Caso de dos niñas enfermas genera cargos contra servicios estatales de salud
La mañana del pasado viernes 12 de octubre, las mellizas María Joaquina y María Fernanda, de 10 años, se despertaron enfermas: «Estaban muy mal. Tenían fiebre altísima, llagas en la garganta, dolores en el cuerpo y convulsiones», dice Enrique Pérez, padre de las niñas.
La familia Pérez, que vive en el 2138 del Pasaje 5 del Barrio Municipal 31 (Federico Capurro y Camino de las Tropas), recurrió a una policlínica estatal: «Llevamos a las niñas al Centro Coordinado del Cerro, que queda más o menos cerca de casa, para que las viera un médico. Estábamos muy preocupados porque las mellizas se sentían cada vez peor», dice Stella Marín, esposa de Enrique.
Enrique afirma: «Llegamos a la policlínica a las 11 de la mañana pero nos dijeron que no nos podían anotar hasta las dos de la tarde, que era la hora en que llegaba el funcionario que se encargaba de eso. Hicimos la cola y empezaron a atender a los niños que tenían asma y dijeron que el resto debía esperar y nos empezaron a anotar a las 17. La doctora llegó a las 18 y al final nos atendieron y volvimos a casa a las 19.30. Fueron ocho horas y media en total. Ocho horas y media para que atendieran a las mellizas».
Las mellizas recayeron dos semanas después. Esta vez, su padre recurrió al servicio de atención ambulatoria del Ministerio de Salud Pública (unidades móviles, teléfono 105): «Llamé el sábado 27 y me dijeron que ya habían salido todas las unidades y que volviera a llamar el domingo –relata–. Así lo hice a partir de las 7 de la mañana y me atendieron como a las 10. Me dijeron que no había móviles ni médicos y me pasaron con la doctora Rivero y ella me dio por teléfono un tratamiento de agua fría para las mellizas, para calmar la fiebre. Me dijo que no podía hacer otra cosa, porque no tenía médicos ni vehículos para mandar a casa y me pidió que llamara otra vez el lunes. Llamé el lunes a las 6 de la mañana, pero el contestador me informó que la atención empezaba a las 8. Insistí a esa hora pero era imposible entrar, porque daba siempre ocupado, y probé con otros teléfonos del servicio. Llamé al 4000101 y no atendía nadie y después al 4001896 y expliqué que desde el sábado no podía conseguir que un médico viera a mis hijas. Me contestaron que llamara al 4002033 (gerencia del servicio) y ahí me dijeron que estaba loco, que no tenían nada que ver con eso y entonces llamé de nuevo al 4001896. Les dije otra vez lo que estaba pasando y me respondieron que si quería hacer una denuncia que lo hiciera por escrito. Insistí con el 105 y al final pude entrar y recién después del mediodía de ese lunes vino el médico que yo estaba pidiendo desde el sábado».
La realidad
Francisco Souto, administrador de la policlínica estatal donde atendieron a las mellizas el viernes 12, admite que la queja de Enrique refleja hechos reales y asegura que ya puso en marcha medidas que permitirán evitar que se repitan casos como ese: «Llevo tres meses aquí y uno de mis objetivos ha sido evitar las demoras y las largas colas que perjudican a la gente que se viene a atender», dice.
Souto, con 30 años de experiencia en Salud Pública, afirma que la creciente demanda de asistencia crea serios problemas al servicio: «Se ha quintuplicado el número de personas que atendemos aquí en el Cerro. Sólo en octubre tuvimos 30 mil consultas y eso le da una idea de cómo está la situación», señala.
A juicio de Souto, la policlínica oficial que administra está trabajando con «lo justo»: «Necesitamos más funcionarios y más médicos, pero ya se sabe que conseguir eso no es fácil», dice y reitera que se está haciendo todo lo posible para mejorar el funcionamiento de la policlínica.
Cuando LA REPUBLICA le trasmitió la queja del padre de las mellizas, Souto adoptó una actitud para nada frecuente en las frías cúpulas burocráticas: «Dígale a ese hombre que venga a verme. Con mucho gusto lo voy a atender. Si hay problemas, tenemos que ayudar. Aquí tenemos las puertas abiertas», ofreció.
Otra versión
El doctor Hugo Guillén, jefe del servicio de unidades móviles del Ministerio de Salud Pública, dice que en el caso de las mellizas se actuó «como correspondía» y no hubo falla ni omisión: «Cuando nos llaman, un o una especialista, por ejemplo un pediatra cuando se trata de niños enfermos, interroga a la persona que requiere ayuda para saber cuáles son los síntomas que se presentan en el caso. Tras ese interrogatorio, que es muy minucioso, se le indica qué debe hacer hasta que llegue el médico. Eso nos permite establecer el orden de urgencias.
Si acudiéramos de inmediato a cada llamada el servicio no daría abasto», dice. Guillén sostiene que el servicio que dirige tiene las unidades y el personal médico necesarios: «A ese señor no le pueden haber dicho que no había vehículos ni médicos para mandarle. Siempre estamos en condiciones de prestar la asistencia necesaria. Aun cuando todas las unidades están en la calle, nos comunicamos con ellas para trasmitirle los pedidos que se reciben, de modo que nadie queda sin atención».
Admite que muchas veces es difícil establecer contacto telefónico con el servicio: «Eso es producto de que recibimos muchas llamadas y a veces cuesta entrar», explica.
El sistema
Enrique desmiente a Guillén:
«Me dijeron que no había médico ni vehículos. Esa es la verdad. Pedí médico el sábado y no vino hasta el lunes y todo esto se puede comprobar fácilmente», reitera.
Enrique y Stella se sienten rehenes de un sistema que a su juicio no es eficiente y que apela a diagnósticos telefónicos a partir de información suministrada por la propia persona enferma o sus familiares o vecinos, que obviamente carecen de entrenamiento para reconocer y transmitir los síntomas que se registran en cada caso. Stella dice: «Yo me levanté a las cuatro de la mañana el día en que se enfermaron las mellizas. Fue horrible: la espera interminable en la policlínica y después todo lo que hubo que hacer para que viniera el médico. Vivimos momentos de verdadera angustia.
Pero no sólo a nosotros nos pasa esto. Le pasa a toda la gente que no puede pagarse cobertura médica. Por ejemplo, recetan remedios y cuando una va a buscarlos al hospital, no hay. Todo es así. Y cuando decimos lo que nos hacen, dicen que no estamos diciendo la verdad. ¿Por qué actúan así? ¿Por qué nos hacen esto?» *
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