Por qué Estados Unidos no derrocó a Saddam Hussein

Sin embargo, la decisiva victoria militar –que tuvo lugar con relativamente pocas víctimas estadounidenses– resultó en gran parte porque las fuerzas iraquíes estaban concentradas en un desierto plano, abierto. Fue un combate convencional y abierto, en el que las fuerzas de EEUU pudieron distinguirse y aprovechar plenamente su poder de fuego y su superioridad tecnológica. Sin embargo, si las fuerzas de EEUU hubieran progresado hacia el norte, hacia Bagdad, hubieran tenido que marchar por más de 300 kilómetros de tierras agrícolas y urbanas densamente pobladas. Bagdad mismo es una ciudad de más de cinco millones de habitantes.

Las fuerzas invasoras de EEUU habrían tenido que enfrentar un duro combate casa por casa en un país más grande que Vietnam del Sur. Los iraquíes, a los que puede no haberles apetecido demasiado la lucha por mantener la conquista de Kuwait, podrían haber estado mucho más dispuestos a sacrificarse para resistir a un invasor occidental.

El Consejo de Seguridad de la ONU había autorizado a sus miembros a utilizar la fuerza militar para imponer sus resoluciones exigiendo un retiro iraquí de Kuwait ocupado. No existía una autorización para invadir Irak. EEUU, por principios básicos del derecho internacional, y desde el punto de vista de la comunidad internacional, se hubiera convertido en agresor.

La amplia coalición de naciones reunida tan diligentemente por el presidente George Bush se hubiera desintegrado. Por cierto, los informes de prensa, y mis propias entrevistas después de la guerra con ministros de Relaciones Exteriores y otros funcionarios gubernamentales de las monarquías árabes del Golfo, no señalaron apoyo alguno a que la guerra fuera llevada más lejos. Por cierto, había un fuerte sentimiento de que EEUU había infligido un daño innecesario a la infraestructura civil de Irak, con serias consecuencias humanitarias, yendo mucho más lejos de lo que era necesario para expulsar de Kuwait a las fuerzas iraquíes.

Incluso los aliados europeos, canadienses, y australianos de Washington estaban rotundamente opuestos a que la guerra se extendiera a Bagdad. EEUU hubiera tenido que hacerlo solo.

Si un ejército de ocupación estadounidense hubiera tenido éxito derrocando a Saddam Hussein, ¿qué hubieran hecho después? ¿Hubiera tenido alguna credibilidad ante el pueblo iraquí un gobierno instalado por una potencia occidental invasora que acababa de devastar el país con los más intensos bombardeos en la historia del mundo? Las tropas de ocupación estadounidenses hubieran sido sometidas a constantes ataques relámpago de guerrillas en las estrechas callejuelas de Bagdad, obligando a EEUU a una sangrienta guerra de contrainsurgencia. En el mejor caso, EEUU hubiera tenido que desplegar un esfuerzo de envergadura del tipo de «construcción de una nación» que el hijo de Bush y otros dirigentes republicanos han denunciado repetidamente en los últimos años. Incluso dejando de lado la logística, hay poca evidencia de que EEUU haya llegado a desear que Saddam Hussein fuese derrocado. Cuando, después de la guerra del Golfo, los kurdos en el norte y los chiítas en el sur de Irak se rebelaron y amenazaron el régimen de Saddam Hussein, EEUU decidió prohibir sólo el uso de aviones de alas rígidas por la fuerza aérea iraquí, que podrían haber amenazado a las tropas estadounidenses, permitiendo que los helicópteros artillados operaran sin impedimentos; los rebeldes fueron aplastados. La administración Bush temía que una victoria de los kurdos iraquíes podría alentar la insurrección kurda que estaba ocurriendo en Turquía, un aliado de la OTAN. También temían lo que una entidad árabe chiíta podría significar para los aliados de EEUU en el Golfo con poblaciones chiítas descontentas.

Al mantener a Hussein en el poder, y someter a su país a sanciones debilitantes, enviando al mismo tiempo inspectores para destruir sus capacidades militares ofensivas, parecía escoger en aquel momento la alternativa más conveniente.

Hay muchas críticas válidas de la política de EEUU hacia Irak antes, durante y después de la guerra del Golfo. Sin embargo, el que no haya invadido el país y derrocado al gobierno iraquí no es una de ellas. *

 

* (Stephen Zunes ([email protected]) es un profesor adjunto en la Universidad de San Francisco. Actúa como analista político adjunto y editor del Oriente Medio para Foreign Policy in Focus, online en www.fpif.org.)

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