Los refugiados del invierno
ETTORE PIERRI
A las 3 de la mañana del viernes 15 junio de 2001, Jorge se despertó convertido en una barra de hielo. «Estaba rígido, helado de pies a cabeza, y no podía caminar», recuerda.
Aquella noche pudo ser la última en la vida de este ex albañil de 64 años que duerme en la calle desde 1999, cuando ya no pudo pagar la pieza que alquilaba en una pensión de Ciudad Vieja.
«Le debo la vida a un taximetrista. Me vio tirado en la vereda, me metió en el auto y me llevó a un albergue. Si no fuera por él, no contaba el cuento. Todavía queda gente buena», dice.
Este año, el frío no será una amenaza mortal para Jorge. El Plan Invierno le brindará techo, cama, calor, comida, ropa y atención médica, que le permitirán, dice, «ir tirando un poco más hasta que me salga la jubilación».
Se estima que este operativo de asistencia abarcará al menos a 600 personas, muchas de las cuales quedaron en situación de calle hace varios años por una serie de factores como el desempleo, la insuficiencia de recursos y la disolución o ruptura de estructuras familiares. Pero la diversidad de situaciones personales es muy amplia, tal como revelaron los resultados de una investigación realizada en 2001 por Virginia Alba, Natalia Bisio, Valeria Chiaramelo, Fabiana Gabard, Lorena Giglio, Milka González, Claudia Kuzma, Inés Lima, Noelia Pandulli y Jimena Pérez, becarias de la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM).
Pasantes en el área de trabajo social, entrevistaron a 66 personas que habían accedido al Plan Invierno, en el marco de un proyecto orientado a identificar las causas y los procesos de las «situaciones de calle». De ese trabajo, que coordinaron Elisa Balea y Gerardo Monteverde, asistentes sociales, y el sociólogo Fernando Borgia, se extraen, resumidas, las siguientes historias de vida, cada una de las cuales revela sin estridencias situaciones dramáticas de soledad y pobreza.
En la calle
Oscar, 41 años. En su época de soldado viajó a Sinaí y Camboya como integrante de las misiones de paz de la ONU. Cuando dejó el Ejército vino a Montevideo desde Colonia en busca de trabajo. No consiguió empleo seguro. Todos sus familiares directos han fallecido. Se ofrece como pintor pero nadie lo contrata. Cuida coches. Obtiene unos 40 pesos al día. No sabe dónde dormirá cuando deba dejar el albergue.
José Ariel, 58. Salteño, llegó a Montevideo en 1963. En 1965 se casó y tuvo cinco hijos. Trabajó 10 años como conductor de camiones. Lo despidieron y obtuvo empleo de limpiador en un edificio. Su esposa trabajaba con él en la limpieza y también en el mantenimiento de un laboratorio. Se separaron tras 35 años de casados y su esposa quedó como encargada de la limpieza del edificio y el laboratorio. Cuenta con el apoyo de sus hijos, pero quiere independizarse. No tiene jubilación ni pensión. Está tramitando carné de cuidacoches.
Leonardo, 26. Cuando tenía 15 años, su padre lo expulsó de la casa por motivos que no especifica. Desde entonces su vida transcurre entre pensiones, albergues y la calle. Estuvo preso y tras ser liberado comenzó a asistir al refugio. Los fines de semana vende artesanías en Tres Cruces. Busca pero no obtiene un empleo fijo.
Juan Carlos, 67. Tenía una empresa de cerámicas que cerró por la crisis económica y problemas familiares. Tras romper relaciones con su núcleo familiar, pasó a vivir en la calle. Trabaja en un bar a cambio de comida. En el bar obtiene unos 80 pesos semanales de propina. Tramita una pensión y busca trabajo.
Alcides, 50. Trabajó como panadero durante gran parte de su vida y luego como vigilante de un comercio. Está desocupado desde 2000. Se alejó de su compañera porque no podía aportar ingresos al hogar. Cuida coches. Tiene diabetes y serios problemas de visión. En esas condiciones, siente que corre peligro en la calle. Ya se cayó y sufrió una fractura. «No puedo estar en la calle porque me juego la vida», dice.
Danubio, 59. Cuidacohes desde hace cinco años. Gana 80 pesos cada día que trabaja. Fue sereno en una panadería que quebró y también pintor. Trabajó muchas veces por la comida y un lugar donde dormir. La muerte de su padre y su madre, quienes cobraban jubilación, lo dejó a cargo de la casa familiar, que debió abandonar porque no podía pagar el alquiler. Perdió contacto con sus hermanos. Recuerda que antes, en vida de su madre y su padre, «todos almorzábamos juntos con mis sobrinas y salíamos a pasear».
Donato, 70. Fue relojero de una importante firma que despidió a todo su personal. El desempleo y la ruptura de vínculos con su familia lo llevaron a su situación actual. Dice que para él sería suficiente tener un techo seguro, aunque fuera sólo en las noches. Padece estados de angustia. Se protege del frío en las terminales de autobuses.
Antonio, 43. Cuando tenía 16 años se separó de su familia y desde entonces vive en la calle. Trabajó en ferias y mercados. Actualmente cuida autos y percibe 120 pesos semanales. Estuvo internado en los hospitales Musto y Vilardebó. Si le dan una pensión por enfermedad, piensa construirse una vivienda en un terreno que su hermana tiene en San José.
Héctor, 49. Nació en San Ramón, Canelones. Tras 21 años de matrimonio se separó de su esposa y se convirtió en peón rural itinerante. Vivió un buen tiempo en Treinta y Tres, donde trabajó en las arroceras. Después regresó a San Ramón y estuvo con su madre y su hermano hasta que sintió que «no daba para más». Vino a Montevideo en busca de trabajo y se alojó en una pensión que debió dejar cuando se le terminó el dinero. Se mantiene con lo que le da la gente «que se baja de autos lindos». Sostiene que cuando se vive en la calle, «los otros lo creen menos». Eso, dice, hace que se sienta muy deprimido y sin ánimo de seguir viviendo.
Luis Alberto, 66. Fue zafrero. Trabajó en chacras y en las cosechas de uva, papa y manzanas. Una lesión en la columna vertebral lo obligó a dejar las tareas rurales. Recibe una pensión que no le alcanza para alquilar en ningún lado, por lo cual duerme en la calle. Dice: «En la calle se desintegra la persona humana. La vida se convierte en un infierno. No se tiene amigos, mujer, hijos, un perro, un lugar para bañarse. Si los monos tienen su jaula en el zoológico, ¿por qué el hombre debe vivir en la calle, no tiene nada? Lo que más desea es un techo, un domicilio. Le dijo a la becaria Inés Lima: «Quiero morir en un lugar». *
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