Entre la araña que asusta y la hormiga que duda

Mirando vivir

JUCECA

 

Los especialistas en arácnidos dicen que todos, aun en la ciudad y en las casas más coquetas, convivimos con arañitas de diferentes tipos. Yo suelo encontrar alguna entre esos libros que están en el estante de la biblioteca que menos frecuento, y me pregunto: ¿qué hace aquí este bicho? Pienso, entonces, que en algún momento, a la hora en que ella sabe que yo no leo, debe salir a dar una vuelta, porque no comen libros ni chupan tinta vieja. Esta idea me horroriza, ya que me permite sospechar que la araña me espía. Son como dos mil especies, y sus hábitos sexuales son, en algunos casos, sin entrar en locas comparaciones, de tener en cuenta. El araño macho detecta la presencia de la hembra por el olfato, y antes de copular la inmoviliza por medio de danzas nupciales, exóticas y seductoras (algunos hasta les ofrecen hermosas telas) pero, frecuentemente, pasado el momento de la locura del orgasmo, la hembra, tal vez porque el coso la dejó insatisfecha, se lo morfa. Hay, también, una bien chiquita, bastante común, que dicen que es la que anuncia visita, y que conmigo se salva de acuerdo a las ganas que tenga ese día de recibir. En la chacra de un amigo, en Camino del Andaluz, lo que había atrás de los cuadros, y que de tanto en tanto salían a pasear por las paredes, eran tarántulas, unos semejantes bichos llenos de patas y pelos que impresionaban de acuerdo al grado etílico en que uno se encontrara luego del asado. Una de ellas, la de mayor tamaño que yo he visto, una noche se asomó lentamente por detrás de un cuadro del viejo Batlle que compartía una pared con Aparicio. Temeroso de dormirme en tan cercana compañía de aquella bestia silenciosa, resolví eliminarla en el acto. Me apresuré, y al querer aplastarla con una zapatilla y errarle, reventé un cuadro y ella me saltó al pecho, espantado la saqué de un manotón, ella cayó no sé a dónde, y yo, del susto, quedé fresquito, como si en las horas previas no hubiese tomado otra cosa que agua mineral sin gas. Pasé la noche con los ojos abiertos, con la mirada que iba del techo a los cuadros de Aparicio y de Batlle. Aquél de poncho, éste de sobretodo, el techo de paja, yo despabilado, en vela.

Curiosamente, la hormiga, que es más dañina, ya que la araña, a no ser al macho, y eso es asunto de ellos, no se come nada que nos perjudique, la hormiga, cuenta con mi simpatía. Claro que, hombre de Montevideo yo, no me refiero a las que usara Quiroga para meternos miedo con el tipo cubierto de miel y que ellas se lo comen. Me refiero a la hormiga de aquí, la conocida por todos los vecinos. Ignoro si la hormiga está considerada plaga nacional como el jabalí y la cotorra. Ignoro, también, y perdonen ustedes mi tanto ignorar, si la colorada chiquita es de igual peligrosidad y capacidad de daño que la negra culona. A mí la que me entretiene es la chiquita. En casa teníamos plantas y mi viejo cada tanto se ve que se calentaba porque se las comían, y llamaba a un vecino que tenía una máquina de matar hormigas, que le ponía un veneno que era peligrosísimo porque echaba un humo amarillo, y no nos dejaban acercar porque nos podíamos intoxicar, y el tipo, que se le notaba que era un especialista porque hablaba poco, enchufaba un caño en un hormiguero y le empezaba a dar bomba a la máquina, y de repente aparecía un humito amarillo por allá lejos, de la tierra salía, y otro humito por allá, y era el humo venenoso que iba pasando por los corredores subterráneos de las casas de las hormigas, y las iba matando, y a mí eso me impresionaba mucho. Después crecí y me fui a vivir en apartamentos y nunca más vi a un tipo con esas máquinas de meter veneno, pero hormiguitas sí. De pronto estoy en el baño todo revestido de azulejos (no yo, sino el baño revestido de azulejos), donde jamás, que yo sepa, se atrevió a cruzar una araña, y veo una hormiguita. Está sola, camina como perdida, desorientada, va y regresa por el mismo camino, se detiene. ¿Por qué se detiene? Va hacia allá, duda. ¿Las hormigas, dudan? Le pongo un dedo delante de sus narices pero no sube. ¿Lo huele y no le agrado? Estoy a punto de pisarla, pero me aguanto. Está tan sola. Tan perdida. El piso es de loza, limpito, de cerámica lustrada. ¿Qué la atrajo a este lugar? La dejo, me voy, tengo cosas que hacer, no me puedo quedar pendiente de sus indecisiones, que se llame feliz de que no la piso. ¿La piso, o no la piso? *

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