Tiempos violentos

JUAN MENDIETA*

 

A riesgo de caer en lugares comunes, vale la pena analizar un poco la cuestión de los comportamientos violentos y las conductas agresivas, un tema del que se han ocupado varios analistas con abordajes diversos. Uno de ellos me llamó bastante la atención pues contiene ciertas reflexiones y conclusiones que vale la pena compartir con los lectores.

La cumbia y los escraches están de menos

En la edición del semanario Búsqueda del pasado jueves 29, con el título ‘La cultura de la ordinariez’, el columnista Claudio Paolillo se agravia por «la caída generalizada de los valores de la tolerancia, la fraternidad, el respeto y el coraje bien entendido», conclusión a la que arriba ante las expresiones de violencia que nos han sacudido en los últimos días, así como por el auge de la música popular cumbianchera, en lo que él cataloga como «cultura de lo ‘terraja'». Y se alarma por la aceptación por parte de la sociedad uruguaya de tales pautas culturales reñidas con el buen gusto y la civilidad: «El problema es cuando, en un momento determinado de la historia de una sociedad, el sustrato cultural que sustenta esas cosas pasa a predominar entre la población y es legitimado en todas las clases sociales».

Hasta aquí, nada de qué asombrarse. Lo que resulta insólito es cómo el analista mete alegremente en un mismo saco un inventario por demás heterogéneo: los conjuntos gronchos de música tropical, los desmanes de Tres Cruces, la agresión a los jugadores australianos en el aeropuerto, la silbatina con que fue recibido el himno de Australia en el Centenario, los programas argentinos de televisión como el de Tinelli o Gran Hermano y… los ‘escraches’ contra terroristas de estado (!).

Realmente, hay un curioso mecanismo que le permite asociar cosas tan disímiles como Los Fatales, la violencia en el fútbol, la tilinguería argentina y la repulsa a los torturadores Cordero y Gavazzo, todos hechos que él ve como síntomas del descaecimiento de los valores. (Es probable que en el próximo número de Galería se incluyan los escraches entre lo que está «de menos». Y sería justo, porque ¿qué sentido tiene ir a Atlántida a gritar groserías contra un muchacho tan bien como Cordero en vez de sentarse a tomar el té en alguna confitería del coqueto balneario?).

Dice Paolillo: «En el caso concreto de los militares acusados de violar derechos humanos en el pasado, las hordas atacan a policías, jueces, políticos, periodistas y personas que no están de acuerdo con lo que hacen o tratan de persuadirlos para que no recorran ese camino, pisoteando voluntariamente las leyes vigentes». ¿Cuáles son esas hordas? ¿Quiénes han sido víctimas de ellas? ¿Qué leyes han sido pisoteadas? No nos lo dice, pero sigue en su cruzada antiescrache con gran virulencia:

«Obrando como obran se transforman en energúmenos parecidos a los que aborrecen. Repudian a los torturadores pero se transforman ellos mismos en verdugos. Se vuelven lo mismo que combaten». Esto es un poco fuerte, como dicen los chiquilines, porque por más que se esté en desacuerdo con la práctica del escrache, ¿es razonable equiparar los cánticos de los escrachistas con la picana, el submarino y la desaparición de opositores que en su momento practicaron los escrachados?

Pero hay más. Entusiasmado en su diatriba, el columnista denuncia: «La intolerancia y la ordinariez también han entrado en los juzgados. Ahora resulta que algunos funcionarios, en función de sus propias creencias, deciden cuándo prestan ese servicio y cuándo no. Patotean a quienes odian y patotean hasta a los propios jueces. Y la Suprema Corte de Justicia los recibe en audiencias especiales… ¡para darles explicaciones!» Evidentemente, el columnista desearía que la SCJ actuara no como un tribunal que imparte justicia, que promueve las conciliaciones, que fomenta el diálogo, sino como un jerarca severo siempre dispuesto a sancionar. No sé cuál es el acto de patoterismo contra jueces a que se refiere el periodista, pero en fin, cuando uno agarra viento en la camiseta, es difícil detenerse.

La violencia que no se ve

Sin perjuicio de coincidir con Paolillo en cuanto a la agresividad de las hinchadas, entiendo que el periodista buscador omite otras facetas de la violencia, aspectos más sutiles o menos visibles, pero de un peso incuestionable en el trastrocamiento de valores que padece el mundo occidental. Sin ir más lejos, los vehículos automotores matan mucho más gente que cualquier patotero o rapiñero. Pero claro, ya sabemos que cuantos más automóviles circulen envenenando la atmósfera, más contentos hemos de estar por lo que eso significa como crecimiento económico.

A menudo solemos olvidar que en aras de ese crecimiento es que se fomenta el consumismo más frenético y alienante. Y mientras por un lado desde los medios de comunicación se bombardea a la gente incitándola a consumir cada vez más, por el otro se le niegan los medios para acceder al consumo. ¿No es acaso violencia generar en las gentes la necesidad de cambiar el modelo del auto, de tener un microondas y un freezer, y todo lo que se ofrece en el mercado, y al mismo tiempo generar desempleo, rebajar salarios y crear inestabilidad laboral?

Así que a no lloriquear demasiado por el retroceso cultural que se manifiesta en el estadio, ni por el auge de la cumbia. Y menos, a incluir los escraches entre las patologías sociales. A no olvidar que el sistema genera otras formas de violencia que no figuran en la crónica roja y que son responsables de la otra violencia, la que alarma a los intelectuales del establishment. *

*Periodista de LA REPUBLICA

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