"Las viejas murgas"
LUIS GRENE
A los empujones, metiendo pechera al mal tiempo y la malaria, avanza el Carnaval. A pura pasión, como en los viejos tiempos. Es que ahí nació la polenta carnavalera. Y la memoria se pone a saltar, como loca, porque de murgas es la cosa. Aquellas pioneras que si te descuidabas hacían harina el tablado. Un delirio cuando actuaban. Piruetas, saltos imprevistos, mucha mímica y el rostro desencajado. Recogían tradiciones españolas de los pequeños pueblos, donde en Carnaval se rompían las rutinas y la modorra de las pacíficas aldeas. Todo era frenesí. Nuestras antiguas murgas subían al tablado dando descomunales saltos. Hasta se trepaban por los árboles y postes esquineros. Sus integrantes lucían modestas ropas. Un vestuario donde se usaba la arpillera cruda o teñida en chillones colores. Es que era un material resistente a ese mundo de bruscos movimientos tan propio de aquellos primeros murguistas. Los barrios reían con esos bohemios. En «la presentación», hasta se revolcaban por los tablones del piso y el esquinero tablado se sacudía con esos locos lindos. Un bombo de parche amarillento, platillos con algún pedazo de menos y un tambor con un elástico pegado para que sonara mejor en los redobles. Humor satírico y mucha audacia. Las voces sonaban fuerte, cantando «así», medio de costado. Gritos y hasta deliberadamente desafinaban para, de inmediato, volver a entonar con armonía. La mímica lo era todo. Prohibido quedarse quieto. La calurosa noche apretaba a la Vieja Capital. «Llegó la murga», anunciaban los pibes. Los vecinos cargando sillas y banquitos se arrimaban a la esquina. Los farolitos de colores iluminaban a los murguistas. Maquillajes con algún colorete y mucho corcho quemado. Cabezas rapadas con la popular «máquina cero» o con mechones desparejos. Había que acentuar el grotesco que el antiguo dios Momo le pedía a sus viejas murgas. Las voces aturden. En este «cuplé» castigaban a los políticos moralistas que, a la sordina, andaban de madrugada por la plaza Zabala llena de «grandotes marineros». En las despedidas, la locura achicaba. Mucho lirismo y poesía. Cantaban suavecito y prometían volver con un nuevo febrero. Era la eterna promesa de «Los pirichitifláuticos», a los que llamaban los reyes de la mímica. También de «Porqué le pegó a la perra», «La grande del 30″ o «Don Bochinche». Parece que se cae el tablado. El alboroto sacude al barrio. Es una murga de aquellas que hasta enloquecían a la Luna y al Lucero.
Los esperamos, sábados y domingos, a las 19, en 1410 AM LIBRE. *
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