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"Historias de Navidad"

El mundo se sacude y corcovea. Muy cerca, la gente se amasija porque ya no se la banca más. Hasta un presidente tuvo que subir a la azotea y salir rajando por los porteños aires. A pesar de todo este mambo violento, la Navidad está esperándonos. Más que nunca está vigente su mensaje de esperanza. Como escribía Dickens, es un día del almanaque en que hombres y mujeres parecen estar de acuerdo para abrir sus corazones libremente. Y vamos a contar unas chiquitas historias de Navidad. Porque la gente de la Vieja Capital también «metía» y luchaba, duro y parejo, creyendo en sus esperanzas.

Por los empedrados trillaban los botijas con sus judas de trapo. En un carrito, iba por todo el barrio ese muñeco de tela relleno de lana de colchón. En la noche del «24» lo llenaban de petardos para que ardiera en el medio de la cuadra. Los vecinos se arrimaban y lo regaban con una ginebra que hacía chispas sobre el fuego.

Otros, medio a la sordina, tiraban sobre las llamas del judas unos papelitos donde habían escrito que se terminaran las malas rachas o la mufa de los «jettatore». Unos días antes del 25, las calles de los barrios se llenaban de vendedores ambulantes de corderos. Lo bravo era cuando se compraban vivos y alguien de la casa se «encariñaba» con el animalito. Terminaban, de apuro, corriendo a la carnicería a comprar unas «tiritas» de otros corderos que no habían tenido tanta suerte. Una historia de navideña solidaridad se vivía en los tranvías. Al costado del «motorman», había un gran canasto de mimbre donde los pasajeros ponían turrones y alguna botellita.

El espíritu de la Navidad hacía de las suyas en la vieja cocina de carbón. Aromas de budines y pan dulce con dátiles. La vainilla flotaba e inundaba la casa con su rico sabor. En el terreno, los veteranos cuidaban el asado al pincho mientras contaban las mismas anécdotas siempre de forma diferente. Por la ventana, asomaba el pinito adornado con chirimbolos de hojalata y celofán. Lleno de velas naturales, prendidas hace un ratito. Envuelto en papel de colores «marchaba» un pan dulce para el vecino y recibíamos una sidra casera de rechupete. A la medianoche en punto, muchos se arrimaban a la Capilla donde un cura rezaba en latín y los monaguillos dale a las campanillas. Luego, el señor de sotana visitaba las casas donde lo invitaban y, melancólico, lo escuchábamos hablar de su aldea europea.

A darle fuerte a la esperanza y, sin bajar los brazos, ya vemos que las cosas cambiaban. Un saludo a los «lectores cómplices» y a los compañeros de LA REPUBLICA. Los esperamos sábados y domingos, a las 19, en 1419 AM LIBRE. *

Coordinación: Angel Luis Grene

 

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