La hora de los hornos
JUAN MENDIETA*
Cómo permanecer insensible, cómo no llorar viendo a todos esos hermanos –tan parecidos a nosotros, los orientales, y a quienes tantas cosas nos unen– viviendo una situación límite tal vez peor que las tragedias debidas a catástrofes naturales.
Porque lo que está ocurriendo en Argentina no es un cataclismo de esos que parecen una señal de la ira de Dios. No. A ningún factor divino puede atribuirse el sufrimiento de tantos seres humanos. Tampoco hay detrás del drama organización terrorista alguna; no hay Al Qaeda ni Hamas a quienes acusar por el padecimiento de nuestros hermanos. Lo que hay es un modelo económico nefasto y una clase política inepta.
Cuando el «granero del mundo» –como suele llamarse a la Argentina– no es capaz de alimentar decentemente a sus treinta y pico de millones de habitantes, algo, evidentemente, está fallando.
Si en ese enorme país con recursos naturales impresionantes (desde petróleo hasta alimentos) hay mucha gente que pasa hambre al extremo de asaltar almacenes en escenas dignas de Biafra o de Kosovo o Afganistán, quiere decir que el gobierno está haciendo mal las cosas.
Con varios miles de kilómetros de costas oceánicas, con abundancia de tierras fértiles, con oro negro, con una variedad climática que permite todos los cultivos, Argentina reúne todas las condiciones propicias para ser una especie de tierra prometida donde ningún ser humano podría pasar dificultades. Pues bien, en ese país, en esa tierra generosa, en ese granero del mundo capaz de producir alimentos casi sin límite, hay millones de individuos que comen salteado o que directamente no comen. Una ironía digna de Borges, un argentino notoriamente amigo de las paradojas.
Hace pocos días, cuando comenzaba el gran caos que desembocó en la renuncia de Cavallo primero y de De la Rúa después, un artículo de José Pablo Feinmann aparecido en Página/12 –titulado «El dedo en el culo»– se lamenta de la mansedumbre y de la apatía de la clase media que protesta contra los que protestan, los piqueteros (los primeros sublevados). Y concluye recordando que quien gobierne podrá siempre contar con la cobardía incondicional de los argentinos, que toleran que les metan uno, dos o varios dedos en el culo.
Es una lástima que una reflexión tan bien escrita no haya esperado una semana para ser publicada, pues lo ocurrido entre el miércoles y el jueves vino a dar un rotundo mentís a la amarga conclusión del analista. A veces no hay que apresurarse a condenar o a aplaudir ciertas coyunturas pues se corre el riesgo de quedar pagando, como pasa con el artículo en cuestión.
Es probable que la clase media argentina –como todo estamento de esas características– no se haya destacado por actitudes rebeldes, pero pienso –humildemente– que los argentinos a lo largo de su historia han dado pruebas más que elocuentes de rebeldía. Recuérdese la epopeya de la Patagonia rebelde; o la liberación de Perón en el 45; o la caída del régimen inaugurado por Onganía. No olvidemos tampoco los cordobazos y tucumanazos. Descamisados, cabecitas negras, trabajadores y pueblo en general fueron protagonistas de asonadas y de desafíos memorables al poder establecido. De modo que a no denigrar a un pueblo que se ha demostrado indómito.
Ahora bien, dicho esto, lo que siempre me sorprendió es que todos esos antecedentes de lucha callejera y de enfrentamientos con las fuerzas represivas no hayan podido ser convenientemente canalizados desde el punto de vista político. Que no haya surgido un partido capaz de aglutinar y de encauzar el descontento y el espíritu rebelde de las masas, embretadas entre dos opciones más o menos parecidas y anquilosadas: el radicalismo conservador y el peronismo degradado.
De la Rúa fue elegido como rechazo al justicialismo, a su política económica y a la corrupción. Y sin embargo, a poco de haber asumido, ya en plena crisis y con riesgo de default, no tuvo mejor idea que convocar al ministro emblemático del desastre neoliberal privatizador; justamente al responsable del desastre económico durante el gobierno de Menem. O sea que para conjurar la crisis ocasionada por la apertura económica irrestricta y por la muerte del aparato productivo, se llama nada menos que al supremo hacedor de tales calamidades. ¿Usted se imagina un gobierno del EP-FA llamando a Bensión a ocupar la cartera de Economía y Finanzas?
Digo al principio que la tragedia que viven los argentinos no hay que atribuirla a la ira de Dios ni a una organización terrorista. Sin embargo, pensándolo mejor, bien podría hablarse de terrorismo: el de los instigadores ideológicos y sus fieles discípulos que aplicaron a rajatabla, a sangre y fuego, a capa y espada, contra viento y marea, las recetas infames emanadas de los centros mundiales del poder económico.
Que el descalabro argentino, que el drama que vive el pueblo sirva por lo menos como ejemplo de lo que no debe hacerse. Que se comprenda de una vez por todas que el modelo económico tan elogiado por los Chicago boys sólo trae miseria.
Que Bensión, Ramón Díaz y de Posadas no insistan más en engañarnos con esta basura.
Y que los incautos abran los ojos y no se dejen seducir por cantos de sirenas que nos harán estrellar contra las rocas implacables de la realidad. *
*Periodista
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