Una uruguaya logra vencer al sida
Cuando salí de la mutualista quería besar el pasto del jardín. Quería besar el piso, la vereda de la avenida. Era como el cuento de hadas otra vez, como contarme de nuevo entre los vivos, entre los que andan por la calle sin preocuparse por su salud, más allá de lavarse las manos para almorzar.
El médico me había confirmado. «Nivel retroviral cero». Es decir que podía sentirme, al menos, como todos los demás. Después de haber convivido cinco años con «el bicho», como mi terror empezó bautizándolo y después se hizo costumbre, ahora el monstruo parecía haber retrocedido.
Después de haber llorado lágrimas de sangre, de haber pasado en vela tiempos ahora incalculables, de haber hablado sola ante el mar y ante Dios. Después de haber hecho mi vía crucis, ahora la cosa volvía a parecer tener sentido. La carga viral de mi sangre decía que el VIH maldito, tampoco era invencible. Yo ganaba, él cedía a los tratamientos.
¿Cuánto tiempo duraría eso?, ¿sería efímero y volvería en el próximo análisis de sangre? (!Por Dios, no quiero pensar eso ahora, no voy a perder la única alegría verdadera en años!). Focalizo, como me enseñó la terapeuta, el absoluto pensamiento positivo y el disfrute por la realidad del momento: estoy como sana. La sangre me lo está diciendo.
Ahora me siento al solcito de la plaza, pateo algunas piedritas. Había creído que ya estaba como ellas y resulta que era para menos. !Que todavía vamos a joder mucho en este mundo!, quería gritarle a la viejita que pasa. La miro, me doy cuenta que estoy pensando que tal vez ahora sí, llegue a vieja. Apenas importa estar sin trabajo, casi en la ruina por los gastos, seguir dependiendo de la familia, adivinar las lágrimas de mi madre cada vez que a veces los remedios me hacen sentir mal. Estoy viva y, por primera vez en tiempo con las mismas expectativas de cualquiera: seguir viviendo, como lo normal.
Es como haber salido de la celda de la muerte en una cárcel estadounidense. Como haberte sacado la soga del cuello, cuando los malos te iban a colgar.
Arruinada, pero viva.
Parece poco. No lo es cuando creíste que la cuenta regresiva aceleraba en un reloj invisible para todos, menos para uno.
Ahora me viene a la memoria la atrocidad de la espera por aquel resultado, después: el horror de la verdad. Después, el grito desgarrado clamando venganza para el que me contagió. Después el gimoteo de empezar a esperar la muerte. Después, los que me empezaron a ayudar. Primero los amigos, después la familia, los médicos, las ONG, las terapias…
Ahora, después de tanto, esta tregua.
Cuidarme. Seguirme cuidando. Proteger a los demás, si se me ocurre ir a la cama con alguien. Ahora, todo parece tan dulce y sencillo como si tuviera diabetes, o alguna de esas otras enfermedades que sabés que tenés que cuidarte, pero que solas difícilmente te maten.
Es cómico. Creo que me voy a morir de cualquier cosa, pero no de sida. Creo que voy a vivir muchos años, que voy a tener hijos, nietos. Que ser portadora no es el fin de todo.
Poder vivir. Espero, deseo hacerlo conscientemente. Disfrutar de cada momento. Pensar que la vida está yendo a más, conmigo. Aunque nadie es eterno, ahora me imagino junto a las amigas viejas, charlando de las antiquísimas pavadas del liceo, de los amores que nos robaron el corazón, de las luchas y afanes que hacen a esta vida digna, verdaderamente digna de ser vivida. *
(María, 23 años. Es de los primeros casos en Uruguay en que el tratamiento disminuyó a cero el nivel del VIH/sida en sangre).
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