La Iglesia se compromete: "Es preciso resistir y en la fe está nuestra fuerza"
La intención de la celebración eucarística es la de «sensibilizarnos y expresar nuestra inquietud y preocupación ante el creciente número de familias del medio rural, de productores agropecuarios, de trabajadores de nuestro campo, capataces, peones, troperos, alambradores, esquiladores, familias radicadas en nuestros pueblito, zonas o parajes, que han desaparecido de nuestro campo».
«En la imagen –agregó el sacerdote– de la Sagrada Familia de Belén, empujada a huir a Egipto, para salvar al niño Jesús del poder asesino de Herodes, se condensa la situación de todas las familias que, a lo largo de la historia, han padecido y padecen hoy el desarraigo, la emigración, el destierro, la desintegración de sus miembros, la necesidad de refugiarse en otros sitios, los desplazados por las hambrunas».
Segregación y exclusión
Más adelante, el Vicario Pastoral de Salto se refirió concretamente a «los segregados por su raza o por su cultura, los refugiados de guerra, los excluidos como costo social de una globalización que, teniendo ciertos aspectos positivos, deja sin embargo a enormes sectores de gente al costado del camino, víctimas del desempleo, marginados condenados a la miseria».
Destacó que «entre esas familias, cuya triste situación se refleja en lo vivido por la Sagrada Familia de Belén, hoy somos convocados por la Federación Rural del Uruguay y, en particular, por la Federación Rural de Valentín, a sensibilizarnos y a expresar nuestra inquietud y preocupación ante el creciente número de familias del medio rural, de productores agropecuarios, de trabajadores de nuestro campo, capataces, peones, troperos, alambradores, esquiladores, familias radicadas en nuestros pueblito, zonas o parajes, que han desaparecido de nuestro campo, que han tenido de huir, como José, María y el niño, amenazados por esos nuevos Herodes, crueles y sanguinarios, como son la pobreza, el endeudamiento, la inviabilidad del sector productivo en este país, la desprotección de la producción nacional, la incidencia de factores adversos, como la paralización o cierre de los mercados, la depreciación de los productos, los tentáculos de un sistema perverso que privilegia lo financiero por encima de lo productivo sin olvidarnos de otros factores: como las sequías o la aftosa».
Manifestó, asimismo, que «los que han desaparecido del campo, en su inmensa mayoría, era gente trabajadora, austera, sacrificada.
Al decir de Julián Cabrera, productor rural, un grupo social con menos necesidad de consumir y con mayor tiempo para el diálogo familiar. A esta clase social no le sirve al sistema, continuaba diciendo Julián. ¿Qué utilidad podemos tener los que no gastamos más de lo que podemos?
Esa gente, un día tuvo que levantarse, en la noche de una situación que los superó como una ola inmensa, como a José y a María, para salir buscando donde refugiarse, donde empezar de nuevo, si de eso se puede hablar.
Sin plata en el cinto, sin nadie a quien pedir, por no poder pagar lo que antes pedimos para cumplir con impuestos y multas que nunca entendimos, decían los productores en la famosa proclama famosa del 19 de junio del 99. Esto tiene sus consecuencias.
El problema del campo no es sólo económico, sino que es fundamentalmente social. Afecta a la identidad de los hombres y mujeres que nacieron, se criaron, trabajaron y se multiplicaron en el campo».
El vaciamiento de la campaña
El prelado se refirió luego al éxodo masivo del campo a los centros urbanos, con todas las consecuencias que ello implica, tanto sociales como afectivas. «El vaciamiento de nuestra campaña, la expulsión compulsiva de la población rural, que en 25 años se ha reducido a la mitad, revive lo acontecido hace ciento treinta años, reedita de alguna manera, lo que sucedió cuando se implantó el alambramiento de los campos».
Barboza recordó «la ley del alambrado desalojó del campo a 40.000 personas (8.000 familias calculadas con cinco miembros cada una) correspondiendo al 10% de la población del medio rural (aproximadamente unos 400.000 en la década de 1870; Historia del Uruguay Moderno de Barrán y Nahum, páginas 559 y 560). El costo del alambramiento era inaccesible para los pequeños y medianos productores, dado que el rendimiento de sus parcelas no era tan alto como para poder pagar el alambre, que se importaba de Inglaterra. Cuando en el Código Rural se establece, en 1879, la medianería forzosa en la construcción de los cercos, la suerte va a estar echada: los pequeños propietarios se van a tener que desprender de tierras y ganados ante la imposibilidad de poder sufragar los gastos que se les imponía por ley. Los que podían pagar el alambre se hacían dueños de grandes extensiones de campo, concentrándose la tierra en pocas manos; implantándose en la tierra de Artigas una enfermedad que el Prócer nunca hubiera admitido: ¡el latifundio! Los sobrantes del campo formarán los llamados pueblos de ratas, que orillean las estancias o irían a parar en la escuela correccional inventada por Latorre para reprimir al gaucho y obligarlo a trabajar en el corte de adoquines, que aún hoy vemos en algunas de nuestras calles. Un día sería interesante sentarnos para profundizar en el conocimiento y la reflexión sobre la incidencia de aquellas medidas en la historia de nuestro paisito».
La tierra extranjerizada
El religioso destacó que «hoy, otra vez, se agrandan las estancias, consorcios extranjeros adquieren nuestros campos e incorporan más y más propiedades. Y nuestra población rural, nuestras familias rurales salen sin esperanza, sin otro horizonte que la miseria, la dependencia de un sueldo retaceado, hipotecando su identidad, su cultura, sus valores. ¡Esto es lo que nos preocupa y nos duele en el alma!»
«La Iglesia no tiene soluciones técnicas, para responder a los problemas del agro, porque no es su competencia ni cuenta con los medios para lograrlo; pero puede y debe sí, en coherencia con el Evangelio de Jesús, hacer ver esos sistemas perversos que están en la base de las situaciones económicas, políticas y sociales que atentan contra el derecho a la vida y a la esperanza de los hijos de Dios que viven en este país que Artigas nos legó. La Iglesia quiere ser solidaria y servidora, por eso alienta a cuantos se unen para tomar conciencia de los problemas y se organizan para buscar soluciones. Es preciso resistir y en la fe está nuestra fuerza», concluyó la homilía del presbítero Francisco Barboza, vicario pastoral de la Diócesis de Salto. *
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