Las tribulaciones de un hincha

Como el noventa y nueve por ciento de los uruguayos, de botija jugué al fóbal (pronunciación uruguaya de la palabra inglesa foot-ball, caprichoso nombre que acota las posibilidades de tocar el balón a una parte de la anatomía humana –los pies–, cuando en realidad los jugadores pueden impulsarlo también con las rodillas, los muslos, el pecho, los hombros, la cadera y la cabeza, por lo que sugiero cambiar el nombre del juego por no hand-ball, que definiría más cabalmente su característica más notoria: la proscripción de hacer uso de las manos). Reconozco que me cuesta admitir mi patadurismo notorio que me obligaba a ocupar puestos poco prestigiosos como half, back o golero; pero no importa: eso no me impedía disfrutar del juego.

Ya de adolescente –y en vista de mis nulas aptitudes para la práctica de deportes con excepción del ping-pong o el truco– mi futbolfilia se limitó a ser hincha y espectador. Sin embargo, los recuerdos de mis idas al fútbol se vinculan con los de mis primeras neuras de domingo o angustia prelunes. Al salir del estadio, ya en el crepúsculo vespertino, los deberes sin hacer o el escrito sin preparar me sumían en una melancolía que asocio con la agonía del asueto semanal. Pero más allá de eso, por esa época empecé a ser permeable a la postura que aconsejaba despreciar el fútbol.

Los intelectuales –y menos los intelectuales comprometidos– no pueden rebajarse al nivel de las masas ignorantes (que además votan a los partidos tradicionales) que se apasionan con el fútbol, con las vicisitudes de los campeonatos y con los ídolos de cada hinchada. No faltaban los mayores que nos recordaran que al día siguiente del golpe de estado de Terra se jugó un partido de fútbol entre Peñarol y Flamengo y se llenó el estadio. Los romanos sabían que manteniendo a la plebe con la barriga llena y entretenida con los espectáculos del Coliseo, se aseguraban la mansedumbre de las masas: la consigna era «pan y circo», y se nos decía que el fútbol cumplía esta última función. ¡Mire que se afirmaban pavadas irreflexivamente!

Así pasé un tiempo en que mientras se discutía una movilización a favor de Cuba, yo, muy disimuladamente, estaba pendiente del resultado de un partido; o esperaba a estar en la soledad de mi dormitorio para leer las páginas deportivas que ostensiblemente ninguneaba frente a mis compañeros. Felizmente, la convivencia con ese sentimiento de culpa por interesarme en el fútbol se desvaneció cuando me enteré de que Albert Camus (nada menos) había jugado en el Racing Universitario de Argel y que era un apasionado del balompié.

Pude volver tranquilo a las canchas y a oír los relatos de Solé. Más tarde, me enganché –sin culpabilidad alguna– a las transmisiones televisivas y fue así que vibré con el Mundial de México en 1970 y salí a la calle a festejar la clasificación a cuartos de final que obtuvimos gracias a un gol de Espárrago contra la URSS en el alargue, de la misma manera que salía a manifestar contra la predictadura pachequista de la época.

Pero a partir de entonces, otros elementos vinieron a poner en tela de juicio mi pasión futbolera. El fin del «amor a la camiseta» o del «jugar por la camiseta», la transmutación de los humildes muchachos de barrio en rutilantes estrellas que amasan fortunas en poco tiempo, los negocios y negociados de una punta de vivillos que, sin ser capaces de patear una pelota, lucran con la habilidad de los jugadores y con la adhesión incondicional de la hinchada, en fin todo ese entorno extrafútbol se unió a las direcciones técnicas timoratas y a una ‘garra’ entendida como juego sucio y propotente, para deprimir mi interés por las lides futbolísticas.

La pobre y lastimosa performance del combinado en las últimas eliminatorias me fastidió tanto que llegué a preferir que no nos clasificáramos. Y sin embargo, ¡cómo grité los goles del Chengue y de Abreu contra Australia! Y después, vino el Mundial, y con él, la renovada ansiedad por los triunfos que finalmente no llegaron. Y volví a esa oscilación entre la esperanza de éxitos resonantes y la certeza de que era imposible pasar la serie. Hasta que el partido con Senegal me dejó una sensación también contradictoria: por un lado, la frustración de no clasificar, y por otro, la prueba de que podríamos haberlo hecho; bronca por la tozudez del técnico en no hacer jugar a los mejores y por plantear tácticas empatadoras, y una cierta satisfacción por ese final digno y decoroso. Porque ese último partido contra Senegal fue histórico. No creo que haya precedentes de un encuentro cuyo primer tiempo termina tres a cero y en el segundo, el equipo perdidoso empata y casi hace un cuarto gol. Realmente insólito.

Bueno, ahora, a lo nuestro: al ajuste, al riesgo país, al desempleo, y basta de fútbol. Salvo, claro está, los partidos en que jueguen México, Brasil y Paraguay, ¿o no? Y también –¿por qué no?– ir pensando en las eliminatorias para 2006… Porque yo, como tantos otros, todavía creo que podemos y no pierdo las esperanzas.

Es como todo, ¿vio?… el fóbal es lo que tiene. *

(*) Periodista

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