Prohibido manifestar desacuerdo con el gobierno
Juan Mendieta*
n una de las emisiones del ciclo televisivo ‘Cosmos’ se aventuró la hipótesis de que la desaparición de los dinosaurios podría deberse –vaya paradoja– a su supremacía absoluta sobre el resto de los seres de la creación. Aparentemente, aquellos gigantescos vertebrados habían llegado a dominar el mundo en razón de su descomunal tamaño y de su fuerza sin par. De ese modo, tenían todos los problemas resueltos y satisfechas todas sus necesidades: accedían a la alimentación que desearan y no temían a enemigo alguno. Así, al no verse enfrentados a situaciones problemáticas que pusieran a prueba su inteligencia, sus neuronas fueron atrofiándose, y las pobres bestias llegaron a destruir y comerse sus propios huevos, con lo cual aseguraron la extinción de la especie; el dominio del mundo los volvió cada vez más bobos y terminaron por autoextinguirse. Aunque inverificable, la hipótesis es atendible.
Como no soy paleontólogo, no intentaré la defensa de una tal teoría. Pero sí me interesa la asombrosa analogía con los pasos que la Humanidad está dando hacia su autodestrucción. Decía Einstein que hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana; pero aclaraba que de lo primero no estaba demasiado seguro. Andaba bien rumbeado, don Alberto.
Pero los atentados contra el equilibrio ecológico no son la única manifestación de la estupidez humana. Hay otros ejemplos más concretos aquí cerquita, nomás. No, no voy a hablar de la contaminación del Pantanoso ni de la plombemia ni de la revista Galería. Quiero referirme a un curioso artículo firmado por el doctor Enrique Tarigo que apareció en El País del pasado martes 28.
Este abogado, ex director del semanario Opinar y ex vicepresidente de la República en el primer gobierno de Sanguinetti, está exhibiendo unas dotes didácticas hasta ahora desconocidas. Apelando a un viejo recurso pedagógico, parece haber resuelto iluminar a las almas sumergidas en las tinieblas de la oposición mediante parábolas y alegorías al mejor estilo bíblico. Probablemente su odio visceral a todo aquello que tenga un tufillo izquierdoso le ha despertado una vocación de predicador que no le conocíamos, y es así que el doctor Tarigo (cuya experiencia opositora se reduce a su lucha periodística contra la reforma constitucional de la dictadura, lo que no es poco, pero es lo único) se lanza cual cruzado a combatir, con mayor virulencia aun, al demonio encarnado en la izquierda y en los sindicatos, los únicos responsables de que el país no pueda salir de la crisis.
A tal efecto, compara nuestra realidad con la de Inglaterra en 1940, cuando Churchill dijo que sólo podía prometer sangre, sudor y lágrimas. Y concluye: «Las crisis graves tienen, necesariamente, consecuencias graves y sólo pueden ser enfrentadas con medios igualmente graves.» Y prosigue con su dialéctica explicando que para evitar una crisis como la de Argentina, es preciso fortalecer el sistema financiero, para lo cual es menester obtener créditos internacionales que exigen, a su vez, la reducción del déficit fiscal; y para ello –para reducir el déficit– no hay otro remedio que aumentar impuestos de fácil e inmediata recaudación, verbigratia, el IRP, medida que ha suscitado no pocas protestas.
Pero juzgue el lector hasta dónde llega su entusiasmo antiopositor: «Si el Londres bombardeado un día sí y otro también por la Luftwaffe hubiera estado poblado por montevideanos (obsérvese que no dice uruguayos, de donde se concluye que los malos de la película son los montevideanos, mayoritariamente votantes de izquierda), es más que probable que el PIT-CNT y el Frente Amplio hubieran dedicado todos sus esfuerzos, como lo hacen hoy aquí, a organizar huelgas, caceroleadas y sonar de bocinas para oponerse al toque de queda, al racionamiento, al oscurecimiento y a tantas otras restricciones a que se vio sometida la ciudadanía inglesa por imposición de los hechos. Y el resultado habría sido, inevitablemente, la invasión nazi, la derrota y la pérdida de todas y cada una de las libertades. Para los ingleses y para todos».
¡Qué inspiración, la de don Enrique! Es tal su poder de convicción que me siento un súbdito de Su Majestad británica; y de ahora en adelante, cada vez que los vendepatria convoquen a meter bulla con enseres de cocina, los miraré como a quintacolumnas traidores cooperando con el enemigo; los denunciaré a algún bobby y luego me iré a la taberna del viejo John a beberme una pinta de brandy y a leer el Times, satisfecho por el deber cumplido.
Claro que esta comparación con la rubia Albion puede acarrearle problemas al bueno de Enrique, porque olvida la política económica fuertemente dirigista que permitió el resurgimiento material de las naciones europeas, entre ellas Inglaterra. En fin.
Pero esto no es todo. Tenemos otra maravillosa y aleccionadora metáfora que el doctor Tarigo trae a colación para sustentar su incondicional apoyo al equipo gubernamental y su severo reproche a la oposición irresponsable.
«Una bella dama conducía su automóvil cuando en un semáforo éste se detuvo y se negó a arrancar. Mientras la dama intentaba en vano hacerlo funcionar, el chofer de un enorme camión detenido detrás del auto no encontró solución más apropiada para conjurar la dificultad que hacer sonar su poderosa bocina, para indicarle a la bella dama –como si ésta no lo supiera– que debía reanudar la marcha. Entonces, la bella dama retiró las llaves, bajó de su auto y entregándoselas al camionero, le dijo: haga arrancar mi auto mientras yo toco la bocina de su camión».
Es tan sutil, que uno se pregunta a quién querrá aludir con eso de «la bella dama», y quién es ese camionero prepotente y bruto que uno imagina gordo y sudoroso… Se reciben sugerencias. *
(*) Periodista
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