Despelote primermundista
Era sábado a la noche en la Isla de Wight, Inglaterra, En la radio de la policía se escuchó la voz del sargento Harry pidiendo auxilio: »Atención todas las unidades, atención todas las unidades. Agente agredido por reptil y posiblemente herido. Envíen refuerzos urgentemente». El insólito hecho no estaba sucediendo en la selva sino en un típico pub inglés.
La ex azafata, Susan Wallace, se tomó unas copejas de más y le dio por arrojar su mascota sobre el barman. La mascota era una iguana amazónica de más de un metro de largo que responde al nombre de «Igwig».
Cuando Susan entró al pub nadie se dio cuenta de la presencia del pariente de los dinosaurios porque ella la llevaba enroscada en el cuello y todo el mundo la confundió con una bufanda. Claro que cuando la bufanda se empezó a mover y sacar la lengua, más de uno juró no tomar nunca más alcohol.
El barman viendo peligrar su negocio le pidió a Susan e Igwig que abandonaran el local. Susan se enojó y le arrojó la iguana encima, el barman al querer repelerla se la tiró arriba a otro bebedor que al empujarla por sobre el mostrador fue a dar sobre una pareja en el preciso momento en que se iban a dar un beso y terminaron besando la escamosa piel de Igwig, que les respondió con unos lengüetazos cariñosos, en ese momento aparecieron dos policías, Susan tomó a la iguana y se la tiró con toda la fuerza a uno de ellos y…
Los dos, mujer y bicho, terminaron en la comisaría.
Un jurado la encontró culpable de »asalto ordinario con un animal a modo de arma» y de poner en peligro la integridad física del lagarto ya que la Sociedad Protectora de Animales presentó un informe psicológico que atribuía a Igwig una »profunda depresión».
Es por eso que ellos siempre estarán por encima nuestro. Acá, a lo sumo le tiraremos al parrillero una tortuguita de tierra, un cuís o un perro pekinés. Así cualquiera pierde el investmen grade. *
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