Somalia: ¿la próxima víctima?

 

Durante los años transcurridos desde aquel fatídico día, el país africano se convirtió en una especie de «agujero negro»(…). Los efectos de la humillación del imperio, ampliamente mediatizada, llevaron a la adopción de la histórica Directiva Presidencial nº 25, por el mandatario de entonces, Bill Clinton, que restringía la participación de fuerzas norteamericanas en las misiones de paz de las Naciones Unidas, provocando una parálisis total en situaciones tan delicadas y complejas como el genocidio de Ruanda de 1994 y otras crisis.

Lo que se ha dado en llamar como «síndrome de Mogadiscio», sin embargo, parece haberse curado desde entonces, a juzgar por la actitud con que Washington se empeña en reducir a polvo con sus bombardeos a Afganistán, antiguo escenario de la guerra fría, que en las últimas décadas no ha conocido más que muerte y destrucción.

Aunque las circunstancias –al menos de momento– sean distintas, Kabul parece haber encontrado un «hermano gemelo» en la fatalidad: las medidas antiterroristas de Washington pueden haberle dado el tiro de gracia a los intentos de recomposición de Somalia. La congelación de las cuentas de la red financiera e informática Al Barakaat –por supuestas conexiones con la red terrorista de Osama Bin Laden– puede provocar un efecto desestabilizador en el país, casi totalmente dependiente de las remesas procedentes del exterior.

Considerada como la entidad económica más importante de aquel país, totalmente desestructurado y desangrado por las luchas intestinas desde la caída del dictador Siad Barre a principios de la última década, Al Barakaat manejaba prácticamente la totalidad de los envíos de dinero que aseguraban la supervivencia de un 80% de la población, ofreciendo también servicios postales y telefónicos al millón de habitantes de Mogadiscio.

La otra víctima de la medida estadounidense ha sido la única compañía somalí proveedora de acceso a Internet, provocando un corte en las de por sí escasas comunicaciones con el mundo exterior, y dificultando aún más el funcionamiento de las pocas empresas que allí operan, y de las entidades oficiales que lenta y trabajosamente tratan de sacar a flote un mínimo de orden tras largos años de luchas internas. Y todo ello cuando por fin, al menos en la parte nororiental –territorio del antiguo protectorado británico de Somalilandia– un nuevo país del mismo nombre, está alcanzando una notable estabilidad y desarrollo pacífico a espaldas de la comunidad internacional que se niega a otorgarle reconocimiento.

La medida norteamericana se suma a los efectos del embargo impuesto en setiembre del año pasado por los países del Golfo a las exportaciones somalíes de ganado –actividad que asegura el 75% del PIB de ese país norteafricano– por sospechas de contagio con la llamada fiebre del valle de Rift, echando por tierra las esperanzas de recuperación.

Según manifestara hace unos días Randolph Kent, coordinador humanitario de la ONU para Somalia, el país «está al borde de un colapso económico sin paralelo en la historia moderna» debido al efecto combinado de dichas sanciones y la medida tomada por Washington que acaba prácticamente con su sistema bancario y de telecomunicaciones.

Aunque la inestabilidad crónica de sus regiones meridionales y la compleja problemática derivada de su condición de «Estado fallido» puedan despertar las sospechas de que ese país pudiera convertirse en un refugio de supuestos terroristas internacionales, el sufrimiento al que ha sido sometida su población en los últimos diez años, debería imponer algo más de cautela.

Algunos analistas recuerdan el fallo de la inteligencia norteamericana que provocó el bombardeo de una planta farmacéutica en Sudán, donde se sospechaba de la producción de armas químicas, error que podría repetirse ahora a una escala mucho mayor con la destrucción de los factores claves para la viabilidad económica de Somalia.

De cualquier modo, la asimetría del nuevo tipo de guerra –la declarada por Estados Unidos contra el «enemigo invisible» del terrorismo internacional– no deja de chocar, y de despertar temores por los países del sur, de por sí tan desfavorecidos por la actual coyuntura internacional.

Aunque la lucha antiterrorista sea una preocupación legítima de todas las fuerzas democráticas, el redoble de los tambores de la guerra no debe acallar las voces de los más débiles que, en medio de la paranoia mundial posterior al 11 de setiembre, difícilmente logran defenderse de las acusaciones, por muy infundadas que sean. *

(*) Edith Papp es periodista del Centro de Colaboraciones Solidarias

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