Un mágico aljibe

«Largó el calor», comenta un parroquiano del boliche de barrio. El «patrón» prende el viejo ventilador que desde el techo agita el aire mañanero. Aromas de café y de alguna con limón que se toma de apuro. El veterano se sienta junto a la ventana y vicha el diario donde también la temperatura está al tope. Tremendas bombas retumban en Afganistán y cortan todo aliento de vida. El termómetro de la bronca argentina revienta con la gente en la calle. Y por estos lados, un director de televisión juega a «Catón el censor». El viejo lector traga saliva. «Hay que achicar», piensa. Y haciéndose el zorrito, se pone a escribir sobre el tiempo. Deja que la memoria compañera lo lleve a la vieja Montevideo, cuando por esta época el calor empezaba a apretar. La tecnología no había aparecido y la preocupación de los vecinos era conservar las bebidas bien frías. Se recurría al aljibe. Algo muy popular en las antiguas casas, con un terrenito al frente. Esos aljibes estaban a un costado del predio o en la esquina de un gran patio cubierto de una tupida parra. El rincón donde a la tarde se encontraba la familia y a la nochecita, sobre un mantel con puntillas, comíamos duraznos tan dulces o chorreantes sandías. Allí estaba ese pozo, con un balde que bajaba y subía. Se colocaban botellas con bebidas para que se enfriaran en su helado fondo.

Un rato allá abajo y al subirlas estaban frescas como por arte de magia. Un pedacito de «Las mil y una noches», un hechizado cuento nacido en la mítica Arabia. Eso era el familiar aljibe que traía exóticas tradiciones que recalaron en los barrios montevideanos. Aquella creencia de la tortuga, para recordar la más conocida. Se pensaba que el bichito «purificaba» el agua. Infaltable la tortuguita en las profundidades del pozo. Como el animalito se alimentaba del musgo, era que todos creían en lo bueno de tenerla para que «cuidara» nuestro aljibe. Muy fresca el agua para saciar la sed de largo veranos. También se metía en un balde con tapa hermética, la leche del tambo de la esquina. El de Marcelino, de Villagrán y Avellaneda, por la Villa de la Unión. Fría, espumosa y blanquísima, daba fuerzas cuando el Sol te cocinaba. Por la puerta pasa el hielero, en su blanco camión, haciendo sonar la campanilla. El ruido de un balde que cae al fondo del aljibe. Los pibes comiendo unas ciruelas así de grandotas. Una señora de delantal sirve la ensalada de frutas y los abuelos meta picar la barra de hielo. Estampas del ayer cuando el calor apretaba. Los esperamos los sábados y domingos, a las 19.00 en 1410 AM LIBRE con el auspicio de la IMM.

 

Coordinación: Angel Luis Grene

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