Hoy Juceca

¿Por qué las heladeras fueron catorce?

Escribe: Julio Cesar Castro

 

Cuando uno creía que todo estaba perdido, cuando uno pensaba que el hombre no tenía salvación, cuando uno aseguraba el triunfo del egoísmo sobre el desprendimiento, cuando uno no daba un cobre por la generosidad, se lleva la gran sorpresa. Y la sorpresa viene de lejos.

No es la indulgencia y el perdón de un vecino agraviado, sino el gesto de un país pequeño y distante, de cultura milenaria. Una cultura que le permite, con el reverente saludo que los distingue, obsequiar a nuestra Federación de Fútbol, catorce heladeras. Así es Corea.

Un país con misterio. Uno de ellos, de sus misterios, es por qué catorce, y no quince, o veinte, o las once que pudieran corresponder a un equipo de fútbol, o veintitrés que son los que integraron el plantel. ¿Qué le hace a Corea heladera más, heladera menos? ¿Acaso el recibimiento a nuestra llegada fue cálido por si ganábamos, y la despedida fría, a tal extremo, porque perdimos? ¿A todas las delegaciones participantes del Mundial le regalan heladeras? ¿A todas catorce? No hay noticias de que a los otros países, ya eliminados, les hayan regalado catorce heladeras. ¿Por qué esta deferencia para con los uruguayos? ¿Dejaron las habitaciones donde se alojaban nuestros compatriotas sin heladeras?

¿Era un sobrante de heladeras que tenía Corea y no sabía qué hacer con ellas? ¿Ignoran los coreanos que aquí estamos en pleno invierno con un frío que acalambra? Si como es de suponer por tratarse de gente informada, no lo ignoran, ¿por qué no nos regalaron catorce estufas?

Pero, de haber sido estufas, se repetiría la pregunta: ¿por qué catorce? ¿Y cómo explicar, cómo entender, ese otro regalito, el de la barrera de muñecos para practicar tiros libres? ¿Cual será, para Corea, el significado de esas figuras sin rostro? Seamos prudentes.

Respetemos los misterios de un país, del que ignoramos casi todo.

Ahora bien: ¿cómo ingresaron al Uruguay muñecos y heladeras, sin permiso y sin controles? Silencio. Respetemos, también, nuestros propios, pobres y tristes misterios. Los de este país del que sabemos, apenas, casi todo. *

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