Un destino cochino
Los perros tienen un oído muy sensible, y durante las fiestas sufren mucho por los estampidos de los cohetes.
Pero Morgan tuvo sufrimientos suplementarios a causa de un chancho que le regalaron a su dueño para que lo carneara a fin de año.
El perro, ciudadano, capitalino, criado en el asfalto y las veredas con baldosas, jamás había visto un chancho y se impresionó, entre otras cosas, porque no ladraba.
Sabido es que el porcino emite un gruñido como para adentro, cosa que lo diferencia del canarito flauta que si le sale cantor le tiene que tapar la jaula con un trapo negro porque aburre.
Lo mismo que Pavarotti, que uno, en un ataque de lirismo es capaz de pagar para escucharlo, pero si lo tiene de vecino no hay oreja que aguante, y eso si no le da por invitar a los otros dos y Dios te libre de semejante trío operativo.
El hombre puso el chancho en el fondo y lo miraba. Y el perro también, impresionado.
De frente lo impresionaba por el ronquido, y de atrás por la cola.
Porque si hubiera sido rabón, vaya y pase, pero era de cola natural y completa, tipo rulito, cortita y como sacada de viruta, con algo de bucle fino, una cosa medio pituca pero como al pedo.
Una cola que no sirve ni para mover de alegría ni para cubrir las partes con un mínimo de pudor.
Como para el perro la cola es elemento de superior importancia, aquella nadita le dio como una tristeza.
Y una tarde el porcino se echó en la puerta de la casilla del perro.
El otro tranquilo. No se animó a ladrarle ni lo quiso atropellar. Le aceptó la vecindad.
Alguna simpatía le tenía, y lástima.
Sabía que aquello no iba a durar mucho, como si le leyera en la frente su destino: «Noche Buena».
Y así fue.
El 24 de diciembre el perro se la pasó abajo del ropero, sin ni siquiera acercarse al asador. l
Dicen que fue por los cohetes, pero vaya uno a saber. *
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