Es feo tener un caballo y no saber cómo usarlo
JUCECA (*)
Uno creía que el Presidente, por ser tan gaucho, por ser aficionado a las carreras, por saber qué es perder los estribos y desbocarse, era experto en caballos. En vista de que no es así, y atentos a que el doctor Jorge Batlle necesita y reclama asesoramiento en la materia, he aquí nuestro humilde aporte. Lo primero que se necesita para usar un caballo, es un caballo. A los caballos se los denomina también, equinos, pingos, fletes y, ya viejos, matungos. Los caballos propiamente vienen en diferentes colores y formatos. A los colores se les llama «pelaje», y se refiere al pelo que recubre la parte exterior del caballo. Algo así como el tapizado en cuero de cada bicho. Hay una gran variedad de pelajes, como ser blanco, colorado, bayo, doradillo, alazán, de oro, etc. Señalemos que es un lujo campero tener tropilla de un solo pelo, como la que menciona el poeta Silva Valdez cuando dice: «Tuve tropilla de un pelo, yo también como el mejor».
En cuanto al formato no hay mayor problema ya que, si bien hay diferencia entre un pura sangre de carrera y un percherón, son fácilmente reconocibles e inconfundibles con otro animal que no sea un caballo, como ser la vaca, el cerdo y el carpincho.
El cuadrúpedo que más se asemeja al caballo es la yegua, similitud que no logran ni la híbrida y terca mula, ni el simpático burrito que diera inspiración a Juan Ramón Jiménez para escribir Platero y él. Los caballos más famosos, exceptuando el de Troya que era un estuche de madera con gente adentro, y dejando de lado el nunca tomado en serio caballo blanco de Napoleón, son: «Pegaso» domado por Minerva y montado por Perseo quien, por falta de una Comisión Asesora no desconfió de que tuviera alas y así le fue; «Rocinante», el que antes de Don Quijote fuera simple rocín, y «Lunático», de Gardel, que guiado por la mano experta y el ojo avizor de Leguizamo se ganara sus garbancitos, y la barra completamente agradecida, sentí la barra: ¡Muy bien!
Me temo que si el doctor Jorge Batlle tuviera que elegir, se quedaría con este último. Aunque también podría mirar con buenos ojos el napoleónico, aquel blanco que le mejoró la estatura al emperador.
Teniendo ya una idea aproximada de cómo es físicamente un caballo, y algunos ejemplos de gloriosos ejemplares, podemos considerar el tema central del asunto que interesa al Presidente: «En lo relativo» expresa el decreto– «a las diferentes formas de utilización del caballo». Aquí la cosa se complica. Supongamos que nos dan un caballo y nos dicen: «!Uselo!». Momentito. Primero déjeme ver dónde lo pongo.
En la pieza tendría que sacar la mesita de luz y ni así me entra, y en el baño es un peligro porque me puede pechar cuando me afeito. Momentito. Que venga la Comisión Asesora, por favor. ¿Que no viene a domicilio?. Está bien, voy yo. Me informan que no se trata de dónde ponerlo, sino de cómo usarlo. Vamos bien. ¿Usarlo, en qué sentido? Ahí me agarran los señores de la Comisión Asesora, que está integrada por los ministerios de Ganadería, Agricultura y Pesca, Turismo, y Deporte y Juventud. Es lógico que Ganadería se ocupe de asesorar sobre el uso del caballo. Porque a usted viene mañana el ministro y le dice: «Agarre ese caballo y lléveme esa tropa de ganado vacuno hasta la frontera, vaya». ¿Usted qué le dice? «No señor, no llevo nada porque no sé usar el caballo y llévela usted con toda su alma que para eso es ministro»? No, porque queda feo. Le tiene que decir: «Espere señor ministro que voy hasta la Comisión a que me asesore sobre el uso del caballo, y con mucho gusto le llevo esas vaquitas». Como si fuera poco. Como si el caballo fuera un invento reciente del que no se sabe nada, la Comisión cuenta con representantes permanentes de la Asociación Rural del Uruguay, del Stud Book Uruguayo que no sé qué es, de la Federación Uruguaya de Deportes Ecuestres, y de la Federación Ecuestre Uruguaya que me suena a lo mismo pero al revés. Dentro de todo, me alegra saber que el gobierno invierte dinero en funcionarios asesores sobre el uso del caballo. Yo me voy a presentar a que me asesoren, y si entiendo con rapidez, capaz que me regalan uno. Me vendría bárbaro, porque carrito ya tengo. *
(*) Humorista.
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