En defensa de la política
Carlos Malamud* – Servicio exclusivo de IPS para LA REPUBLICA
Más allá de que esta sea una afirmación políticamente incorrecta en la Argentina actual, la verdad es que el país se enfrenta a una de las mayores crisis políticas de su historia, sin negar su evidente componente económico. Por lo tanto, nos guste más o menos, sólo los políticos, con el respaldo de todas las fuerzas sociales, nos sacarán de ésta.
Es evidente el desprestigio de los políticos y, por ende, de los partidos. De ahí que sean normales ciertas reivindicaciones populares como el recorte del gasto político, la reducción de las legislaturas provinciales, la disminución del número de diputados nacionales, el retorno a los dos senadores por provincia o incluso la unificación de las dos cámaras. El interminable pliego de peticiones incluye, hasta por voces muy autorizadas, la eliminación de las listas sábana (listas cerradas y extensas de candidatos a diputados, de las que resultan elegidos los primeros y en una cantidad determinada por el porcentaje de votos obtenido por la misma).
Muchas de estas propuestas pierden de vista el carácter coyuntural (eso espero) de la crisis, y que las medidas que se adopten afectarán el futuro de la representación política nacional y provincial, penalizando a las minorías, que serán las más afectadas en caso de que disminuya el número de parlamentarios, salvo que se acuda, lo que sería una locura de mayor calibre, a la representación proporcional absoluta. Es más, la mayor parte de las medidas que se impulsan apenas representa una parte mínima del gasto público. El problema de las listas sábana es más delicado, es una situación como la actual, de extrema debilidad de los partidos políticos. Es éste el momento de reforzar a los partidos tradicionales y de apuntalar a los embriones de nuevos partidos que emerjan en una situación tan volátil como la actual. La posibilidad de que el elector decida por encima de la voluntad de los partidos implica minar su equilibrio interno y su propia gobernabilidad, introduciendo elementos claramente desestabilizadores. Está claro que tal como están no pueden seguir y que debe producirse una necesaria regeneración. Así como las cortes franquistas se hicieron el haraquiri para dar inicio a la transición española, buena parte de la dirigencia política argentina debe entender que ha llegado el momento de dar un paso al costado. Pero un paso al costado no es dar un paso al vacío, como exigen los iracundos e-mails que convocan a los aquelarres de las caceroleadas y la desobediencia civil.
De esta crisis sólo se saldrá bien en democracia y con más democracia. Para eso hacen falta partidos políticos fuertes y también buenos y competentes ciudadanos que se dediquen a la cosa pública, lo que en román paladino conocemos como políticos. Claro está que buena parte de la clase política argentina goza de una reputación bastante dudosa. Clama al cielo la anécdota que cuenta Joaquín Morales Solá en su último libro sobre las quejas de un diputado peronista cuyos lamentos señalaban que sólo los senadores cobran por aprobar las leyes, y los diputados, no.
Sería abusar de la paciencia de los lectores narrar los excesos de unos políticos que, vistos a la distancia en un mundo cada vez más globalizado, sólo sirven para dañar aún más el prestigio del país. Sin embargo, la responsabilidad ciudadana en esta situación es grande. El voto bronca no ha servido ni servirá para construir instituciones duraderas. Sus quejas deben ser canalizadas a recomponer los partidos existentes o, en todo caso, fundar nuevos. Sólo a través de ellos tiene sentido la representación política, que es, en definitiva, la esencia de la democracia.
Por eso los gobernantes deben cuidar cada vez más lo que hacen, teniendo en cuenta que sus gestos son escrutados por la opinión pública internacional. Una opinión que no ha visto con buenos ojos el nombramiento de la primera dama como ministra de la Nación. Un presidente como Eduardo Duhalde, que tiene ante sí la dura responsabilidad de sacar el país de la grave situación en que se encuentra, no puede dar motivos de crítica por actitudes tan infantiles y gratuitas.
Pero más incomprensible resulta esa odiosa pasión de reinar de la que hace gala Carlos Menem, que a la vista del último congreso del Partido Popular español y de la renuncia de su presidente, José María Aznar, a seguir gobernando después de dos mandatos consecutivos, sólo puede ser analizada como un acto de vanidad y de coquetería insoportable o de grave irresponsabilidad.
Algunos días atrás un comentarista planteaba que había que rescatar la Nación para reconstruir la República. En realidad, hay que rescatar la política para salvar la República y su vida democrática. De otro modo, el declive hacia la bolivarianización del país sería algo inevitable y a la vez de nefastas consecuencias. Afortunadamente, de momento, no hay ningún Hugo Chávez a la vista proclamando sus mágicas recetas para salvar a la patria. *
(*) Profesor de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset, de Madrid.
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