La soberanía no se negocia

FREI BETTO (*)

 

De las 500 grandes empresas que poseen el 73% del PIB mundial, 85% de ellas están asentadas en los Estados Unidos, que cobija solamente al 4% de la población mundial y controlan el 22% de las riquezas del planeta. Como decía Bill Clinton, si quisiéramos mantener esta tajada de riqueza, requerimos vender al otro 96% de la población. A pesar de eso, aquel país enfrenta un crónico déficit comercial, que afectó suma de 2,111 billones de dólares entre 1985 y 1999.

Asimismo, el ALCA aparece como una tabla, sino de salvación, por lo menos de alivio. Las relaciones comerciales de los EEUU con América Latina aún son inexpresivas. Según Kjeld Jakobsen (Teoría y Debate 50/2002), secretario de relaciones internacionales de la CUT, en 1990 eran dirigidas a nuestro continente apenas el 3,6% del total de las exportaciones de los EEUU, de los cuales casi la mitad hacia los países que integran el Mercosur. Brasil representa apenas el 1% del total del comercio exterior estadounidense.

Tal vez la conquista más conocida de la Cumbre de las Américas, declaró Collin Powell, secretario de Estado de EEUU, después de la reunión de Quebec (abril de 2001) sea el lanzamiento de las negociaciones para el ALCA. Nosotros podremos vender mercaderías, tecnología y servicios americanos, sin obstáculos o restricciones, dentro de un mercado único de más de 800 millones de personas, con una renta total superior a los 11 billones de dólares, comprendiendo un área que va del Ártico a Cabo de Hornos (FSP, 22/4/01).

¿Qué gana Brasil?

Un buen termómetro para saber si el ALCA sería positiva o no para Brasil es el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), que desde 1994 reúne a Canadá, Estados Unidos y México. Los dos países vecinos al Tío Sam pasaron a depender de él en más del 80% de sus exportaciones, en cuanto a Brasil poseer relaciones comerciales geográficamente diversificadas, le permite un mayor margen de maniobra.

Según Jakobsen, en los primeros siete años del TLCAN, 800 mil puestos de trabajo fueron cerrados en los EEUU, porque muchas empresas se trasladaron a México, en busca de mano de obra más barata. Los desempleados absorbidos por el sector de servicios pasaron a ganar salarios 77% inferiores a los que recibían en la industria. En México, el salario medio por hora cayó de 2,10 dólares, en 1994, a 1,90 dólares en 1999.

Henry Kissinger opinó que las relaciones México-EU deben servir de modelo para las negociaciones con otros países latinoamericanos. En otras palabras, el ALCA significa la mexicanización de América Latina. Y el fin del Mercosur y, por lo tanto, de nuestra integración con los países vecinos. Todo indica que, si se aprueba, el ALCA significará la anexión de América Latina al imperio del Tío Sam.

¿Y cómo competir con una nación que, en el año 2000, alcanzó un PIB de 9,9 billones de dólares? En el mismo año, el de Brasil llegó a 593 mil millones de dólares.

Los actuales acuerdos del ALCA prevén la eliminación de las barreras arancelarias, pero nada dicen de la prohibición de crear barreras no arancelarias, que los EEUU acostumbran adoptar para asegurar su proteccionismo. Prometen también mejorar la protección al medio ambiente, pero no establecen mecanismos para evitar que una empresa responda judicialmente a las normas de defensa del medio ambiente, bajo el pretexto de que hieren sus expectativas de lucro. Asimismo, la creación del ALCA intensificará la mercantilización de la naturaleza, sometiendo los ecosistemas y la biodiversidad a las leyes del mercado y a los intereses de las transnacionales.

El ALCA amenaza la soberanía de los países del continente. Si fuera concretada, las causas jurídicas irían a tribunales internacionales que, como las instituciones multilaterales, estarían sujetos a las presiones de las empresas transnacionales. Basta verificar la actitud que ellas tuvieron, a través de la OMC, al presionar a Brasil y a Africa del Sur a parar la fabricación de medicamentos genéricos, más baratos, incluido los destinados al combarte del sida. Entre vidas humanas y lucros, las transnacionales no tienen duda de qué lado mirar.

Si aprobada en la 4ª Cumbre de las Américas, prevista para abril de 2003, en Buenos Aires, y pasar a fortalecerse a partir de 2005, el ALCA dará luz verde para instalar industrias sin tomar en cuenta el medio ambiente; industrializar la agricultura, multiplicando el número de familias sin tierra; restringir la actividad sindical, al no reconocer el derecho de organización y de negociación colectiva. Los productos agrícolas de los EEUU entrarán en el mercado latinoamericano en condiciones desleales de competencia; los pueblos indígenas tendrán sus tierras invadidas aún más, y sus riquezas naturales saqueadas; la educación privatizada significaría mayor dificultad de acceso de la mayoría de la población de la población a la escolaridad; los servicios de salud actuarán según la lógica del mercado.

Por encima de todo, los intereses de los EEUU

Según Samuel Pinheiro Guimarães (Carta Mayor, 6/3/02), se torna impensable defender al ALCA después que el Congreso de los Estados Unidos aprobó el TPA (Trade Promotion Authority – Autorización para la Promoción Comercial), o fast track (o vía rápida), que permite al presidente Bush negociar sin consultar al parlamento, además de impedir modificaciones en la legislación comercial del país; excluir una relación de productos agrícolas de las negociaciones; mantener los subsidios a la agricultura; y considerar la política cambiaria de los países exportadores perjudicial a la economía de los EEUU.

El TPA es tan claramente imperialista que el ministro de Agricultura, Pratini de Morales, lo criticó. «Eso es una señal de que los EEUU no están dispuestos a negociar» dijo. «Y, si ellos no quieren abrir el mercado, nosotros no vamos a abrir el nuestro».

La Casa Blanca ya dejó bien en claro que, en lo que se trate del ALCA, pretende negociar solamente los temas que interesan a los Estados Unidos. Eso significa que se quedarán por fuera de las negociaciones temas que el gobierno brasileño considera esenciales para que el ALCA sea aceptable para el Brasil, tales como la revisión de la arbitraria legislación antidumping y antisubsidios norteamericana, que afecta productos brasileños competitivos, como el acero y la eliminación de los subsidios americanos a la exportación de productos agrícolas.

El embajador Samuel Pinheiro Guimarães observa que las normas que regirían al ALCA tendrían que ser compatibles con las de la OMC (Organización Mundial del Comercio), lo que no impide que favorezcan la liberalización general del comercio de bienes y servicios y del movimiento de capitales, sin tratamiento preferencial para las empresas de los países en desarrollo. Por lo tanto, sería aún más favorables a los intereses de las mega empresas transnacionales en todos los sectores y a los mega inversionistas internacionales, cuyas sedes y centros de decisión se encuentran físicamente, así como sus accionistas, en los EEUU.

Es ingenuidad del gobierno brasileño suponer que, en el caso del ALCA, obtendrá de los Estados Unidos más concesiones de lo que el TLCAN consiguió para Canadá o México. Las dificultades para entrar en el mercado estadounidense serán las mismas, bien como las desventajas competitivas frente a la ofensiva de los Estados Unidos al implantar en nuestro país empresas de producción de bienes y servicios. Así mismo, el ALCA sepultaría de una vez la posibilidad de Brasil de tener una política soberana de desarrollo y obtener superávit comercial. *

(*) Sacerdote, teólogo y escritor brasileño. Servicio Informativo Alai-Amlatina.

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