La guerra entre los gemelos del terror
Dos imperios mesiánicos compiten por la fidelidad del público con visiones mutuamente excluyentes y totalitarias. Ambos tienen una parte de la verdad pero ninguno de los dos posee la totalidad de ella. Y al reclamar para sí la posesión de toda la verdad uno y otro cometen errores fatales.
Estados Unidos, que históricamente se ha visto siempre a sí mismo como una nación con la misión sagrada de llevar la luz a un mundo ignorante, se enfrenta a una cultura musulmana que también aduce ser la depositaria de la revelación divina en un mundo lleno de infieles.
Mientras que Occidente ve a los fundamentalistas musulmanes como los protagonistas de un salto atrás hacia la Edad Media, muchos musulmanes consideran que Estados Unidos es una bárbara criatura infectada por un modernismo pagano que ignora los logros históricos del mundo islámico en los campos de la ciencia y la cultura en una época en la que los europeos todavía vivían en la sordidez medieval.
En el mundo actual hay dos grandes sistemas de terror que emanan de dos fuentes muy diferentes. Hay un terror practicado por grupos e individuos (en su mayoría pero no enteramente en el Tercer Mundo) con pocos recursos financieros o materiales pero con una furia arrolladora y un impulso suicida en busca de venganza contra la tentadora y atormentadora influencia de Occidente. Este es el blanco de la guerra al terrorismo conducida por los estadounidenses.
Pero también está el terror de guante blanco practicado por conocidos gobiernos para ganar o mantener el control sobre otros. Este tipo de terror es patrocinado no sólo por naciones como Irán o Corea del Norte sino principalmente por la única superpotencia mundial, Estados Unidos, a través de políticas militares y económicas coercitivas ejecutadas en su mayor parte por gobiernos «sustitutos» en el mundo en desarrollo como Colombia o Afganistán durante la guerra contra la Unión Soviética. A cambio de ayuda estadounidense pública o encubierta, los gobiernos «sustitutos» proporcionan eficaces aunque a menudo brutales instrumentos a Estados Unidos para que éste pueda alcanzar sus objetivos selectos.
Ninguna de las dos partes cree que está empleando el terror contra la otra. Cada una de ellas justifica su violencia calificándola de respuesta razonable a agresiones no provocadas. Pero los infortunados civiles que son sus víctimas principales saben bien lo que es el terror pues lo sufren. Tan generalizado es este sistema de terror que incluso quienes los infligen viven en el temor del terror del otro. Y ellos se ven llevados por ese miedo a inyectar terror en sus propias poblaciones, ya sea como consecuencia de sus propios miedos o como estrategia deliberada de control social.
Con los «gemelos del terror» mirándose coléricamente el uno al otro en medio de una tierra de nadie de ciudadanos comunes, le corresponde a la mayoría de la humanidad, que no tiene que ver con la disputa pero que es su principal víctima, dar un paso al costado de ese conflicto y reunirse en el terreno común que se encuentra entre aquellos dos.
En toda disputa, dice William Ury, director del Programa de Prevención de la Guerra de la Universidad de Harvard, no hay sólo dos partes sino tres. En su libro «El tercer lado» describe a los individuos y los grupos que se apartan del conflicto no como neutrales sino como potenciales constructores de puentes entre ambas partes. Su papel no es el de intermediarios en busca de un compromiso sino el de forjadores de una síntesis que satisfaga los intereses fundamentales de ambas partes.
Jimmy Carter y Kofi Annan son prominentes ejemplos, pero el carácter de «tercera parte» no está reservado únicamente a mediadores con credenciales reconocidas. El movimiento diplomático ciudadano de los años 80 hizo que occidentales comunes visitaran a la Unión Soviética y sus aliados y forjaran vínculos de confianza mutua que parecían insustanciales frente a las dinámicas de la política de las superpotencias. Pero como la gota de agua que disuelve el hielo, ellos disolvieron gradualmente el odio que había alimentado ese conflicto de medio siglo y abrieron un espacio dentro del cual podían moverse con seguridad los políticos.
En un ambiente de polarización en el cual los dirigentes declaran que «el que no está con nosotros está contra nosotros», ubicarse en el «tercer lado» requiere coraje. Porque, a causa de su posición, los que se colocan en el tercer lado desafían la dinámica de «ellos o nosotros» por medio de la cual los enemigos justifican su poder.
Puesto que la lealtad de los primeros que se ubican en el tercer lado es puesta en cuestión, ellos dependen en grado sumo de los demás para convalidar su perspectiva y mitigar su aislamiento. Una segunda ola de «terceristas» puede a veces hacer virar decisivamente a la opinión pública a su favor.
En un momento en el cual nuestros dirigentes se han mostrado desprovistos de la sabiduría necesaria para guiarnos a otro lugar que no sea el abismo, estos «terceristas» pueden encabezar la marcha para hacer que la tierra de nadie existente entre los combatientes cegados por el miedo se convierta en una tierra de todos gobernada no por un poder jerárquico irresponsable sino por una ética de tolerancia y beneficios mutuos ampliamente adoptada por la gente. *
(*) Mark Sommer, autor y columnista, dirige el Mainstream Media Proyect, una iniciativa con sede en Estados Unidos para llevar nuevas voces a las radios.Servicio Especial de IPS para LA REPUBLICA
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