El tiempo de la militarización
VICKY PELAEZ*
La rueda de la historia vuelve y vuelve. Unas veces cubre con su sombra a determinados países y, por todo lo que se vislumbra ese lado oscuro que tanto terror infundió a los países latinoamericanos en la década de los 70 y 80, ahora está oscureciendo a Norteamérica. Las autoridades, amparadas en ese supuesto derecho de lucha contra el terrorismo, están dictando normas y leyes sin la discusión en el Congreso y mucho menos con la participación de la población.
Tras los ataques del 11 de setiembre, ya queda poco de la democracia que gozaba Estados unidos en comparación con otros países.
Primero fue la ley antiterrorista que daba el máximo poder al ejecutivo, especialmente al presidente.
Si revisamos la historia reciente, esas normas parecen sacadas como un calco de las primeras órdenes que dieron todo el poder a Pinochet, Videla, Stroessner, García Meza, Hugo Banzer, Bordaberry. Hasta hace poco Fujimori con Montesinos la esgrimían para encarcelar, matar y robar a quien se les oponía. La ley antiterrorista encubrió la tortura, la desaparición masiva y el enriquecimiento ilícito de esos gobernantes y de los miembros de sus tribunales militares.
Aquí no se ha dicho una sola palabra sobre la aprobación de la carnetización de los extranjeros que llegan a este país. La proposición del senador republicano John Kyl y la demócrata Dianne Feinstein fue aprobada a último momento de la votación de la ley antiterrorista. La norma de los documentos de identificación es para todo aquel que entra con visa a este país. Este es el primer ensayo, se comienza así y luego será para toda la población, eso es cuestión de tiempo. Con esto la compañía Oracle se echará al bolsillo 40 mil millones de dólares ya que su complejo sistema biométrico no sólo identifica huellas dactilares sino también el iris del ojo del portador. Todo aquel que quiera entrar en territorio deberá incluir esos datos en su pasaporte para que puedan ser leídos por las máquinas de este país, así se transformará en un sistema de identificación internacional y en muchos billones más para Oracle.
Pero el poder que está basado siempre en el deseo del poder absoluto, siguió avanzando. Luego de la orden ejecutiva de Bush de que no se podrán leer los documentos de los presidentes salientes sin su previa autorización, hace unos días sin ninguna consulta al Congreso, Bush dio otra orden ejecutiva, creando Tribunales Militares para los vinculados al terrorismo, porque dice que los juicios serán más ágiles, secretos y no requerirán tanto dinero ni abogados. Simplemente, para entender esto hay que revisar documentos de hace menos de dos años en Perú y ver cómo funcionan estos tribunales.
No necesitan mucha investigación, el sospechoso casi siempre deriva de un soplo y unos tres militares deciden la suerte y la vida del detenido en sólo unos días. Las cárceles aún están llenas de gente inocente, que bajo la tortura se convirtieron en culpables. Las pruebas inculpatorias alcanzaban hasta los libros de César Vallejo o Marx. Igual que en Chile y Argentina esas mismas pruebas estaban en las librerías pero todo aquel que compraba era seguido, detenido y luego desaparecido.
Por lo que se sabe, tras el 11 de setiembre, los detenidos aquí llegan a miles. Los hogares, en su mayoría árabes, y turcos, son visitados, revisados y requisados por la noche, pero nadie habla públicamente de esto. El fiscal de la nación John Ashcroft ya habló de una lista de «cinco mil personas más que deberán ser interrogadas». Esos no tienen, de acuerdo a las últimas leyes, derecho de estar asistidos por sus abogados ni se necesita orden judicial para entrar a sus domicilios, mucho menos funciona el Hábeas Corpus, la ley que protege el silencio de los detenidos.
Todo indica que se retornará a lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial cuando hasta ciudadanos norteamericanos de origen japonés perdieron automáticamente sus derechos y fueron enviados a campos de concentración, sin pruebas de que hubieran cometido algún delito.
Otro mandato que hay que analizar porque representa un peligro para el futuro es la famosa lista de organizaciones declaradas terroristas por este gobierno. Con esto cualquiera que sea señalado como terrorista podrá ser ubicado en alguna parte del planeta, ser extraditado y purgar cárcel aquí. Con esto Abimael Guzmán o Francisco Marulanda (Tiro fijo) terminarían sus días en cárceles norteamericanas.
Mientras la situación se agrava día a día aquí, ante la mirada impasible de la masa silenciosa, que no quiere darse el trabajo de luchar por su democracia –total, dicen, yo no soy extranjero–, allá en Afganistán, ya no se sabe quién es amigo y quién enemigo. Aunque EEUU lo quiera ignorar, con la huida de los talibanes se ha creado una vez más, la incertidumbre, el vacío de poder y la barbarie en ese desgraciado país.
La famosa Alianza del Norte –primero aliada de EEUU contra la URSS, luego sacada del poder en 1996 y reemplazada por los talibanes– es harto conocida por sus matanzas en masa, violaciones de mujeres y niños. No habían salido de Mozar-i-Sharif y ya habían masacrado a unos 200 jóvenes talibanes rendidos. En su recorrido de muerte mataron a otras 600 personas, antes de llegar a Kabul. Sólo baste señalarles su famosa danza de la muerte: cortan la cabeza de su enemigo, en el cuello seccionado echan gasolina y prenden fuego, ellos dicen que la emoción es muy grande cuando el cuerpo empieza a saltar y moverse en una danza macabra. Por eso cuando EEUU y sus aliados les advirtieron de no tomar el poder y se habló de la presencia de la ONU, ellos dijeron que no la necesitan, que «resolverán» solos sus problemas.
Todo es un caos allá. Los pashtunes del sur que apoyan a los talibanes no quieren sentarse a dialogar con los del norte. Los ingleses –siempre ansiosos por una tajada afgana, por su situación geográfica–, quieren crear un «frente sur» y mandarán cuatro mil soldados. Realmente no se sabe en qué resultará este embrollo. El ahora presidente temporal de la Alianza del Norte, el más famoso estudioso del islam, Burhanuddin Rabbani, de 82 años, el último presidente de Afganistán, a quien sacaron del poder los talibanes y es ahora apoyado por EEUU, fue el mismo que autorizó a instalarse en ese país a Osama bin Laden. El le dio pasaporte, residencia y todos los derechos como un ciudadano afgano.
Dice el dicho árabe: «El enemigo de mi enemigo es mi mejor amigo», pero en Afganistán ya no se sabe quién es quién y la pregunta es cuánto durará la amistad con la Alianza del Norte.
El nuevo engendro ya nació y varios de sus brazos están respaldados por el tráfico de heroína, fuente de poder y dinero de los caciques de las montañas que odian a EEUU y se oponen a un gobierno central. *
*Periodista y Analista de La Prensa, EEUU`
Compartí tu opinión con toda la comunidad