Gently weeps
Creció a la sombra de John y Paul. Le dejaban hacer alguna cancioncita como para conformarlo, dicen.
Pero el tipo hizo «Algo» y todo el mundo boca abajo, hasta los propios Lennon & McCartney tuvieron que agachar la cabeza y dejar sonar «Something».
Aunque él ya había mostrado la hilacha con «Taxman» en aquel disco que nos partió la cabeza –«Revólver»– sin que ni siquiera imagináramos que podía haber algo más que eso, mucho más que eso que ya era mucho. Y llegó aquel inclasificable removedor de cerebros que se llamó «Sgt. Peppers Lonely Heart Club Band», donde él siguió con sus hindueses que ya venían de mucho antes. Hindueses que al ser escuchadas junto con Eduardo Mateo, las convertimos en extrañas canciones — recuerdo una que se llamó «Tío Ho», por Ho Chi Min, claro–, que, como muchas más, se perdieron en los jardines de los senderos que se bifurcan. Todavía recuerdo cada detalle del día que conseguí el disco del «Sgt. Pepper», versión argentina, y llamé a Mateo para escucharlo juntos. Empezamos a escucharlo a las dos de la tarde y dejamos de oírlo a las 10 de la noche para ir a Orfeo Negro, donde tocaba el Kinto, y en aquella noche Eduardo improvisó una «Lovely Rita», de extraña letra casi inglesa, que fue seguida por el resto del grupo sin tener ni idea de dónde provenía esa canción. Urbano hacía el coro después que descubrió que lo único comprensible de todo lo que cantaba Mateo era «Lovli Rita miter meid laviddan can tinás». Y para rematar metió unos climas hindúes que las parejas, que habían ido a apretar un rato, no sabían ni como besarse.
Y claro, estuvo el Album Blanco y «While my guitar gently weeps».
Y estuvo todo aquello que hicimos echándole la culpa a ellos. A él. A George Harrison.
Porque morirse se muere cualquiera. Pero ayer se murió un beatle. Por eso esto no está escrito para recordarlo, sino para recordarnos. *
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