LOS INDIOS GUARANIES LA HABRIAN ARROJADO AL FONDO DE UNA LAGUNA EN FLORIDA

Arqueólogos buscarán la campana de la leyenda

DANIEL MARTINEZ SOTO

 

Cuánto hay de cierto y cuánto de leyenda.

Eso es lo que intenta develar el primer programa de arqueología subacuática que emprende la semana próxima la Universidad de la República.

A través del Departamento de Arqueología de la Facultad de Humanidades, la prospección subacuática en la laguna «de la Campana», en Florida, buscará develar los misterios que rodean a una de las poblaciones más curiosas de la historia uruguaya: el Pueblo de San Francisco de Borja del Yi. Allí además de historia indígena, gauchesca y jesuita, están los primeros pasos de los socialistas utópicos en estas tierras.

Artigas tenía 4 años

El Prócer tenía cuatro años en 1768, cuando los jesuitas fueron expulsados de las Misiones en Paraguay. Aquella decisión real hizo que miles de indígenas guaraníes cristianizados debieran emprender nuevos rumbos, antes que ser capturados por los esclavistas. Muchos de aquellos indios volvieron a la selva; otros se hicieron agricultores e intentaron con relativa suerte mantenerse fuera de las guerras en curso. Un tercer grupo emigró al sur, volvió al lugar donde habían hecho vaquerías, en tierras cercanas al río Uruguay.

«Aquellos guaraníes cristianos llegaron para quedarse. Herederos de una cultura que mezcla elementos afro, indios y de la catequización, traen elementos de culto valiosos. Entre ellos seguramente estaban las campanas», explica el historiador uruguayo Gonzalo Abellá.

Los jesuitas habían enseñando a los guaraníes a fundir metales. Habían hecho campanas para sus iglesias, pero también sabían hacer cañones, algo que a los bandeirantes que dominaban las Misiones orientales atemorizaba sobremanera.

En el año 1828, el Imperio del Brasil estaba enfrentado a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Rivera «num golpe audacioso e violento», según crónicas de la época, toma los siete pueblos de las Misiones Orientales. El golpe acelera el proceso de paz y Rivera devolverá esos territorios, pero convence a los indios que bajen al sur. Llegan al despoblado norte uruguayo entre 8.000 y 15.000 indios con todo lo que poseían. «Hasta con los huesos de sus muertos», que enterraron debidamente, dónde creían sería su hogar definitivo. Traían también de 100.000 a 400.000 cabezas de ganado.

«Pero Rivera no les cumplió ninguna de sus promesas», afirma el historiador Abellá. Más aun, les confiscaron muchas de sus pertenencias..

Un viajero francés, Auboin, escribirá en 1829: «El hambre fue el primero de los males. El ganado estaba extinguido: los principales jefes del ejército lo habían enviado a Montevideo o vendido a los especuladores. Reinaba el hambre, las enfermedades y todo lo que la miseria tiene de más horrible».

Cuando Rivera es nombrado primer presidente del país, se desentiende de la indiada misionera que lo había ayudado en la batalla. Los indios «que comían raíces y pisaban huesos para hervirlos» se rebelan. El gobierno «montando en santo enojo» los extermina.

La historia concluye con los indios asentados en la margen izquierda del río Yi, prácticamente donde hoy está el centro geográfico de Uruguay. Allí se funda San Borja del Yi.

Pero el final no será feliz. Bajo el liderazgo de la india Luisa Tiraparí («La Capataza») se organiza un reparto de tierras. Desde Montevideo estos hechos son considerados inaceptables. La india asegura haber tenido un sueño místico en el que vio el regreso de Artigas y sigue adelante con sus planes.

Hacia el fin de la Guerra Grande, llegan los primeros socialistas utópicos a Uruguay. Hacía sólo un par de años que Carlos Marx había escrito su Manifiesto del Partido Comunista. Los socialistas utópicos con Ferrer a la cabeza siembran sus ideas en el fértil asentamiento. En poco tiempo la idea de un Estado autóctono, dentro de otro, avanzaba.

El Gobierno de Montevideo envía al Ejército. Los indios saben que la diferencia de fuerzas es abismal. Dispersan sus bienes, entierran otros. Las amadas campanas que les habían acompañado son ocultadas, algunos dicen que enterradas, otros que sumergidas en lagunas inmediatas al pueblo. Aun sin campanas, los indios eligen a la capilla del pueblo como refugio ante la avanzada militar: creen que los soldados cristianos no atacarán una iglesia.

El ejército uruguayo arrasa con el pueblo y le prende fuego a la capilla de madera. Decenas de mujeres y niños, mueren carbonizados.

Algunos sobrevivientes se reagrupan en Capilla del Sauce, convertida en rancherío de dominante sangre guaraní, por años.

De las campanas, nunca más se supo.

Desde las profundidades

Con estos antecedentes es que, a partir de la semana entrante, el Departamento de Arqueología de la Facultad de Humanidades comenzará un programa subacuático, buscando crear un «espacio académico» para el desarrollo de la especialidad.

Aprovechando las investigaciones de la licenciada Carmen Curbelo y su equipo en el lugar donde se asentó San Borja, el arqueólogo Antonio Lezama junto a investigadores invitados de Argentina y Brasil comenzará la prospección lacustre en busca, entre otros, de la campana.

Lezama prioriza adelantar en la comprensión «de las características culturales de los indígenas que ocupaban el pueblo. Se mantiene latente, aún hoy, el prejuicio de que por ser indígenas no podían hacer uso de materiales europeos o vivir en un espacio organizado como los ´nuestros´». Afirma que los datos existentes para la comprensión de este capítulo del pasado uruguayo «son muy deformados y fragmentarios». En tal sentido interesa especialmente descubrir elementos que expliquen la aún mítica «resistencia pacífica» en este grupo que aparece como muy sojuzgado en su sociedad contemporánea».

En cuanto a la leyenda de la campana, Lezama detalla que «ante uno de los varios intentos de expropiación de los objetos de culto que poseía el pueblo, por parte de las autoridades religiosas, los habitantes de San Borja arrojan buena parte de ellos, incluyendo una de las seis campanas que tenían a una laguna ubicada a unos 800 metros al norte del pueblo».

Es en esa laguna que muchos afirman aún hoy oír el tañir de campanas en las cercanías. No faltan quienes aseguran que la campana era de oro, ni quienes digan que algunas noches se ve pasear a una dama vestida de blanco sobre sus aguas, e incluso los gritos desgarradores de los indios quemados vivos en la capilla donde estuvo la campana.

Lo concreto es que la laguna de la campana, formada por un antiguo meandro del río, orientada noreste-suroeste, tiene unos 130 metros por 40 y una profundidad de hasta cinco metros. Sin corrientes, de fondo arenoso en la costa y limoso en el centro, tiene visibilidad absolutamente nula. La laguna de la campana tiene un antecedente importante en la materia: allí, pescadores recuperaron una posible pila bautismal de granito, que aún está a estudio. *

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