El 11-S, cinco meses después
Se han establecido bases militares estadounidenses en Asia central. Washington derrocó a los talibanes y estableció un nuevo régimen cliente en Afganistán. El presidente Bush ha anunciado nuevas guerras, y ha citado a Corea del Norte, Irán e Irak como nuevos objetivos probables. Los portavoces del Pentágono Rumsfeld y Wolfowitz han declarado la doctrina imperial de las guerras permanentes, unilaterales y «preventivas». Pero a pesar de los profundos cambios que se están produciendo, no se ha demostrado aún la verdad de la justificación original de este Nuevo Imperialismo: una red terrorista islámica internacional dirigida por Osama Bin Laden y responsable de los atentados.
Bien al contrario, han surgido pruebas de peso que desmontan la teoría de Washington de la conspiración internacional. La justificación de Washington para su destrucción y ocupación de Afganistán y su ofensiva imperial militar mundial se basa en varias afirmaciones: (1) Bin Laden planeó, dirigió y ejecutó los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono. (2) El régimen talibán colaboró en la conspiración y dio refugio a los terroristas. (3) Los diecinueve terroristas del 11-S formaban parte de la red Al Qaeda, de Bin Laden, y fueron organizados, financiados y dirigidos por Bin Laden. (4) La red del terror amenaza al mundo con actividades similares a las del 11-S. Frente a la teoría de la conspiración de Washington, quiero ofrecer una hipótesis alternativa y examinar después los datos que se han ido conociendo en los últimos cinco meses para ver cuál de los enfoques tiene mayor validez.
Las pruebas
Lo más sorprendente del 11-S es la ausencia de un atentado terrorista importante posterior en Estados Unidos, Europa, Oriente Medio o incluso Afganistán. Pese a las advertencias diarias de que iban a producirse atentados de inmediato realizadas por todas las agencias de información estadounidenses, nada ha sucedido.
Después de la muerte de los diecinueve terroristas suicidas no ha habido ningún incidente serio. El único supuesto agente de Al Qaeda, el terrorista de la bomba en el zapato, era un ladrón semianalfabeto de Jamaica que carecía de la precisión y capacidad operativa de los diecinueve suicidas.
Las afirmaciones y descripciones de la red de conspiradores realizadas por la CIA y la devastación de Afganistán habrían hecho que fuera natural un atentado terrorista. Pero no se ha producido ninguno. Es lógico concluir que los diecinueve terroristas del 11-S actuaron con independencia de la red de Al Qaeda y que tuvieron éxito precisamente porque estaban desconectados de ella.
El director de la CIA, George Tenet, ofrece sin querer otra prueba de la autonomía de estos terroristas. En una declaración prestada ante una comisión del Senado estadounidense el 6 de febrero de 2002, Tenet afirma que la infiltración de la CIA desembocó en la detención de mil agentes de Al Qaeda desde el 11-S. Además, dice que la CIA estaba en guerra contra Al Qaeda desde hacía cinco años, y que la agencia había infiltrado espías y realizado vigilancias electrónicas de las redes de comunicación de los líderes. Tenet declara categóricamente: «¿Teníamos penetración para el objetivo [Al Qaeda]? Rotundamente sí. ¿Teníamos operaciones técnicas? Rotundamente sí. ¿Dónde está el secreto de la planificación [del 11-S]? Probablemente en las cabezas de tres o cuatro personas». Esta revelación es devastadora, porque significa que las únicas «tres o cuatro personas» informadas posibles eran los jefes de los diecinueve terroristas, y no Bin Laden ni los demás jefes de Al Qaeda.
Los videos de Bin Laden que según Rumsfeld y Bush prueban su relación con los diecinueve terroristas, en realidad demuestran lo contrario. En los videos, Bin Laden nunca reivindica la responsabilidad de los atentados, aunque los elogia e incluso los celebra. Teniendo en cuenta la naturaleza de su política y su apoyo al terrorismo, es indudable que de haber sido responsable, se habría atribuido el mérito.
A diferencia de los diecinueve suicidas, la imagen de Al Qaeda y de los talibanes como mártires fanáticos por una causa es desmentida por su conducta durante la «guerra» (matanza). Decenas de miles de ellos huyeron o se rindieron o desertaron en lugar de combatir una «guerra santa hasta la muerte». Se comportaron como soldados normales ante un adversario abrumadoramente poderoso. En otras palabras, en cinco meses no ha aparecido ningún grupo ni combatiente capaz de reproducir la precisión, la organización y el compromiso de los diecinueve del 11-S.
Consecuencias de la contrateoría
El hecho de que el acto terrorista del 11-S fuera organizado por un grupo aislado explica por qué no se han producido ni han tenido éxito otras acciones posteriores en los últimos cinco meses. Por tanto, la guerra contra Afganistán no tiene una base demostrable. La ausencia de vínculos entre los diecinueve terroristas del 11-S y una red terrorista internacional significa que la campaña terrorista internacional de Washington se basa en supuestos falsos, proyecciones futuristas muy dudosas. La teoría de la conspiración internacional de Washington es un invento y se ha difundido ampliamente para justificar una campaña militar mundial destinada a expandir las bases militares estadounidenses (Asia central, Filipinas, Latinoamérica), justificar la intervención militar unilateral y marginar a los competidores europeos y japoneses de cualquier influencia en regiones estratégicas productoras de petróleo (Oriente Medio, mar Caspio).
Al mismo tiempo, la propaganda de la guerra terrorista en Estados Unidos sirve para reforzar el Estado represivo, debilitar la oposición a los masivos recortes en gastos sociales y al enorme aumento de la militarización, y silenciar las voces que cuestionan la teoría de la conspiración terrorista internacional.
La teoría de la conspiración crea en Estados Unidos el tipo de psicosis bélica que justifica guerras sin fin y sacrificios económicos crónicos y permite a Washington proyectar un nuevo imperio mercantilista, donde terroristas e inversores marchen hombro con hombro colonizando nuevas regiones y monopolizando mercados y recursos estratégicos al tiempo que marginan a los competidores europeos. *
(*) Analista político estadounidense
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