Las malvinas son uruguayas
JUCECA (*)
Cuando Argentina se engripa, nosotros estornudamos, tosemos, nos viene hipo, y ahora también arteriosclerosis. Sus pérdidas son nuestras pérdidas, aunque sus ganancias no sean siempre nuestras ganancias. Si bien es cierto, nuestro Presidente corrió con admirable gallardía a disculparse por sus recientes dislates, si bien es cierto que puso de manifiesto una sinceridad, y sensibilidad, que más de cuatro, con intenciones de menoscabar su imagen tomaron a la chacota, su actitud no fue suficiente. Algunos bobalicones le quisieron sacar méritos. Le pegaron en el suelo. Duhalde dijo que aquel error no iba a merecer ni dos renglones en la historia. Como si lo de él fuera a merecer tres.
Consciente de que lo hecho por el jefe no alcanzaba, al otro día nuestro canciller se mandó un fogoso discurso en la OEA reivindicando las Malvinas para los argentinos. Sabía que horas después se enfrentarían por el Mundial con los ingleses. El enérgico reclamo de nuestro dinámico canciller no amedrentó a los futbolistas británicos, quienes lo ignoraron y ganaron. La gestión no surtió el efecto deseado, pero la hicimos. Considerando todo este matete a vuelo de pájaro, y recordando que no hay peor gestión que la que no se hace, me pregunto: ¿no será hora de tomar el asunto seriamente en nuestras manos? ¿No sería sacarles un problema de arriba a los argentinos? Con el debido respeto: ¿para qué quieren más territorio si no saben qué hacer con el que tienen? La reciente experiencia de nuestro Presidente tiene que darnos algún fruto positivo. ¿Cómo entrevistarse con la Reina de Inglaterra?.
Un primer paso sería que la agencia Bloomberg le hiciera un reportaje sobre cualquier cosa, y después, a la pasada, micrófonos y cámaras funcionando, como bobeando, le preguntaran por las Malvinas. Estoy seguro de que con lo que responda el Presidente tenemos tal despelote con Inglaterra que ese mismo día tiene que viajar a Londres a disculparse ante Su Majestad La Reina Isabel. He ahí el momento buscado, logrado y adecuado para el inicio de las conversaciones sobre las islas. Ella podrá recibirlo entrompada, pero una cosa es hablar con una mujer, Reina de toda la vida, y otra, muy distinta, con un varón con cara de enculado, Presidente casual y momentáneo.
Con ese estilo seductor que tiene Jorge Batlle, más algún consejo previo que le dé su señora mamá, como ser no hacerse el argentino, y no sonarse delante de la Soberana, sin duda que la deja boba. Si a todo ello le agrega el recuerdo de que su papá fue el que nacionalizó los ferrocarriles cuando a los ingleses ya no les interesaban, más alguna etiqueta del museo del Anglo de Fray Bentos, en fija que la desarma. Como si fuera poco, con su dominio del idioma inglés, y controlando sus emociones, puede interpretarle el famoso monólogo de Hamlet, con una replica del monumento a «La Carreta» en la mano en lugar de la calavera, que luce tan descarnada. Un buen argumento, que no puede dejar insensible a una mujer, es que nuestro querido Malvín necesita y merece tener, aunque lejana y frígida, su Malvina. Ya que a los argentinos no les reclamamos nuestra Isla Martín García, porque nos da no sé qué estarlos molestando, ¿no será el momento de reclamar aquellas para nosotros? Algo así como un trueque entre hermanos. No digo que sea una idea muy brillante, pero ponele que se nos dé. ¡Otra que dos renglones en la historia! ¡Rompemos todo, Jorgito! Eso sí, a la hora del té no se me haga el chistoso con la Reina, porque vio cómo son. Usted actúe como un gentleman y, por esta vez, por favor, mantenga la flema. *
(*) Humorista.
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