La economía al alcance de todos

JUAN MENDIETA*

 

Mis conocimientos de economía son bastante escasos, fuerza es reconocerlo. Desde que era un párvulo, las conversaciones entre economistas, contadores o audaces opinadores sin título me han resultado absolutamente ininteligibles. Del mismo modo que los sesudos artículos de prensa o las explicaciones de los ministros de Hacienda. Para mí la economía sigue siendo un misterio, y me pregunto por qué no se enseñan rudimentos de esta ciencia ya desde los felices tiempos de la escuela, de manera de evitar esa barrera infranqueable que se ha levantado entre legos y letrados, entre iniciados y neófitos, entre especialistas y perfectos ignorantes en la materia.

Con ese léxico lleno de términos técnicos casi tan ajenos a los pobres mortales como los empleados para explicar la teoría de la relatividad: Indice Dow Jones, Tasa Libor, default, convertibilidad, integran un mundo mágico como de alquimia, un lenguaje críptico casi esotérico donde se mezclan calificadoras de riesgo, riesgo país, proceso inflacionario, devaluación, indicadores macroeconómicos, modo de producción, encaje, producto bruto, renta per cápita, onza troy, y un larguísimo etcétera.

Todo ese palabrerío misterioso es usado (y abusado) para explicar las coyunturas y procesos y para pronosticar los efectos benéficos o perversos que acarreará la aplicación de tal o cual política económica. Pero como suele suceder en otras disciplinas, los pronósticos en economía no siempre se cumplen.

Las predicciones meteorológicas, por ejemplo, con sus frentes fríos y cálidos, sus precipitaciones aisladas, sus tormentas dispersas y sus mejoras por el suroeste, son de dudosa credibilidad. En cambio, los meteorólogos son perfectamente capaces de analizar los fenómenos climáticos, así como de explicar las causas de sus predicciones erradas, y todos quedamos de lo más contentos al saber que el vendaval que nos azotó –y del que no nos avisaron– se debió a alguna circunstancia impredecible.

Algo similar ocurre con las crónicas deportivas. Después del partido, los periodistas especializados nos ilustran con un análisis perfectamente lúcido sobre el porqué del resultado. Hablan de pérdida de marcas, de mediocampo, de líneas de cuatro, relatan las jugadas más sobresalientes, justifican o critican los cambios dispuestos por los técnicos, y todos entendemos por qué el partido terminó como terminó. Pero son pocos aquellos que se atreven a aventurar pronósticos previos al ‘cotejo’, como suelen llamar al partido. A lo sumo hablan de que tal equipo es favorito, o de cómo debería ser la estrategia, pero poca cosa más.

Pues bien, con la economía sucede algo similar. Los expertos están en condiciones de explicar el éxito de cierta medida, o la incidencia de factores externos en el fracaso de la gestión de un ministro, pero a la hora de predecir los efectos de una decisión financiera, se vuelven de una cautela especial, o emiten enunciados lo suficientemente ambiguos como para que, sean cuales sean las consecuencias de un paquete económico, ellos no queden demasiado mal parados.

Cosa muy diferente de la física, por ejemplo, disciplina en la que se puede vaticinar sin temor a equivocarse (igual que los vendedores que suben a los ómnibus y nos informan, ‘sin temor a equivocarme’, el precio a que se vende en los comercios del ramo el producto que ofrecen) se puede vaticinar, repito, que si a usted se le ocurre empujar a su cónyuge al vacío desde un decimoquinto piso, su pariente no se mantendrá suspendido en el aire sino que –por la Ley de Gravedad formulada por Newton gracias a la manzana que cayó sobre su cabeza– se desplomará irremediablemente contra el piso. O las infalibles matemáticas que nos permiten saber de antemano que si a los dos caramelos que tengo en el bolsillo agrego otros dos más, mi patrimonio caramelístico llegará a cuatro unidades. O la exacta química, merced a cuyas leyes implacables podemos pronosticar que agregando al agua una molécula más de oxígeno, obtendremos una impecable agua oxigenada. En fin, todos conocimientos de extrema utilidad que hacen que uno enfrente el futuro con optimismo y que tome las providencias del caso cuando se propone llevar a cabo alguna de las acciones mencionadas anteriormente.

En cambio, ¿qué economista osaría aventurar con un mínimo de garantías el crecimiento del producto, el porcentaje de devaluación o el déficit fiscal que tendremos dentro de un año?

Pero en fin, más que este pequeño defecto, lo que me alarma es el paulatino pero inexorable proceso de abstracción a que se ve sometida esta noble ciencia humana (¿o inhumana?). La abstracción parece ser una tendencia natural del cerebro humano, y de alguna manera es una forma de medir el desarrollo de la inteligencia y el avance del conocimiento científico. El problema se presenta cuando no es el pensamiento filosófico, una ley física o una fórmula matemática, sino que la abstracción se instala nada menos que en la economía.

Esta disciplina es algo esencialmente material y concreto, y parece un contrasentido someterla al imperio de lo abstracto. Necesita una base tangible, sólida, como antes era la tierra, el metal, la industria; cosas tangibles y contundentes. Pero hoy resulta que los servicios pasaron a generar más riqueza y puestos de trabajo que el sector secundario, y el comportamiento de las bolsas de valores parece más importante que los bienes de consumo. Se enriquecen los intermediarios y el sector financiero, mientras el aparato productivo (el único que genera riqueza, que produce materia prima o bienes) está en la lona.

Uno tiene la sensación de vivir en un mundo virtual lleno de conceptos abstractos y de estadísticas que sin embargo –a pesar de toda su ciencia– no llegan a explicar por qué uno tiene que hacer pininos para pagar las facturas o el surtido de almacén.

Por eso le digo, habría que enseñar economía en primaria y secundaria.

Capaz que así entenderíamos al ministro Bensión y recobraríamos el optimismo. *

*Periodista de LA REPUBLICA

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