En EEUU los encargados de la revisión no permiten bromas
El informe de esta página surgió en Nueva York. Ocurrió a la partida del enviado de LA REPUBLICA a esa ciudad para entrevistar a los uruguayos que se sabía estaban, o tenían relación alguna con las Torres Gemelas cuando el atentado.
Al abordar el avión de American Airlines, de regreso a Montevideo, un cinturón, del pantalón, generó un momento de tensión tal que parece bueno contarlo. Es que los uruguayos a veces «nos hacemos los graciosos».
Aeropuerto John F. Kennedy, Nueva York. Vuelo a Montevideo, con escala en San Pablo. La veintena de pasajeros que, faltando media hora para el despegue forma fila ante la máquina de equipaje de mano, está enlentecida.
Cuando al cronista le faltan dos o tres personas para su turno de cruzar la máquina detectora de metales, entiende la causa. Los pasajeros son obligados a dejar hasta la moneda más pequeña, la cadenita invisible casi, en el trasto de plástico a esos efectos.
El entorno es nada amigable. Tres inspectores sentados no apartan sus ojos de la pantalla de rayos X, revelador del equipaje de mano. Una morena gigante y uniformada, ordena, no pide, ordena frente al arco para chequeo humano, que depositen monedas, todo lo metálico, etc., etc., en las bandejas de inspección.
Cuando el cronista pasa el arco metálico, la chicharra suena.
Vuelve atrás. Da vuelta los bolsillos vacíos, nada. Claro: la hebilla del cinturón del vaquero, es grande como un reloj. La morena ordena mostrar el cinturón. Sacarlo. El cronista bromea: se le caerían los pantalones.
La morena mira ahora al cronista, eleva los ojos a lo que hay a espaldas de éste, que siente, con dolor, cómo, desde atrás, una morsa de carpintero con forma de mano, le comprime el brazo.
Sorpresa y dolor combinados, que acaban cualquier broma.
El uniformado azul, de frente ahora al cronista, ordena apartarse de la fila, abrir las piernas, alzar los brazos a la altura de los hombros. En la mano tiene la misma palmeta electrónica que emplean los servicios de seguridad modernos para cachear gente.
El uniformado aplica la palmeta con frialdad de cirugía, en todo lo cóncavo de la humanidad del periodista. Mira atentamente los ojos de éste que, apenas pestañea o deja saber con un resoplido cuando la inspección se hace dolorosa. Cuando la palmeta cruza el escroto, una presión de más, como sin querer pero agarrotante, recuerda que esta gente no está para bromas.
La segunda fase del cacheo es manual (con guantes de goma, ascéptico, a la americana), pero menos rigurosa.
En todo momento el guardia espera la más mínima reacción. El cronista, veterano sobreviviente de razzias de dictadura, no mira al milico en ningún momento. Hay que bancársela calladito, sin chistar ni mirar a los ojos.
«Go» (pase), bufa el uniformado, aún esperando cualquier reacción.
El cronista guarda las monedas, se acomoda la ropa. «Pasando al fondo que hay lugar», se va pensando que diría el guarda. No se anima ni a silbar bajito. Piensa en Freddy Lima en Miami. Hay que cuidarse. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad