Sensación térmica
La noche es calurosa. No por ser noche lo es, sino porque es de noche y además hace calor. Este agregado de «además», pareciera agravar y aumentar el grado del calor, cosa que no es mi intención. Empecemos de nuevo. Hace calor y es de noche. Esta frase también es cuestionable, pero no nos podemos detener en cada una porque sería cosa de nunca acabar. El calor es sofocante, aunque no se le puede atribuir intencionalidad. Seguramente lo es por naturaleza, porque evidentemente no está en él aumentar o rebajar su graduación. Son muchos los grados que hay de calor, o en el calor, pero lo más fastidioso es la sensación térmica. Este fenómeno producto de la modernidad y el progreso en las apreciaciones en materia de temperatura, hace más insoportable el calor. Otro tanto pasa con el frío de julio y agosto, pero esto es difícil de recordar en pleno verano, estación que borra entre sudores y resoplidos el recuerdo del invierno pasado. Enciendo el ventilador. Lo pongo en la tecla uno, y no me llega. Lo aumento a la tecla dos, y no me llega. Quiere decir entonces que es la posición del ventilador lo que no permite que me ventile. Lo coloco sobre el televisor para que me dé de frente. De más está decir que estoy en la cama y desnudo. Tampoco de ahí me llega bien, aunque la cosa mejoró. Veo en el televisor que la temperatura es de 32 grados, lo que no es poco, pero recuerdo que debo agregarle la sensación térmica, y entonces siento un calor espantoso porque la hice subir, de golpe y porrazo, como a 37. Antes se sufría menos el calor y la gente no se quejaba tanto, porque no existía la sensación térmica.
Pongo el ventilador en posición de abanico, gira con ese rum rum del leve motorcito. Me pasan las ráfagas, me sopla y afloja, me sopla y afloja. Apago el televisor y me quedo contando entre ráfaga y ráfaga, para ver si mantiene el ritmo. Cuento hasta quince y me sopla, cuento hasta quince y me sopla, cuento hasta quince y me sopla, cuento hasta quince y me duermo. *
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