GREGORIO RIBOIRAS, UNO DE LOS GRANDES JOCKEYS DE URUGUAY, CUENTA SUS RECUERDOS

Sin montura

Los veteranos recuerdan a Gregorio Riboiras como uno de los grandes de las pistas y no es para menos. Este hombre logró cinco estadísticas, ganó en Buenos Aires, compitió en pencas cuadreras y obtuvo varios títulos en Canelones y Florida. Conquistó premios como el Municipal y el Nacional en varias oportunidades y se dio el gusto de ganarle unas cuantas veces al legendario Leguisamo, de quien tiene buenos recuerdos. Se mantuvo cuarenta y dos años en el mundo turfístico hasta que, según dice, se aburrió de correr, y decidió bajarse del caballo. Al otro día de su última carrera decidió no mirar atrás y quemó casi todas las fotos y recuerdos porque «me ponía triste».

En medio de la conversación, insólitamente confiesa que jamás le «gustaron las carreras, mi único placer era andar a caballo». Le quedó en el tintero conocer a Gardel y conquistar El Ramírez, carrera que nunca pudo ganar. «Ese premio me quedó en la garganta supongo que fue el destino caprichoso que me jugó una mala pasada». Gregorio Riboiras es considerado por los especialistas como una gloria del mundo turfístico y el mejor jockey, aún vivo, de la época de esplendor de Maroñas.

Un recuerdo

Recuerda que la única vez que aceptó una indicación le costó la carrera. Fue en el Hipódromo de Palermo en Buenos Aires un día de tormenta en el cincuenta y pico. Aureliano Rodríguez Larreta, el actual presidente de la Comisión de Carreras Pedrense y en aquel momento propietario de «Jaguar», le dijo que se tirara a los palos hasta la mitad y de ahí en adelante que se apartara hasta el disco. Aunque no estaba de acuerdo con la táctica sobre todo porque la pista estaba muy embarrada corrió al caballo de esa forma. «Yo sabía que ese consejo me iba a hacer perder, además en plena pista notaba cómo el estratega de Leguisamo hacía exactamente lo contrario de lo que estaba haciendo yo. Al final entré tercero y por media cabeza. Leguisamo marcó cuarto. En esa oportunidad perdimos los dos» recuerda a las risas.

Todavía se acuerda de la primera carrera que ganó el 16 de enero del 38 con el «Cholo», un zaino negro. «Me costó mucho aprender el oficio y trabajé duro para lograr pasar las cincuenta carreras exigidas para convertirme en jockey. Además de las condiciones físicas que hay que tener hay que trabajar bastante y sobre todo tener una vida metódica y sin vicios. Mi debut fue en el departamento de Florida en una penca cuadrera de 800 metros y dos años más tarde ya vine a Maroñas. «Yo fui peón y aprendiz y como decían que tenía condiciones, al poco tiempo me convertí en profesional.

No hice plata y creo que en este oficio ningún jockey hace mucho dinero más que para vivir. En mi época era un espectáculo y hoy es sólo un negocio que se ha devaluado».

Se le ilumina la cara cuando habla de Leguisamo y cuenta apurado uno de los días que corriendo la potranca «Luceiro» venían cabeza a cabeza hasta que al fin pudo despegarse mirarlo «bajo el brazo» y ganarle por veinte metros. Gregorio lo define a Leguisamo como un jockey extraordinario. «Era medio parco pero una excelente persona y muy buen compañero. Siempre lo admiré porque era un hombre inteligente y era un placer verlo arriba del caballo, pero en la pista nadie era amigo de nadie porque cada uno se concentraba en lo suyo y ponía la vida tratando de ganar».

Se le nota que sigue pesando los mismos cincuenta kilos que le obligaban a mantener con dieta rigurosa sin poder probar sus dos pasiones: el whisky y la pasta. Aún hoy se considera un hombre metódico y riguroso como lo era para su entrenamiento salvo por la caja de cigarrillos «Castan» que fumaba por día y que sólo dejó por una apuesta que le ganó su hijo en un partido de billar. Erguido mantiene el mismo porte que muestra en una de las pocas fotos que le quedaron y para conversar sigue teniendo la energía de su juventud además de las dos cicatrices en el lado izquierdo del labio superior de una caída de un caballo en un día de tormenta». «Cuando levantaron la cinta para largar la potranca, no sé por qué motivo, se tiró al suelo y me llevó arrastrando más de cinco metros boca abajo. Por suerte no me pasó nada más que dejarme estas marcas en la cara pero me podía haber matado».

Hoy

El tiempo pasó y hoy se asombra cuando lo saludan en la feria del barrio o cuando va al almacén. «Me enorgullece que la gente se acerque y digan que fui el mejor porque yo sólo corría por gusto y pienso que mi único mérito fue tener mucha suerte».

Riboiras insiste en la urgencia de reabrir Maroñas. «En este barrio hay mucha pobreza y la reapertura significaría fuentes de trabajo para tantas personas que no tienen nada. Es tanto el dinero que mueve este deporte que le solucionaría la vida a mucha gente. Ahora se habla de una mafia del turf, en mi época no existía o tal vez yo no me exponía a nada que tuviera que ver con eso. Por suerte nunca me han querido comprar ni lograron que pasara ningún dato. A mí no me interesaba mezclarme en nada raro más que en la pureza de la amistad de mis caballos que siempre fueron como mis hijos».

Hoy a unos pocos metros de una de las entradas de Maroñas resalta la casa más linda de la cuadra en un barrio difícil y a la que le ha costado cinco robos y varios sustos de balaceras en la madrugada. Tiene una única planta con techo a dos aguas pintada de blanco con un frente con flores amarillas. Gregorio todavía se acuerda cuando sus ahorros le alcanzaron para comprarla en el 50 y reciclarla de a poco hasta que llegó a dársela a su único hijo para mudarse él a una modesta vivienda al fondo construida un tiempo después. Dos nogales, un parral y como fondo dos de los stud más conocidos del barrio le permiten divisar el vareo de alguna potranca mientras toma mate de mañana y escucha por radio el relato de las carreras pedrenses junto a su esposa Palmira.

A los ochenta y cuatro años vive de una magra jubilación de jockey, cerca de la pista de un Hipódromo que ya no quiere ver más. *

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