Ver venir el partido
Cuando uno ve que se acerca un partido eliminatorio, no es como cuando uno ve que se acerca un camión, o una morocha de ojos verdes. El camión puede frenar, o uno hacerse a un lado y saludar al camionero que responde con un toque de bocina de esas que te revientan los tímpanos, y hasta las vaquitas, que están concentradas en su inocente pastoreo, se sorprenden y miran en dirección al toro, como pidiendo auxilio al varón del campo, al macho padre de tanto ternerito que anda por ahí agregándole a la tristeza de la tarde su desamparado balido.
«A dónde irás, camionero, a dónde irás a parar, camionero de la ruta, vas cargado de manzana y si llegas a volcar se te machuca la fruta». El verso nace desde la banquina, chueco, pero natural e inevitable, como un yuyo más entre los pastos, nace y muere arrepentido en el instante en que el camión, a lo lejos, deja de ser un punto informe para diluirse para siempre en una curva inderezable. Ver venir un partido eliminatorio es otra cosa. No es como ver venir una morocha de ojos verdes. Porque una morocha de ojos verdes puede doblar en aquella esquina, pararse frente a esa vidriera, subirse al auto de ese vejiga antes de llegar a uno, a mí, o avanzar, y yo me hago a un lado, apenas, y me preparo para decirle algo inteligente, pero todavía no vi que es de ojos verdes, y cuando los veo quiero inventar algo referido a esa maravilla, y ella nota mi desesperación por ser original respecto a sus ojos, y esboza apenas una sonrisa que le permite lucir una dentadura acorde con los ojos, no de dientes verdes, pero si bellos, todos, y a mí no me sale nada, y ella sigue, y se borronea, se confunde entre la muchedumbre amorfa, y yo me quedo allí, fascinado, hasta que cruzo hasta un bar y pido un café en pocillo, y un diario, por favor, y leo que se viene el partido eliminatorio. Y al leer, pienso que no es lo mismo que ver venir el camión, o la morocha de ojos verdes. Es otra cosa. *
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