mientras que yo prefiero dedicarme a las cosas concretas». Falta saber cuántos son los «filósofos» y cuántos los pragmáticos. *
(*) Emma Bonino, diputada en el Parlamento Europeo y dirigente del Partido Radical italiano. Servicio especial de IPS, exclusivo para LA REPUBLICA.
Compartí tu opinión con toda la comunidad