Sida: un 11 de setiembre todos los días

PAULA DONOVAN (*)

 

Junto a aquellos que han muerto hasta ahora parece que hubiéramos también sepultado la ira ante la horrible injusticia del VIH/SIDA.

Lo que realmente nos inquieta es la misoginia en los hogares y en los parlamentos, la violencia brutal, las violaciones impunes, el abandono, la traición, el deliberado descuido de los gobiernos tanto ricos como pobres y la sistemática e injuriosa explotación de mujeres y de niños en beneficio de un mayor bienestar personal y control de los hombres. Cada uno de esos tolerados males sociales causa atrocidades.

Algunas veces la injusticia se halla enterrada bastante más abajo de la superficie. La excavación requiere el a menudo mencionado (pero raramente comprendido) «análisis de los géneros»). Para organizaciones como el Fondo de las Naciones Unidas para el Desarrollo de la Mujer (Unifem), el «análisis de los géneros» significa mirar por debajo de la superficie, más allá de los números. Significa investigar para entender mejor cómo las vidas que llevan las mujeres resultan limitadas y distorsionadas cuando las sociedades dominadas por los hombres insisten en constreñirlas a desempeñar papeles y a tener expectativas reservadas sólo para «el sexo inferior».

Consideremos, por ejemplo, lo que hemos venido a llamar «cuidado a cargo del hogar». Es imposible estimar cuántos de las decenas de millones que viven con o están afectados por el VIH/SIDA en Africa son cuidados no por el Estado sino por mujeres de su familia, ya sean abuelas e hijas, parientas o amigas que atienden a los enfermos y crían a los huérfanos sin haber tenido entrenamiento adecuado para ello, sin equipos, sin recursos y sin recompensa alguna.

Sin embargo, por más generosas que sean las mujeres, las dadoras de ayuda que cuidan a los millones de africanos afectados por el SIDA no son voluntarias. Las familias y las comunidades exigen tales sacrificios a las personas del sexo famenino, mientras que los gobiernos y la comunidad internacional permiten esa explotación.

Es una vieja táctica, minimizar un problema demasiado generalizado, complicado y costoso para enfrentarlo, y confinarlo al dominio del hogar. Es como si hubiera ocurrido un gran desastre natural y en lugar de organizar equipos de rescate locales e internacionales, se sacara a las mujeres de sus vidas y tareas o salones de clase para buscar a los supervivientes, atender a los heridos, intentar socorrer a los moribundos, confortar a los afligidos y enterrar a los muertos y hacer eso y muchas otras cosas más sin ayuda financiera o de cualquier otro tipo.

El «cuidado hogareño» es un mecanismo defensivo temporal pero no es una solución. Representa el fracaso de los estados y de la comunidad internacional, pero más que eso, revela el deseo colectivo de explotar el estado de subordinación de las mujeres y posponer el avance hacia la igualdad de derechos en materia de salud, educación, independencia económica, participación, autodeterminación y protección ante los males y los abusos. Ello demuestra de cuan buena gana el mundo posterga la participación de las mujeres en la esfera pública para satisfacer la necesidad de trabajo gratis en el hogar.

Este es el «análisis de géneros». El verdadero desafío es dar respuestas apropiadas a los problemas.

El «análisis de géneros» estimulará todo tipo de acciones decisivas, incluyendo la separación de todos los datos por género sexual a fin de mejorar nuestra comprensión no sólo acerca de quienes están infectados con VIH/SIDA sino también sobre todos los demás que sufren, de los que reciben ayuda y aquellos que no la tienen. Debemos, además saber dónde se necesitan políticas para enfrentar la enfermedad y dónde se debe gastar el dinero para ello. Servirá, asimismo, para enfocar la atención sobre la desigualdad entre los géneros en el tratamiento y en el financiamiento de la lucha contra el VIH/SIDA, sobre el escaso número de mujeres en las posiciones donde se toman decisiones relacionadas con ese mal y sobre el desequilibrio entre mujeres y hombres en la agenda de los trabajos colectivos de investigación sobre el VIH/SIDA.

Es posible que un mayor «análisis de géneros» no sólo nos conduzca hacia soluciones útiles sino que también nos haga recordar un hecho importante: que la lucha contra el VIH/SIDA es una lucha contra la injusticia.

Hoy en día deberíamos volver a decir frases que han perdido su significado debido a una interminable repetición, como por ejemplo «la desigualdad de los sexos está en la raíz de la pandemia del VIH/SIDA» o «la dominación masculina se ha finalmente convertido en una pandemia mortífera».

La realidad es que la lucha contra el VIH/SIDA es una lucha contra la injusticia. Y la indignación ante esa injusticia, tan persistente como la opresión y el sufrimiento que padecen las mujeres y tan tortuosa como el VIH/SIDA, es por cierto justificada.

Podemos desenmascarar la falta de sinceridad del compromiso global para enfrentar al VIH/SIDA y a la desigualdad que padecen las mujeres. Dadas las nuevas pruebas de la capacidad mundial para unirse contra algo indeseable y para hallar los recursos para eliminarlo, debemos canalizar nuestra impaciencia y construir un movimiento social tan fuerte y comprometido como cualquier guerra contra el terrorismo. Debe ser un movimiento que reavive el deseo de justicia pero que mida el alcance de sus éxitos en la cantidad de supervivientes. *

 

(*) Paula Donovan es la Consejera Regional para Africa sobre Géneros y VIH/SIDA de Unifem, el Fondo de las Naciones Unidas para el Desarrollo de la Mujer.

(Especial de IPS, exclusivo para LA REPUBLICA)

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