Un relato como el que hay cientos cada madrugada
«A las dos de la mañana, después de haberme intentado dormir de mil formas sin resultado, siento ruidos en la puerta de calle. Intento de todas maneras adivinar por la forma en que acierta las llaves en la cerradura, del humor que viene. Si está borracho y tiene hambre, no ganaré nada con hacerme la dormida. Si está borracho y agotado de vaya a saber qué, tal vez caiga dormido. Lo he tenido que terminar de desvestir más de una vez. Pero si bebió y no salió con alguna por ahí, entonces se pone belicoso. Tengo terror. Más que porque me pegue porque despierte a los chiquilines. A veces ligué alguna piña, llorando bien bajito hice que no me pegara más y que los chiquilines no se despertaran. Pero las últimas veces me pegó con el cinto. No aguanto. Me muerdo para no gritar. Pero no puedo evitar putearlo. Entonces agarra el cinturón y me da con todo. Los vecinos le han gritado que si no para, llaman a la Policía. Pero no llaman. Alguna vez los chiquilines aparecieron llorando. El se mete en el baño. Yo los abrazo y los llevo a la cama, trato de que duerman, pero me arden tanto los cintazos que apenas puedo mover los brazos.
Fui a la Policía. Pero si lo denuncio se va a ir. Y si se va, con lo que gano no puedo mantener a los chicos. Yo sé sí que hay leyes y jueces. Pero mientras hacen algo, a mis hijos ¿Con qué les doy de comer? ¿Con los cuarenta pesos que gano por hora limpiando casas? ¿Dónde los dejo? ¿Quién me los va´cuidar?
Capaz que esto con el tiempo pasa. Y si no, que me mate. Las otras noches le dije: «Matame de una vez.
Total después le podés contar cualquier cosa a tus hijos. A vos no te da el cuero pa´matarte. Y si no capaz me mato yo. Capaz que así duermo sin miedo». *
(La mujer, después de casi perder sus tres hijos en tanto el Juez consideró que no podía mantenerlos, logró sobrevivir y educarlos. El ex marido emigró. N. de la R.).
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