El riesgo persona

Diariamente se integran nuevos datos a un registro que nadie lleva, pero cuyo peso se hace sentir en el ánimo y la conducta colectiva. Hace poco más de un año, el asesinato de un funcionario de la empresa Autoparque, cometido por un particular en el marco de un conflicto menor ocasionado por el encepamiento de un auto, abrió una polémica en la que se puso de manifiesto una inusitada variedad de argumentos para relativizar el repudio del asesinato.

 

La vida

La decreciente estimación de la vida humana con respecto a otros valores es un rasgo de la vida corriente en los escenarios urbanos de América Latina; incluso en aquellos caracterizados por un tradicional «plus» cultural y una proclamada tradición de tolerancia y civilidad. En el informe acerca de «El Estado de la paz y la Evolución de las Violencias» *, del Centro de Investigación de la Universidad para la Paz de las Naciones Unidas con sede en Montevideo, se aportan sustantivas informaciones acerca de esta tendencia. Se dice: «Uno de los resultados de mayor interés proviene, sin embargo, de observar las reacciones que se registran con relación a la violencia.

Básicamente, y sobre todo en los países de mayor conflictividad, las reacciones son también violentas.

Alto nivel de punición, ejercicio de la represión directa sin intermediación de la ley o de los aparatos especializados (justicia por mano propia), y mayores libertades de acción para la policía en materia de derecho de allanamiento de los hogares, detención de los jóvenes y de los niños de la calle. Sorprendentemente, no es sólo en los países de mayor violencia donde se registran estas actitudes sino que Chile y Costa Rica llegan a superar la propuesta de «permisividad» de la acción policial con relación a Brasil en varios ítems. Así por ejemplo, Costa Rica en particular se destaca por tener casi un 40% de los encuestados que cree en la justicia por mano propia. Fuente: Encuesta de OPS, 1996″.

Esa investigación, que incluye información de los años noventa, cuando analiza la «violencia societal», señala para Uruguay un guarismo nulo (o punto en una escala de 0 a 100) en lo que refiere a violencia organizada, esto es, la que es producto del crimen organizado; pero escala hasta 50 puntos cuando se considera la violencia del Estado, y hasta 69 puntos al centrar la atención en la violencia anómica. En un apunte final al capítulo que considera este tipo de violencia, los investigadores recuerdan que «algunos de los países con estos niveles de Violencia anómica son los mismos que mostraban el más alto descrédito con la democracia, como eran los casos de Venezuela, Ecuador y Bolivia». (Venezuela aparece en el índice de Violencia anómica con 98 puntos, Bolivia con 72 y Ecuador con 69; este último igual que Uruguay. Nota mía R.S:)

 

¿Esto es Uruguay?

Con cierta periodicidad e inopinadamente, como nacidos de un flujo subterráneo, se producen episodios de diferente envergadura que van delineando un perfil de sociedad que nadie quiere mirar ni nombrar.

Lo cierto es que cada episodio conocido está en un nivel superior en la escala de violencia que expresa.

Desde hace días un joven agoniza como resultado de tres balazos recibidos en el marco de un conflicto entre conductores, en una vulgar y repetida disputa por el uso del espacio público. Ya vimos escenas de patoteo masivo, saqueo a comercios, destrucción de vehículos, abundantes heridos y lesionados, durante la vigilia callejera previa al partido de la selección nacional en Australia.

Ya supimos de la patoteada a la delegación australiana cuando llegó al aeropuerto de Carrasco. No hubo información pública, pero también se produjeron ataques armados a vehículos en el entorno de la Estación Central de Ferrocarriles, durante un recital de la banda musical de Bob Marley. Tampoco trascendió oficialmente que un evento cultural realizado en el Obelisco, principiando el mes de noviembre, también se frustró en medio de una gresca masiva con muchos heridos. todo ello en el lapso de pocas semanas y mientras poco se avanza en el esclarecimiento de los baleos y las amenazas a personas e instituciones que reprimen a grupos de criminales organizados. ¿Esto es Uruguay? Sí; también esto va siendo Uruguay.

 

La intersección de la pobreza y la desafiliación social

La violencia anómica está asociada a los procesos de desintegración social; tema que no figura en ninguna agenda nacional; al menos, no en forma proporcional a la magnitud del fenómeno. En los discursos y análisis de país está presente la preocupación por la pobreza (probablemente al influjo de similar actitud por parte de los organismos internacionales de crédito).

Pero la violencia anómica no es un fenómeno que se revierta con una más justa redistribución del ingreso, ni sólo con mejores prestaciones de seguridad social. Porque estas formas de la violencia no son resultado directo de la pobreza. La pobreza es, en sí misma una forma de violencia, que procede de la distribución de la renta y de las oportunidades, y su dirección va desde los grupos de privilegio y las elites hacia los más desprotegidos y vulnerables.

La anomia como forma de violencia, si bien incluye la pobreza como un antecedente, tiene como origen la intersección de la pobreza con la desafiliación social y la marginalidad. En suma, es un producto de la exclusión social y cultural, y su dirección se orienta desde los grupos excluidos hacia el resto de la sociedad toda. Aún mediando fuertes acciones de carácter asistencialista, resulta difícil pronosticar un retroceso en los actuales niveles de exclusión social.

El proceso de exclusión presenta características que obligan a su visualización como un problema estructural de la sociedad. Particularmente relevantes son la infantilización y feminización de la pobreza, la segmentación geográfica y poblacional.

En especial la infantilización de la pobreza proyecta una perspectiva a 15 o 20 años sobre la que no es recomendable pasar haciéndose el distraído: de acuerdo con la actual distribución de la natalidad, en pocos años los nacidos y crecidos en esas condiciones, constituirán cerca del 50% de la población adulta del Uruguay. Este pronóstico no se puede enfrentar con programas de control de la fertilidad para niñas y adolescentes, sino abriendo a sus vidas formas diferentes de inclusión y realización, además de la que les brinda la maternidad.

Un resultado actual, visible sin necesidad de proyectar a futuro, es el clima cultural que la nueva configuración de la sociedad produce, particularmente en Montevideo. Me refiero a la fractura de los mecanismos de integración, que conduce a la instalación en los diferentes grupos sociales, de imaginarios donde el otro es vivido como enemigo.

Para el sector excluido, los otros son los poseedores de todo lo que a él se le niega.

Para el resto de la sociedad, todo aquel que encuadra en el estereotipo de marginal, es fuente de peligro y se admite (desea, exige) que sea tratado, por las instituciones públicas encargadas de la seguridad, como tal. El «riesgo persona», vivido desde trincheras al interior de la antigua comunidad, dispara una lógica antisolidaria en la que los antiguos lazos, ya debilitados por la reestructuración económica y las crisis, se disuelven, cediendo espacio a más violencia. *

 

*Telepuerto de la Paz, xxx.upaz.edu.uy – Editorial Trilce, Montevideo, diciembre 2001

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