En un total de 800.000 personas, hay 90.000 niños pobres de menos de 4 años de edad

La cuarta parte de los uruguayos vive en situación de pobreza

Del conjunto de indicadores estadísticos analizados se infiere que Uruguay tiene cien mil compatriotas entre los «pobres absolutos» y marginados de todo proceso económico y social.

Además de la pobreza, existe preocupación por el notorio crecimiento de la exclusión social que aparece en casos de segmentación residencial, tal como sucedió en el rechazo a la demanda de un préstamo bancario por el simple hecho de que el peticionante residía en un barrio de la periferia.

Una afinada lectura de los datos disponibles permite establecer, con absoluta claridad, que la pobreza medida estadísticamente descendió del 25% al 19,2% en el período comprendido entre 1991 y 1994. Sin embargo, entre 1995 y 2000, coincidiendo con la segunda administración encabezada por el líder forista, Julio María Sanguinetti, el indicador se disparó nuevamente a más del 25%, lo que equivale a la cuarta parte de la población del país.

Los datos surgen de la Encuesta Continua de Hogares que procesa y prepara el Instituto Nacional de Estadística.

En la mañana de ayer, se llevó a cabo el taller «Pobreza en el Uruguay», dictado por el asistente social y docente de la Universidad Católica del Uruguay Javier Marsiglia, en la sede del Observatorio del Sur (Obsur).

El encuentro contó con la presencia de un grupo de animadores comunitarios, que participaron del evento a fin de trasladar las propuestas del disertante a la práctica cotidiana.

En la jornada se reivindicó la aplicación de políticas y programas sociales para mitigar la incidencia de la exclusión social, en la que cada día más uruguayos se ven afectados.

Víctimas de esta segregación son, según Marsiglia, los residentes de los barrios marginales, los discapacitados, los enfermos de sida y las madres adolescentes, los cuales reciben la estigmatización que les impide acceder a las estructuras de oportunidades de la sociedad.

El docente de la Ucudal sostuvo que Uruguay es el segundo país en América Latina en destinar una mayor proporción de su presupuesto para inversiones sociales. Sin embargo, consideró que esta inversión no es la adecuada.

Por el contrario, nuestro país tiene uno de los porcentajes más altos de abandono escolar, alcanzando un 44% en los hombres de hasta 15 años y un 35% en mujeres de hasta igual edad. Por ejemplo, en Chile, la deserción de estudios llega al 18,3% en varones y al 17,1% en mujeres, menos de la mitad de la estadística uruguaya.

Según indicó Marsiglia, la deserción uruguaya tiene indicadores similares a la de los países centroamericanos.

En cuanto a la vivienda, más del 60% de los jóvenes de 24 años residen en construcciones precarias y es muy bajo el porcentaje de propietarios en esta franja etaria.

Similares desigualdades para la juventud se registran en los ingresos económicos de jefes y cónyuges donde la media salarial alcanza a los $ 4.000 y el desempleo para los de menor edad supera el 35%. Por su parte, la mayoría de los padres entre 18 a 28 años tienen menos de 9 años de escolaridad.

Estos indicadores demuestran la desigualdad con que se encuentran las jóvenes parejas que deben afrontar mayores responsabilidades al tener que enfrentarse a los gastos que insume la manutención de sus hijos y los insumos cotidianos por concepto de vivienda, salud y educación.

Cincuenta por ciento de los niños nace pobre

Con respecto a los niños, casi el 50% de estos menores de 5 años nace por debajo de la línea de pobreza, registrándose un 48,4% en el año 2000, que se contrapone al pico más bajo de los últimos 10 años, del 36,4% en 1994, en cuyo período hubo un aporte positivo de políticas sociales beneficiando a sectores relacionados con la niñez.

Unos 90 mil niños entre 0 a 4 años son considerados pobres, aunque sólo 20 mil de ellos son atendidos por los Centros de Atención a la Infancia y la Familia (CAIF). «Por tal motivo, Primaria debe meter el pie en el acelerador para focalizar los esfuerzos en la niñez», sostuvo Marsiglia.

No obstante, el asistente social afirmó que los trabajos orientados a asistir a los que menos tienen en el decenio, «no pudieron ser eficientes y eficaces para paliar esta situación».

Marsiglia explicó que en Uruguay, a partir de 1994 aumentó el desempleo en los sectores menos calificados.

Si bien la economía creció hasta 1998, la pobreza también lo hace, ya que se produjo un crecimiento inequitativo entre la población que favoreció principalmente a los sectores más altos de la sociedad.

A partir de 1999 comenzaron a visualizarse con fuerza los efectos de la recesión que perdurará hasta nuestros días e incluso se agravará.

El docente de la Ucudal comenzó su exposición dando una definición sobre la pobreza, sirviéndose de la opinión del arquitecto Juan Pablo Terra que la definió como un estado global, «a la vez económico, social y cultural que afecta por tanto la estructura de la personalidad. A ello se agregan, por lo menos, componentes biológicos y sicomotores». Generalmente este término se relaciona con la carencia de ingresos, pero que también se incluyen las creencias y las prácticas que completan una subcultura de la pobreza.

Aumenta núcleo duro de pobreza

El técnico señaló que en las familias pobres existen rasgos homogéneos, como el escaso ingreso del patrimonio pero se diferencian en otros aspectos.

A entender de Marsiglia, la variable territorial (lugar de residencia) tiene importancia al momento de implementar políticas sociales estatales.

Enfatizó que actualmente está aumentando en nuestro país el «núcleo duro de la pobreza», en la que se incluyen las personas que no satisfacen su alimentación, denominados también, «pobres absolutos».

Existen muchas variantes, además de los ingresos económicos que inciden en las condiciones de vida y en las oportunidades para las personas. Por ejemplo, residir en un barrio seguro e inseguro o que esté integrado o excluido de la sociedad.

El experto sugirió diferenciar lo que es el concepto de pobreza con el de exclusión social, «ya que pueden existir pobres excluidos y no pobres excluidos.»

Esta exclusión aparece usualmente en la segmentación residencial, cuando, por ejemplo, los habitantes del Borro o Cerro Norte son sistemáticamente rechazados en los empleos por su lugar de residencia, estigmatizándolos como delincuentes.

Incluso, en el encuentro de ayer, se consignó que un banco internacional instalado en nuestra plaza negaba los préstamos a los habitantes residentes en barrios periféricos.

Marsiglia explicó que el actual modelo de políticas sociales es vertical (centralista) y sectorial donde las prestaciones llegan segmentadas y poco coordinadas con lo cual se dilapidan recursos.

Sin embargo, lentamente va ganando terreno la lógica «horizontal y territorial» por la cual se contemplan las diferentes culturas e identidades.

«Por eso hay que hablar de pobrezas», aclaró el asistente social. Propuso articular la acción de los diferentes actores u organizaciones existentes en un mismo territorio, teniendo en cuenta la hetereogeneidad de la población.

Advirtió que no pretende eliminar el modelo vertical y sectorial sino que ésta debería interactuar con la otra lógica.

Enfatizó en la necesidad de crear redes para que diferentes organismos actúen en temas específicos, como ser la problemática de las inundaciones y el Plan Invierno Polar. *

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