El triunfo de los ricos sobre los pobres no es inevitable

Este descubrimiento repercutirá en el curso del II Foro Social Mundial a celebrarse en Porto Alegre, Brasil, del 31 de enero al 5 de febrero, al mismo tiempo que en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. Los organizadores de la reunión en Brasil esperan que a la misma acudan unas 100.000 personas, mientras que a Porto Alegre y habían concurrido 10.000.

En Porto Alegre, el énfasis no se pondrá meramente en detener al adversario para evitar que siga cometiendo cada vez más enormes horrores, sino también en desarrollar consensos sobre una agenda más contundente de propuestas y soluciones y en idear estrategias para concretarlas.

Las fuerzas que integran el movimiento civil global comprenden que sólo un proyecto político puede salvar a la ecología del planeta y permitir la inclusión de todos en la economía global en condiciones decentes. Las líneas de batalla están siendo trazadas más claramente que nunca antes y además están siendo trazadas internacionalmente.

Aunque parece que no han aprendido nada más, los poderes existentes sí aprendieron que solamente se pueden reunir en fortalezas cerradas a cal y canto (Praga, Quebec, Génova), en desiertos (Qatar) o en guaridas de montaña (la próxima G-8 en las Rocallosas canadienses). Y ellos siguen repitiendo las mismas cansadoras fórmulas e insisten en que son los únicos guardianes de la Verdad. Asimismo, se niegan a escuchar lo que está diciendo el movimiento y han elegido aislarse del mismo. El movimiento se opone a la globalización del mercado guiada por las corporaciones empresariales, pero no es «antiglobalización», como afirman constantemente los medios de comunicación. La tecnología está llevándonos cada vez más cerca los unos de los otros y esto es positivo. En cambio, los ciudadanos globales que integran el movimiento son antidesigualdad, antipobreza y antiinjusticia, así como pro solidaridad, pro ambiente y pro democracia.

Aunque ellos quizás no estén de acuerdo con todos los detalles de cada cuestión la realidad es que comparten lo fundamental: rechazan la visión del «Consenso de Washington» de cómo debería funcionar el mundo. A menudo injustamente acusados de «no tener nada que proponer», ellos están, por el contrario, constantemente ajustando sus argumentos y sus contrapropuestas.

Hasta ahora, el movimiento global de ciudadanos ha querido seguir siendo exactamente esto: un movimiento. No ha tenido la tentación de transformarse en un partido político y mucho menos en un partido «revolucionario». Y sus miembros tienen una gran diversidad de antecedentes político-partidarios o, frecuentemente, ningún antecedente de este tipo.

Sin embargo, es extremadamente inquietante que la confianza en la política convencional se esté debilitando rápidamente. Si las preocupaciones manifestadas por el movimiento no son prontamente atendidas seremos testigos de cada vez mayores diferencias sociales, de un creciente malestar hacia las instituciones nominalmente democráticas, de un endurecimiento de las posiciones, de enfrentamientos y de aumento de la violencia, mayormente por parte del Estado.

Las lecciones de Génova no han sido inútiles para los activistas. Hemos sido testigos de cómo fueron pisoteados los derechos democráticos de los ciudadanos y de cómo se negó la libre expresión con brutalidad sin precedentes. Los gobiernos europeos que con razón protestaron por la elección de Jörg Haider en Austria y boicotearon momentáneamente a ese entero país nada dijeron sobre el comportamiento fascista en Génova de una policía que actuaba bajo las órdenes de un gobierno del G-7. No hay un modo cortés de decir esto: el movimiento de la gente, particularmente de la gente joven, está enojado. En ninguna parte de los dominios de los poderes actualmente existentes pueden los integrantes del movimiento vislumbrar la más leve señal de reconocimiento serio de la existencia de los problemas denunciados ni un comportamiento responsable con respecto a las amenazas mortales que enfrentan la humanidad entera y el planeta. No hay señal alguna por parte de los gobiernos del G-8 y de la Comisión Europea ni de las instituciones multilaterales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio. Lo que este movimiento civil en realidad ve es una codicia desenfrenada, el total dominio del capital sobre el trabajo y de los ricos sobre los pobres, reglas para asegurar la libertad de comercio de todos los bienes y servicios a expensas de todo valor humano; una privatización desenfrenada, la destitución de los servicios públicos, el desmantelamiento de los estados que ofrecen bienestar a sus ciudadanos, una masiva y acelerada destrucción de la Tierra, de su clima y de sus criaturas, todo ello en nombre de una fraudulenta «eficiencia», de cada vez mayores ganancias y de los intereses de los accionistas.

Estoy intentando explicar a la gente de buena voluntad por qué este movimiento no desaparecerá y también por qué el poder del Estado y de las corporaciones se está endureciendo y probablemente continuará reprimiendo, difamando y criminalizando a los ciudadanos que ejercen sus derechos democráticos. Sus repetidas afirmaciones sobre su deseo de «ayudar a los pobres» suenan a hueco.

La propuesta de la cumbre del G-8 en Génova de emplear una miserable cifra de 1.500 millones de dólares para luchar contra el sida, la malaria y la tuberculosis fue particularmente vergonzosa, dado que el secretario general de la ONU, Kofi Annan, había pedido sólo pocas semanas antes a la «comunidad internacional» entre 7 y 10 mil millones de dólares para enfrentar solamente al sida. Esta «comunidad internacional», conducida por el G-7, hasta ahora rechazó toda oportunidad para poner remedios a los problemas en todas las áreas y escuchó sólo a una minoría.

De ahí que una nueva generación, no toda ella formada por jóvenes, una especie de «generación transgeneracional, transclases, transgéneros sexuales y transnacional» se está levantando internacionalmente para oponerse a ese comportamiento de los estados y las corporaciones transnacionales. Y seremos escuchados. *

 

(*) Susan George, autora de diez libros, es Directora Asociada del Transnational Institute de Amsterdam y vicepresidenta de ATTAC France (Asociación para la Aplicación de Impuestos a las Transacciones Financieras para Ayudar a los Ciudadanos) (Servicio de IPS exclusivo para LA REPUBLICA).

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