Elogio de la locura
JUAN MENDIETA*
¡Qué disparate! Justo cuando se agrava la crisis y el sentido común reclama prudencia, parece un despropósito apostar a la insensatez. Sin embargo, entiendo que es en los momentos especialmente críticos cuando la ponderación es el peor enemigo. Y además, porque –como Sábato– desconfío del sentido común, el mismo que rechaza la esfericidad de la Tierra y recomienda adecuarse a la realidad de los tiempos.
«Ya no hay locos» se lamentaba don León Felipe añorando a «aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto», único capaz de poner la necesaria dosis de locura en una España abrumada porque «todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo». Pero ojo, que no se confunda la locura que reclamo con las salidas jocosas, las boutades o las propuestas pretendidamente audaces de nuestro Presidente. Porque detrás de la falsa locura presidencial se esconde un espíritu profundamente cuerdo y conservador, aferrado a los dogmas y amigo del statu quo.
Un presidente en actitud mendicante, golpeando lastimosamente las puertas del amo rico, no es la imagen de un estadista. Y cuando declaró que estaba buscando trabajo para los uruguayos, me lo imaginé poniendo avisos en el equivalente yanqui del Gallito Luis o abriendo una sucursal de la Agencia de Colocaciones ‘Manolo’ en California… También llegué a pensar que gestionaba un acuerdo con la Oficina de Migraciones estadounidense para facilitar la documentación a los compatriotas que emigran. Por lo menos no insistió con la idea de instalar una cadena de carnicerías, iniciativa que lanzó el año pasado y que aparentemente no prosperó, al igual que aquella otra brillante iniciativa que desde la campaña electoral duerme en los cajones del olvido: la de la cría de ñandúes por las propiedades afrodisíacas de sus patas.
Pero aparte de esas dos ideas bastante jocosas –a las que parecen reducirse la audacia y la imaginación del primer mandatario–, el país navega en las aguas de una prudente mediocridad. Y uno añora los tiempos en que el Parlamento era escenario de polémicas del más alto nivel y de confrontaciones memorables en las que descollaba la inteligencia de los contendores. Actualmente no hay figuras de la talla de Ferreira Aldunate, Flores Mora, Arismendi o Zelmar Michelini, polemistas de fuste, respetados por sus adversarios y capaces de generar hechos políticos de trascendencia. Eran tiempos en que no existían conceptos actualmente muy prestigiosos, tales como ‘lo políticamente correcto’, por ejemplo. O el pragmatismo posibilista, en nombre del cual se cometen los peores desatinos. Pienso concretamente en el curioso hecho de que una propuesta emblemática de la izquierda como la reforma agraria –también incorporada, con diferencias, al programa wilsonista de «Nuestro compromiso con usted»– haya sido sistemáticamente excluida del discurso político posdictadura. Y conste que no estoy pensando en la romántica idea de «A desalambrar» ni en la ingenuidad de que los problemas se solucionan dando un pedazo de tierra a cada peón; pienso en resultados concretos. ¿No era una reforma de las estructuras agrarias lo que permitiría racionalizar y fomentar la producción de la principal riqueza del país? ¿No fue una medida de ese tipo lo que hizo posible más tarde la revolución industrial en Inglaterra? ¿A qué se teme, entonces? ¿A quién se evita asustar si los productores agropecuarios están en la lona?
En fin, es tiempo de recordar dos de los graffiti más emblemáticos del Mayo Francés: «La imaginación al poder» y «Seamos realistas; pidamos lo imposible». Precisamente lo opuesto a la tónica que marca el camino político actual, en que la cordura y el realismo mal entendido todo lo contaminan y nos conducen por el sendero del medio que no desemboca sino en la mediocridad o, lo que es peor, en la «terrible cordura del idiota».
En estos últimos días, oyendo las explicaciones de Batlle y de Bensión sobre el fiscalazo, recordé algo que no es un chiste de esos que suelen atribuirse injustamente a los gallegos. Un día me llamó la atención, en una calle de Montevideo, una señal de tránsito que prohibía doblar a la derecha, siendo que salvo en los países donde se conduce por la izquierda, esa maniobra no significa riesgo alguno. Pregunté a un inspector –que, apostado en el lugar, aplicaba multas con fruición– por la razón de tal prohibición, y obtuve la siguiente respuesta: «Porque hay un cartel que dice que no se puede doblar a la derecha».
Tal parece ser la lógica que rige el pensamiento de los gobernantes.
Y así nos está yendo. *
*Periodista de LA REPUBLICA
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