Un suicidio como para reality show

La muerte en (vivo y en) directo

Está circulando por estos días –Internet mediante– una excelente nota del escritor argentino Guillermo Silva. Se titula ‘Ultima botella al mar de una triste patria’ y está concebida a la manera de una carta en que los argentinos –ese «desecho orgánico del liberalismo a ultranza», según la elocuente expresión del autor– se despiden del mundo. Se trata de una pincelada precisa y conmovedora de la situación a que ha llegado el pueblo argentino a la vez que una denuncia lúcida contra los causantes de ese drama.

Leyendo la nota, resulta imposible no experimentar compasión por ese pueblo hermano que no merece el saqueo de que fue víctima. Y ahora, para colmo de males, ¡los pobres hermanos argentinos tienen que soportar a un suicida que se exhibe por televisión!

Como el resto de los compañeros, no podía creer lo que estaba viendo, y supuse que el desdichado había tomado la drástica resolución como consecuencia de la crisis: un desocupado; tal vez un perjudicado por el corralito que amenazaba con quitarse la vida si no le levantaban el feriado bancario. Nada de eso. El letrero que aparecía en pantalla era categórico y aventaba cualquier otra conjetura: «Se quiere suicidar porque su mujer lo abandonó».

Como si se tratara de un personaje de tango, el pobre tipo no era más que un amurado que, en vez de cantar: «Victoria, se fue mi mujer», se parecía más bien al que llega al bulín y se encuentra con que la mina se ha piantado y se ha llevado hasta las pilchas del ropero.

No sabemos si Benítez –el gavilán con quien la Gladys eligió amurarlo– era su amigo más fiel, como le ocurrió al de ‘Noche de Reyes’… Lo que sí sabemos –por propia confesión del suicida– es que de tanto en tanto Castillo solía arrimarle la ropa al cuerpo a su mujer, lo que hoy se conoce como marido golpeador y que antaño, en la Edad de Oro del tango, era un signo de hombría y coraje. ¡Aquellos sí que eran machos, carajo! Y no este pobre Castillo, arrepentido y pidiendo a su mujer que vuelva al cotorro. No te digo yo: ¡se acabó la tradición!

Un verdadero héroe tanguero habría redoblado sus caricias con la toalla mojada o con bifes que «parecían aplausos, parecían». O incluso, al sospechar que su cónyuge le era infiel, podría haber apelado al recurso de aquel que encontró a su mujer en el bulín y en otros brazos, le dijo al amante que se marchara («el hombre no es culpable en estos casos»), le pidió «cebame un par de mates, Catalina» y después «le fajó treinta y cuatro puñaladas»… ¡Eso era verdadera violencia doméstica y no las peleítas de hogaño! O, sin llegar a esa exageración, un buen barbijo –un tajo en la cara «pa que siempre se acordara»– y a la Gladys se le iban todos los berretines de adúltera. Mirá si no.

Eran otros tiempos, porque en caso contrario, en el caso de un tipo no violento –que también los había–, el varón amurado se limitaba a llorar en la soledad de su bulín mistongo o, a lo sumo, encontraba en el desengaño amoroso una musa inspiradora para escribir un tango más o menos lastimoso, pero jamás se le ocurriría ir a la radio (entonces no había tele) a pedir a la ingrata que volviera.

En fin, perdóneseme por haber tomado un poco a la chacota algo tan triste, pero es quizá mi reacción ante la utilización de una situación dramática para montar todo un circo indecente donde lo único que cuenta es mostrar, exhibir lo que sea sacrificando la privacidad elemental. Tan indecorosa fue la exigencia de Castillo de aparecer en pantalla como la decisión del canal de aceptarla. Es que la necesidad de vender no repara en los medios aunque ello implique fomentar el lado morboso del alma humana.

A eso apuntan justamente los reality shows, a descorrer el velo con que se protege la intimidad para regocijo de nuestras oscuras inclinaciones de voyeurs. Pero jamás creí que se pudiera llegar al extremo patético que significa la frivolidad de exhibir el lamentable y doloroso espectáculo de un individuo con un revólver en la boca, pidiendo perdón a su mujer y rogándole que vuelva, desnudando sus miserias domésticas ante los ojos de millones de telespectadores. Fue la trivialización de una situación límite y de un acto extremo y brutal. Una decisión íntima como la de quitarse la vida perdió toda la dignidad de que suele estar rodeada para convertirse en un sórdido show.

El pueblo argentino –que sufre la agresión despiadada del neoliberalismo y de los políticos corruptos– tampoco merece sufrir esta agresión a la sensibilidad y a la dignidad.

Lo curioso es que nadie salió a cacerolear… *

Periodista de LA REPUBLICA

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje