Perdidos en la noche: una lección de cine
Confieso que me senté a mirarla con cierto recelo, con el temor –explicable– de sufrir una decepción en virtud de que muy a menudo ocurre que una obra que en su momento nos deslumbró, sufre el ultraje de los años y, al verla por segunda vez, nos encontramos con que ha perimido definitivamente. Esa circunstancia suele producir una mezcla de frustración y compasión que uno trata de resolver con una mirada indulgente, y le permite confirmar que sólo las obras maestras soportan el paso implacable del tiempo.
Pues bien, después de todos esos años, ya con las primeras imágenes mis temores se diluyeron por completo: estaba viendo una gran película que, a medida que transcurría, confirmaba que la impresión que me había producido cuando la vi por primera vez no era coyuntural. Tanto por el contenido como desde el punto de vista formal, su vigencia se mantiene intacta.
El contenido
La anécdota refiere las peripecias de un humilde joven texano (un provinciano ingenuo encarnado por un casi irreconocible Jon Voight) que resuelve cambiar su vida gris y, con su atuendo de cowboy, salir a la conquista de Nueva York, confiado en su estampa y en su capacidad amatoria para convertirse en gigolo. Allí conoce a un looser (Dustin Hoffman), con algo de pícaro español del siglo XVI, con quien compartirá ilusiones, miserias y frustraciones.
Como pocas, esta película muestra la crisis de un mundo decadente; el ocaso de una civilización agotada donde campean la sordidez, la miseria, la hostilidad social; donde el éxito suele ser esquivo y el fracaso conduce inexorablemente a la marginación. Y sin embargo, esas dos figuras que la cámara nos muestra trillando las calles o compartiendo el hambre y el frío en un apartamento desocupado, exhiben reservas morales que los llevan a tener actitudes y observar comportamientos solidarios; en medio de las penurias, surge una relación en la que prima la afectividad. El personaje de Dustin Hoffman (Ratso/Rico), un miserable jodedor de poca monta, es sin embargo capaz de compartir el tugurio donde vive con ese cowboy de pacotilla cuando éste ha agotado sus pocos dólares. Y es admirable cómo Joe, que viene a la gran ciudad encandilado con la perspectiva de ganarse la vida a expensas de las mujeres maduras, no duda en cancelar una cita amorosa que le reportaría un correcto beneficio pecuniario, para atender a su compañero enfermo.
El lenguaje cinematográfico
Pero el talento de Schlesinger no se agota en la confección del perfil psicológico ni en la verosimilitud de sus personajes. Los recursos de una impecable fotografía que apela con sobriedad al contraste y al contraluz, producen efectos especialmente poéticos en un contexto en que la ciudad adquiere un rol protagónico. Las calles, los edificios, los avisos publicitarios, y las gentes diversas que conforman la fauna urbana, con sus expresiones, sus gestos y su vestimenta, son el enmarco en que se desarrolla la anécdota, pero no como mera escenografía sino como elementos clave en el desarrollo de la acción, y resultan de una particular elocuencia para transmitir el mensaje del realizador.
Hay que resaltar, asimismo, la ausencia casi total de escenas violentas. Quiero decir, de esa violencia a la que nos tienen acostumbrados los trhillers hollywoodenses que desde hace un buen tiempo invaden las pantallas grandes y chicas. Y sin embargo, ¡cuánta violencia trasunta la película! Una violencia latente que subyace en el relacionamiento de toda la sociedad, y que está presente en pequeños detalles. Una violencia que se manifiesta en los rostros indiferentes de los transeúntes frente a una persona tirada en la calle, por ejemplo, o en la mirada inexpresiva de hombres y mujeres atrapados en sus mundos de pequeñas miserias cotidianas. Una violencia exhibida de modo mucho más sutil y que resulta por ende mucho más desgarradora, más impactante que los automóviles incendiándose o la sangre brotando de los impactos de bala o de los cuellos seccionados por el cuchillo de un psicópata asesino en serie. Una violencia menos tangible, menos truculenta, pero que cala más hondo, precisamente porque es la violencia no visible.
Y ya que estamos comparando con el cine taquillero que nos obligan a consumir actualmente, vale la pena destacar también la ausencia de efectos especiales espectaculares. Ese recurso cuyo reinado se ha impuesto de tal modo en el lenguaje cinematográfico actual que parece que el éxito de una película depende casi exclusivamente de él. Del mismo modo, sorprende que tampoco haya escenas en cámara lenta, otro recurso del que hoy se abusa sin pudor. Cada choque entre autos, cada caída desde un décimo piso, parece que no tienen fin porque nos han acostumbrado a verlos en cámara lenta. En definitiva, ‘Perdidos en la noche’ viene a ser un gran fresco, una pintura magistral de la descomposición de la civilización actual. Un grito, una denuncia que, sin caer en lo panfletario, puede ser mucho más peligrosa para el establishment que las bombas de Al Qaeda, porque esa realidad que nos muestra la película es nada menos que uno de los efectos del modelo que el capitalismo está globalizando. *
(*) Periodista de LA REPUBLICA
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